No podemos renunciar a la esperanza de construir un mundo mejor
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En la mitología griega, la esperanza aparece en la leyenda de la caja de Pandora, contada por el poeta griego Hesíodo. En sus Trabajos y Días, Hesíodo nos dice que, como venganza porque Prometeo robó el fuego para beneficio de los hombres, Zeus creó la primera mujer, Pandora, que sembraría el caos entre los humanos. Epímiteo, hermano de Prometeo, la tomó por esposa. Poco después, Pandora, abrió una caja confiada por los dioses y que tendría que permanecer cerrada. Al abrirla, todos los males, como la enfermedad, la muerte y el odio, escaparon y salieron abatiendo a la humanidad. Lo único que permaneció en la caja fue la esperanza.
La esperanza ilustrada está orientada hacia el futuro
Como señala Eva Illouz en su libro Modernidad explosiva, al que he recurrido ya en otras ocasiones. La esperanza es una emoción muy vinculada con determinadas religiones, como la cristiana. En el mundo premoderno, del Antiguo Régimen, la esperanza conecta con la vida después de la muerte, ya que esta vida de acá muchas veces plena de penurias será recompensada con creces en el paraíso. Desde los púlpitos y confesonarios el estamento clerical imponía la doctrina de “Bienaventurados los pobres, porque de ellos será el reino de los cielos”. Era una sociedad estática sin esperanza de cambio importante en este mundo, el que nacía siervo moría siervo, el que nacía campesino moría campesino, el que nacía noble moría noble. Los campesinos muy de vez en cuando se amotinaban contra sus señores, mas estas revueltas no tenían en su mayoría una visión de un orden político alternativo propiciado por la esperanza. Los plebeyos pertenecían al orden más bajo y las posibilidades de cambio de su posición eran mínimas, y ni se pensaba que dependiera solo de su propio esfuerzo. Las aspiraciones de cambio eran mejoras modestas, como ampliar sus campos de cultivo o casarse con la hija de un vecino más rico. Esta sociedad era estática e inmóvil, con cambios mínimos.
Es probable que la Ilustración haya sido el movimiento que ha sistematizado e institucionalizado mejor esta emoción al secularizar la esperanza cristiana. Fue la emoción clave de la Ilustración porque el progreso y la perfectibilidad ocupaban un lugar clave en su visión de la historia humana. La Ilustración institucionalizó la esperanza a gran escala y se convirtió en su razón de ser al librarse de las ideas cristianas del pecado original y de la naturaleza maligna de los hombres. Los seres humanos eran considerados como buenos o moralmente maleables, posibilitando la idea de progreso moral y económico. Se podía y debía esperar una vida mejor en este mundo, no en el otro, ya que los hombres tenían las capacidades suficientes para conseguir un mundo mejor en el que vivir y actuar. Este es el mensaje fundamental de la Ilustración. La esperanza secularizada se incorporó a la vida cotidiana. Con la Ilustración el hombre decide por primera vez tomar las riendas de su propio destino y convertir el bienestar de la humanidad en su objetivo último. Como señala Josep Ramoneda en su libro Contra la indiferencia, es una revolución del pensamiento que tendrá sus consecuencias políticas y que jugará un papel fundamental en la construcción de la Modernidad. ¿Qué es la Ilustración? Kant responde así: “La salida del hombre de su minoría de edad de la que él mismo es responsable”. ¿Qué quiere decir minoría de edad? La incapacidad de servirse de su entendimiento sin la dirección de otro. De esta incapacidad, subraya Kant, el hombre es el culpable porque la causa no está en el defecto de su entendimiento sino en la falta de coraje. Sapere aude: atrévete a pensar. Significa su emancipación y autonomía, ya que es capaz de pensar y decidir por sí mismo. Un hombre en el más amplio sentido de la palabra, ya que no necesita que nadie le diga qué tiene que pensar y qué tiene que hacer. Negándose a dejarse dictar su comportamiento por una ley externa, ambicionaría salir de la esclavitud mental que sometía antaño a los humanos al pasado, a la comunidad o una figura trascendente. Supone el valorar la Razón, la libertad de pensamiento, la capacidad crítica y la educación. Coloca en primer término al ser humano, tiene una visión optimista del mundo, ya que al ejercitar sus facultades es capaz de dominar la naturaleza para ponerla a su servicio, y así ir hacia el progreso y alcanzar la felicidad. La misma performatividad de la esperanza actúa cuando pasamos del nivel individual al colectivo. Por eso ha sido un recurso clave en la acción política colectiva. porque los seres humanos tenemos derecho a tener esperanza para alcanzar la felicidad. Tal idea quedó proclamada en la Declaración de Independencia de los Estados Unidos (1776). Una frase de este famoso documento ejemplifica cómo la visión política y humanista de la Ilustración institucionalizó la esperanza:
Las doctrinas políticas democráticas y socialistas, las visiones de mercado del progreso económico y el nacionalismo generaron amplias comunidades de esperanza
“Que cuando quiera que una forma de gobierno se haga destructora de estos principios, el pueblo tiene el derecho a reformarla o abolirla e instituir un nuevo gobierno que se funde en dichos principios, y a organizar sus poderes en la forma que a su juicio ofrecerá las mayores probabilidades de alcanzar su seguridad y felicidad”.
La misma filosofía aparece, en el artículo 1º de la Constitución montañesa de 1793: “El fin de la sociedad humana es la felicidad”, y en el artículo 13 de la Constitución de Cádiz de 1812: “El objeto del Gobierno es la felicidad de la Nación, puesto que el fin de toda sociedad política no es otro que el bienestar de los individuos que la componen”. En Francia, Lavoisier, famoso químico y a la vez político, escribe en un discurso de 1787: “El verdadero objetivo de un gobierno debe ser aumentar la cantidad de gozo, la cantidad de felicidad y el bienestar de todos los ciudadanos, no solo de unos pocos”.
La esperanza ilustrada está orientada hacia el futuro. Supuso un grandioso distanciamiento de la idea de pecado original, de la creencia religiosa de un paraíso invisible y en una redención aún por llegar, así como de la resignación que conllevaban las posiciones sociales hereditarias feudales que determinaban las trayectorias sociales. Integrada en el conocimiento y la razón, la esperanza podía superar la pobreza, la miseria, la guerra y la enfermedad. El siglo XIX fue el germen de ideas e ideologías que desplegaron este nuevo imaginario colectivo. La esperanza moderna aumentó radicalmente las expectativas de todos de una buena vida y convirtió la imaginación política- la idea de una mejor vida al alcance de la acción humana e institucional- un aspecto fundamental de la conciencia. Las doctrinas políticas democráticas y socialistas, las visiones de mercado del progreso económico y el nacionalismo generaron amplias comunidades de esperanza, orientadas hacia los ideales humanos de igualdad, abundancia y fraternidad, todavía no alcanzados.
La primavera de los Pueblos- las revoluciones de 1848 en toda Europa, que combinaban ideales democráticos, socialistas y nacionalistas- es un claro ejemplo de cómo estas esperanzas nutrían la imaginación y la acción política. Reivindicaban el sufragio universal (sólo masculino), la libertad de prensa, la limitación de los poderes monárquicos y la unidad de los pueblos, aunados por la lengua y la cultura.
Esa esperanza en el progreso humano de la Ilustración hoy el neoliberalismo la ha dinamitado. Hoy ya no podemos esperar progreso alguno. Nos han convencido que tenemos que sentirnos más que satisfechos con mantener nuestra situación económica. E incluso en numerosas ocasiones a renunciar a bastantes conquistas, que pensamos ingenuamente ya consolidadas. El neoliberalismo ha sabido implantar su hegemonía. “Esto es lo que hay”. “No hay alternativa”, nos escupió a la cara Margaret Thatcher. Naturalmente que hay alternativa, hay diferentes paradigmas. Un paradigma cabe entenderlo como un modelo político, social, económico, y cultural que domina e impregna el espacio intelectual y cultural de una sociedad en una época dada. Un cambio de paradigma implica lucha, resistencia y dolor. Hoy luchan de una manera muy desigual por la supremacía dos paradigmas: el de la Ilustración y el elitista neoliberal, según describe Susan George en El Informe Lugano II. Esta vez vamos a liquidar la democracia.
El ilustrado significa emancipación de la humanidad de la tiranía y de la opresión; lucha contra el esclavismo, el racismo, el colonialismo; promociona el Estado del bienestar, el sufragio universal, el aumento de salarios, la mejora de las condiciones laborales o la instauración de servicios públicos. A nivel social, se muestra capaz de proporcionar el mayor bienestar material y psicológico para todos; la igualdad entre sexos, etnias y se preocupa por los más débiles, los jóvenes, los ancianos, los enfermos o los minusválidos. A nivel político defiende el régimen constitucional, el Estado de derecho, elecciones libres y justas, separación de poderes y un Estado aconfesional; promueve derechos individuales: libertad de religión, expresión y prensa. A nivel cultural e intelectual favorece las artes, respeta las ciencias, fomenta el libre examen, la racionalidad y el debate; insiste en que todos los ciudadanos reciban una educación común hasta un nivel para autogobernarse y, a partir de ahí, hasta el límite de sus capacidades.
En contraposición, el paradigma neoliberal reposa sobre unos principios diferentes y difíciles de defender en público. Si se confronta con los valores ilustrados, lo tiene muy difícil ya que no puede dar satisfacción a los objetivos moralmente elevados y socialmente avanzados del ilustrado, ya que el bien común no le preocupa. Liberté, egalité, fraternité y otros eslóganes no son el fuerte del paradigma neoliberal. Por ello, para promoverlo solo puede hacerse con técnicas como la aserción, la repetición, el aplomo y con el disimulo. Dado que los valores ilustrados les resultan atractivos a la mayoría y que su ausencia es el punto débil del neoliberal, hay que definir, difundir y defender otros valores. Esto es crucial. Hay que imponer la convicción en lugar de intentar aportar pruebas que no tenemos. Entre los principios que repite y reafirma incansablemente son: los mercados son sabios, por lo que siempre es preferible a la intervención del Estado; la empresa privada supera al sector público en eficacia, calidad, disponibilidad y precios-un dramático ejemplo lo acabamos de constatar en la prevención y extinción de incendios en Galicia, Castilla-León y Extremadura por parte de empresas privadas-; el libre cambio sirve al conjunto de la sociedad mejor que el proteccionismo; el capital es la sangre del organismo y debe circular libremente; no hay sociedad libre sin un mercado libre, de ahí que el capitalismo es el hábitat natural de la democracia; es normal que actividades como la sanidad y la educación sean lucrativas y que los consumidores decidan quiénes son sus proveedores; las personas deben considerarse en primer lugar, consumidores, en lugar de ciudadanos con derechos, de ahí que se preocupen por sus necesidades individuales; la primera obligación de cada persona es hacia sí misma y su familia; debe obedecer las leyes y ser patriota para apoyar las políticas del país, sobre todo las militares y las de seguridad; no tiene ninguna responsabilidad particular hacia nadie (pobres, parados, disminuidos psíquicos) ni tampoco hacia los burócratas del Estado; la reducción de impuestos a los ricos, potencia la inversión, el empleo y la prosperidad- un gran engaño, uno más-; la desigualdad es insoluble, al ser intrínseca a la sociedad, además de genética y racial; la cultura occidental es superior; si las personas están insatisfechas es culpa suya, ya que el trabajo y la perseverancia siempre se ven recompensados-la meritocracia y la emprendeduría otros descomunales engaños-: quienes tienen una fortuna se la han ganado y pueden disponer de ella como quieran; la ciencia es cuestionable; a cambio de su libertad, la gente debe ocuparse de sí misma y no esperar ni caridad ni regalos del Estado; este modelo no es cruel y las críticas son infundadas; a los indigentes, sin haber cometido falta alguna, el Estado minimalista no les dejará morir de hambre o frío.
Sus ideólogos tienen que defender el paradigma neoliberal, aunque ya incluso muchos millones piensan que les beneficia, al estar ya alienados. La alienación es útil, y está es la razón por la que hay que permitir a la gente votar si lo desea. Será una democracia formal. Tampoco le preocupa el voto, porque confía en que muchos electores votarán contra sus propios intereses, gracias al uso de la pedagogía y la retórica. Cuida el vocabulario y la manera de enfocar los problemas. En lugar de sindicalistas es mejor “los matones de los sindicatos”. Estos epítetos arraigan en las mentes y por ello hay que ser los primeros en usarlos. Hay que eliminar el espíritu crítico, de ahí mucho mejor los estudios científicos que los humanísticos, que además estos preparan mal para el empleo. En definitiva, para que avance el paradigma neoliberal hay que provocar reflejos, no la reflexión. Hay que construir creencias. De momento al paradigma neoliberal le va muy bien, aunque se muestra precavido ante posibles críticas.
En base a lo expuesto es una necesidad imperiosa recuperar hoy la capacidad crítica de la Ilustración frente al pensamiento único impuesto en estos momentos de dominio neoliberal. Su gran triunfo ha consistido, como ha señalado el Nobel de economía Joseph Stiglitz, en destruir la posibilidad de pensar la alternativa. Una vez anegados los cambios y las pistas de estos cambios, solo restaba afirmar con Margaret Thatcher: there is alternative. Es imprescindible, ya que siguiendo a Ramoneda, cada vez que Europa ha renunciado a su principal arma, la razón crítica que le permitió dar el gran salto a partir del Renacimiento, y ha entregado la razón al servicio del poder sea en nombre de la patria, de la clase, de la etnia, de la religión, de la técnica o economía, se ha abierto el camino hacia la guerra civil y al desastre, del cual no estamos muy lejanos, de no mediar un cambio de rumbo en las políticas vigentes; algo que no se divisa en el horizonte próximo. Estamos ya ante el desastre bélico, Ucrania, Gaza, Sudán. Como también en unos niveles de desigualdad, pobreza y exclusión inasumibles en una sociedad honesta.
Triste y dramática realidad, como consecuencia de la hegemonía del paradigma neoliberal, nos la constata Boaventura de Sousa Santos en la Quinta Carta a las Izquierdas, ya que el neoliberalismo es, ante todo, una cultura del miedo, del sufrimiento y la muerte para las grandes mayorías; y no es posible combatirlo con eficacia sin oponerle una cultura de la esperanza, la felicidad y la vida. Las izquierdas tienen dificultades para asumirse como portadoras de esta otra cultura tras haber caído en la trampa que las derechas siempre han utilizado para mantenerse en el poder: reducir la realidad a lo que existe, por más injusto y cruel que sea, para que la esperanza de las mayorías parezca irreal. El miedo en la espera mata la esperanza en la felicidad. Contra esta trampa es necesario partir de la idea de que la realidad es la suma de lo que existe y de todo lo que en ella está emergiendo como posibilidad. Si no son capaces de detectar estas emergencias, las izquierdas pueden sucumbir o acabar en el museo, lo que a efectos prácticos es lo mismo.
Termino recurriendo al mito de Pandora como hice al principio. En su famoso mito, Pandora abre la caja prohibida, liberando todos los males de la humanidad. Pero la cierra a tiempo, antes de que se escape la esperanza, el único bien que los dioses habían escondido en su tumultuosa tinaja. Nadie imagina ya males mayores a los que en tan poco tiempo se han desatado. Sólo anhelamos que no se nos haya escapado aún ese último recurso, la esperanza, de tanto abrir y abrir la mítica vasija.