Occidente ante la represión de las mujeres iraníes
(Cuando la propia ideología pesa más que los derechos que se reivindican).
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Partamos de la premisa de que la represión que sufren las mujeres en Irán no es una cuestión cultural ni una polémica religiosa, sino una violación sistemática de los derechos humanos.
El control sobre el cuerpo, la imposición del hiyab, las persecución de activistas, las detenciones arbitrarias y la violencia policial, forman parte de un sistema que niega a la mitad de la población su condición de ciudadanas plenas.
Sin embargo, es curioso que a veces la respuesta política en Occidente revele más sobre nuestras propias contradicciones que sobre la realidad iraní, más aún cuando comparamos las posturas de las distintas ideologías ante este atentado que vulnera los derechos de la mujer.
Desde la izquierda occidental la condena suele ser clara en el discurso. Se habla de igualdad, libertad, derechos humanos universales, y el lema “Mujer, Vida, Libertad” ha sido asumido como símbolo de derechos de la mujerolidaridad feminista e internacionalista.
Sin embargo, esta postura se ve debilitada muchas veces por una cautela excesiva ante el temor a alimentar narrativas imperialistas o bien justificar injerencias externas.
Como consecuencia, estas circunstancias lleva a algunos sectores a suavizar la crítica al régimen iraní, cuando la defensa de las mujeres nunca debería quedar atrapada entre equilibrios geopolíticos ni silencios estratégicos.
Cuando la libertad femenina sirve más para reforzar discursos identitarios que para promover justicia, deja de ser una causa y se convierte en un recurso político
La izquierda, que ha sido históricamente la voz de los derechos sociales, no puede permitirse ambigüedades cuando se trata de libertades básicas. Debería imponerse el posicionamiento de que defender a las mujeres iraníes no implica apoyar intervenciones militares, sino solo exigir coherencia ética, presión diplomática y apoyo real a unas activistas que arriesgan su vida con toda la razón que les otorgan los derechos humanos.
Si nos vamos a la otra cara de la moneda, en la derecha occidental la condena existe, pero a menudo lo hace con un enfoque instrumental, de tal manera que la situación de las mujeres en Irán se utiliza como argumento contra el islam político, la inmigración musulmana o el multiculturalismo. Esto trae como consecuencia que el problema deje de ser la defensa de los derechos humanos al focalizarse en la denuncia a la opresión del gobierno iraní mientras se cuestionan, o se recortan los derechos de mujeres —y también de minorías— en la casa propia, convirtiendo así la solidaridad en propaganda.
Cuando la libertad femenina sirve más para reforzar discursos identitarios —sean de un sesgo u otro— que para promover justicia, deja de ser una causa y se convierte en un recurso político.
Y lo más preocupante es que, por parte de ambos extremos, las mujeres iraníes corren el peligro de acabar siendo un símbolo más que sujetos reales con unos derechos inalienables, en un contexto donde las luchas, los encarcelamientos, la resistencia y las muertes corren el peligro de dejar de ser una llamada urgente a la coherencia moral.
La defensa de la libertad no puede ser selectiva ni tampoco depender de intereses estratégicos o de afinidades culturales.
Los derechos humanos no tienen color político.
Mientras las mujeres iraníes se juegan la vida por decidir cómo vestir, cómo vivir y cómo expresarse, Occidente debate discursos.
Ellas luchan por su dignidad y nosotros deberíamos, como mínimo, estar a la altura de su valentía.
“Mujer, Vida, Libertad” no es un eslógan sino una exigencia ética.