TRIBUNA GEOPOLÍTICA

El mito de Ucrania

Recreación de la bandera de Ucrania obtenida con los servicios de ChatGPT
El Referéndum de independencia de Ucrania se llevó a cabo el 1 de diciembre de 1991, convocado por la Rada Suprema para confirmar el Acta de Declaración de Independencia aprobada el 24 de agosto del mismo año.

Necesitamos tu ayuda para seguir informando
Colabora con Nuevatribuna

 
  1. Las palabras, que no se las lleva el viento
  2. La historia -en brumas- del Donbás
  3. Del Logos al Mythos
  4. La importancia de las palabras
  5. El parto de una nación
  6. Euromaidan: ¿revolución o golpe de estado?
  7. Y al final…

Las palabras, que no se las lleva el viento

Mi compañero de fatigas teóricas, Roman Ceano, al que le debo un respeto merecido a fuerza de aportar razones, documentos, formación y experiencia, ha dado una nueva muestra de su pericia al compartir un sustancioso documento sobre dos miradas historicistas, la ucraniana y la rusa, a cuentas del trágicamente famoso, más que bien conocido, Donbás: “El Donbás entre Ucrania y Rusia: el uso de la historia en las disputas políticas” [1].

Es cierto que las palabras significan lo que significan arbitrariamente. Cuando decimos que el nacionalismo ha inventado un lenguaje podemos aludir a que tiene más distancia de la realidad que otros posibles. Cosa que no quiere decir que el significado de las palabras es esencial, invariable. Lo que pasa en nuestro caso es que las palabras en lugar de tener como objetivo reflejar la realidad tienen como finalidad crear una realidad diferente.” (Roman Ceano, entrevista en El Triangle, 22/04/2018)

Es cierto, las palabras valen tanto como vale el consenso con que se utilizan, y por eso es tan interesante el ensayo sobre el Donbás.

El Euromaidan comenzó como protesta contra la decisión del presidente Yanukóvich de suspender el Acuerdo de Asociación con la UE, previamente aprobado por el Parlamento

Permítaseme un ejemplo. Hace poco pasamos mi mujer y yo un muy agradable fin de semana en la casa de unos amigos de Olot. Una de sus hijas, actualmente graduada en Ciencias Físicas y estudiando un master en Fotónica, sabedora que tanto su madre como yo somos adictos a las discusiones insensatas, me llevó filosóficamente hablando al huerto, liándome con que, si entrepà (bocadillo, en catalán) es pan con algo en el medio, entonces una torrada amb tomàquet partida por la mitad y doblada era un bocadillo… En ésas estábamos cuando la anfitriona entró, precedida por un suave aroma a ajo escalivat, con un magnífico lletó al forn, y siguiendo el sabio proverbio de a la taula i al llit, al primer crit!, dejamos los problemas de insignificancias para ir a lo real y significativo…

Dejo en la mente del amable lector montar los argumentos para explicar a esta curtida, ácida y formada joven por qué, si pido un bocadillo de jamón y queso no espero que me sirvan un sándwich de jamón de york y queso havarti. Aunque, total, como diría nuestra sagaz oponente, todo sea pan con cosas “entre”…

El esfuerzo intelectual servirá de algún modo para intentar mirar con ojos críticos y herramientas retóricas la tragedia del Donbás, pero no soy optimista: no tanto como nos conviene, como necesitamos… ¡Ojalá todo fuera tan fácil!

La historia -en brumas- del Donbás

Volvamos al ensayo de A. Wilson sobre el Donbás [2].

El autor analiza cómo los historicistas ucranianos construyen una narrativa que vincula el Donbás con la herencia medieval de la Rus de Kiev y los cosacos de Zaporizhzhia, presentando la región como parte integral de un proto-estado ucraniano. Basan su tesis en que la influencia eslava oriental en la zona durante los siglos X-XIII, junto al control lituano posterior, apoya la plena validez de reclamar como Ucrania el actual territorio, incluyendo el Donbás. A mayores, hacen hincapié en el papel de los cosacos de Zaporizhzhia como colonizadores indígenas, contradiciendo la visión rusa de la región como un terra nullius preimperial.

Por su parte, los historicistas rusos destacan la industrialización del siglo XIX -bajo el Imperio Ruso- y XX -bajo la URSS-, resaltando la mayoritaria migración de población rusa al Donbás, muy por encima de otras etnias. Defienden que la identidad local está arraigada en la cultura rusa, minimizando los vínculos ucranianos previos al siglo XVIII y presentando la región como un logro histórico de la Rusia imperial. Utilizan la demografía actual —mayoría rusófona— para legitimar su narrativa de pertenencia étnico-cultura.

Wilson concluye que estas narrativas contrapuestas reflejan luchas políticas contemporáneas, donde la historia (por eso los engloba en el historicismo, más que en la ciencia de la historia [3]) se instrumentaliza para reivindicar soberanía, exacerbando tensiones en una región clave para la estabilidad ucraniana

En particular, pienso que tanto las afirmaciones de los historiadores ucranianos como la de sus homólogos rusos se basan en gran medida en una interpretación de datos históricos, sí, pero, más que ser ésta interesada, es sesgada. La historia de la región de Donbás es probablemente más compleja y, a la vez, complicada de lo que cualquiera de las dos partes están dispuestas a admitir. Objetivar la historia, especialmente cuando lo que divide a dos sociedades es, hoy, una guerra, más que tarea de titanes, es cosa en la práctica imposible: es muy difícil olvidarse de los muertos, y es demasiado fácil usarlos [4].

Fuente: Wikipedia, “Referéndum de independencia de Ucrania de 1991”

 

Del Logos al Mythos

El Referéndum de independencia de Ucrania se llevó a cabo el 1 de diciembre de 1991, convocado por la Rada Suprema para confirmar el Acta de Declaración de Independencia aprobada el 24 de agosto del mismo año por el Soviet Supremo de la República Socialista Soviética de Ucrania. La participación fue masiva, con 31.891.742 votantes (84,18% del electorado registrado), de los cuales 28.804.071 (90,32%) votaron a favor de la independencia. Es decir, el 72,41% del censo total, y no el 50% más un voto, dijo sí a una Ucrania Independiente.

El referéndum se realizó en un momento crucial para Ucrania, tras el intento de golpe de Estado en la Unión Soviética en agosto de 1991 [5]. Como respuesta a estos eventos, la Rada Suprema ucraniana aprobó el Acta de Declaración de Independencia con 321 votos a favor, 2 en contra y 6 abstenciones.

La mayoría de las regiones mostraron un apoyo superior al 90%. Las regiones con mayor apoyo fueron Ternópil (98.67%), Ivano-Frankivsk (98.42%) y Leópolis (97.46%), e incluso en regiones con mayor población rusófona, como Donetsk y Lugansk, el apoyo superó el 83%, lo que muestra que un muy importante y más que significativa parte de los rusoparlantes no quisieron volver a Rusia.

Las únicas regiones donde menos del 60% de la ciudadanía apoyo la independencia de Ucrania fueron la República Autónoma de Crimea (54.19%) y la ciudad de Sebastopol (57.07%) [6].

Todo muy árido, poco emotivo, demasiado administrativo y nada emocionante.

Pero que esta aburrida, pesada y farragosa historia no nos desaliente, que para eso tenemos los historicistas, para que preñen de emoción, romanticismo y calidez el parto de una nación. Pero que nadie se equivoque, tanto el logos como el mythos son racionales, no es la locura lo que está detrás del mito, sino una racionalidad instrumental puesta al servicio de una idea

La importancia de las palabras

Podemos decir cualquier cosa y si conseguimos que todo el mundo se la crea, esa cosa va a ser verdad. Nuestra preocupación deja de ser reflejar la realidad y se convierte en crearla […] porque en el momento en que dices que la realidad es lo que dices crees que estás modificando la propia realidad. Y tampoco es una corriente aislada. Es algo de lo que ya hablaron Laclau o Althusser.” (Roman Ceano, ibid., la negrita es mía)

Entiendo a qué se refiere, pero aquí no comparto con mi estimado Roman el sentido fuerte, tan laclauano, que palpita en su afirmación: el de la capacidad performativa de la palabra, del texto.

No hay ningún abracadabra que dote al mito de capacidad performativa de la realidad. Si así fuera, no serían necesarias las guerras, materia contra materia, bastaría con proclamar algo -el mito de una nación- como real para que sucediera. Y no. Aunque convenciéramos a todos, el mito, mito se queda.

Pero comparto con Roman que las palabras importan ¡Vaya que importan! Y si no matan, inducen a otros a matar y a morir. Digámoslo de otra manera, a través de un famoso teorema:

Si las personas definen las situaciones como reales, éstas son reales en sus consecuencias” [7] (W.I. Thomas, sociólogo, The child in America: Behaviour problems and programs (1928))

No es un matiz irrelevante hablar de las consecuencias. No son las palabras, ni el uso que se hace de ellas, sino lo que material y realmente hacemos -la guerra, la revolución- tomándolas como excusa de nuestra causa lo que modifica la realidad, es decir, tenemos que obrar, accionar para que las consecuencias de creer(nos) el mito (la mentira, el fake new, el alt fact) sean reales, a despecho de que lo que creamos sea verdad o no.

El voto del referéndum sobre la independencia de Ucrania, un acto de comunicación, un acto de palabra, no modificó la realidad material (en este sentido, votar no es un mito, sino un símbolo, algo radicalmente distinto). El acto de votar en sí no es performativo. Pero en tanto que acto de habla perlocutivo, serán los actos de los gobernantes, como consecuencia de ese voto, y apoyados en la fuerza coercitiva en ellos delegada por el pacto democrático del monopolio de la violencia, los que modifiquen la realidad. Y cuando el Logos no baste, aparecerá el Mythos.

Cuando el “árido, poco emotivo, demasiado administrativo y nada emocionante” argumento de la legalidad no conmueva a las partes, cuando el racional Logos sea desechado, éstas, entonces, alzarán el racional Mythos para preñar de “emoción, romanticismo y calidez el parto de una nación”.

El parto de una nación

En el intercambio de pensamientos, Roman me recordaba que Francia, tal vez la primera nación moderna en su sentido político, se basaba en un mito, el de la Revolución Francesa. Y no es que ésta no pasara: ocurrió. El mito es que ese hecho histórico fuera el momento, el hito fundacional de Francia como nación. Y como todo buen mito, su aparición comporta una suerte de adanismo que quiere hacer tabla rasa y presentar lo anterior como una especie de tempus nullius insignificante y abierto a ser conquistado y sometido sin cuartel por ese nuevo presente fundado míticamente.

Todas las naciones modernas beben de mitos fundacionales. Las hay que, incluso, tienen más de uno, según el color ideológico del que lo defienda (en España, desde Don Pelayo o Santiago y cierra España a las Cortes de Cádiz de la Guerra de Independencia). No es de extrañar que la historia, como buena partera, siempre impregne de dolor esos mitos: Italia con Garibaldi y suguerra de Unificación, Francia y su Revolución, los países latinoamericanos y sus guerras de Independencia con las figuras de Simón BolívarJosé de San Martín y Miguel Hidalgo, los EUA en el motín del té [8]…

Claro,” concluye Roman, “y el problema viene cuando has de dar corporeidad física a lo que en el fondo te has inventado. Y esto va por los dos bandos. Son dos idealizaciones mutuamente excluyentes”.

Ciertamente, la interpretación que los historicistas de los dos bandos hacen sobre hechos reales e históricamente comprobables, dando más importancia a unos y relativizando el impacto de otros, permite crear dos mitos fundacionales del Donbás, pero, como cierra Roman, “la realidad está en un tercer lugar”.

Sé que Roman no se aviene a mi posición, pero a riesgo de que me acusen de caer en la falacia del argumentum ab auctoritate, quiero recordar a Sánchez Ferlosio y, mutatis mutandis, sostener que, por mucho que la cesión de Crimea (1954) y el Donbás (1922) a Ucrania en tiempos de la URSS [9] fuera de alguna manera una injusticia histórica -si es que tal cosa puede darse-, deshacer esa injusticia, especialmente manu militari, no es sino otra flagrante injusticia y no de grado menor.

Euromaidan: ¿revolución o golpe de estado?

Un viejo amigo, Antonio Arcaya, me compartió un artículo [10] que realiza un análisis serio y profundo, aunque, a mi parecer, con un cierto exceso de emotividad y de opinión por encima de información. Del texto, lo que más me sorprendió fue la tajante posición contraria ante las manifestaciones conocidas como el Euromaidan, calificándolas de “golpe de estado del 2014 y su posterior deriva ultranacionalista”, considerando en cambio favorablemente “las manifestaciones “prorrusas” (en realidad, contra el golpe de estado)”.

Así que ¿golpe de estado revolucionario, y nuevo mito de una Ucrania democrática y europeísta, o golpe de estado reaccionario, y contra mito de una Ucrania filonazi y corrupta?

El Euromaidan (noviembre de 2013 a marzo de 2014) comenzó como protesta contra la decisión del presidente Yanukóvich de suspender el Acuerdo de Asociación con la UE, previamente aprobado por el Parlamento. Este plural y variado movimiento escaló y se complicó rápidamente con la mezcla de diversos intereses: europeístas, nacionalistas, progresistas, reaccionarios…

Los manifestantes, que acusaban con razón a Yanukóvich de traicionar el mandato legislativo, pronto desbordaron a los que defendían la europeización como vía de mitigar y controlar la corrupción, mientras que los partidarios del gobierno denunciaban por el contrario estar ante un golpe de estado. La crisis culminó con la destitución del presidente por el Parlamento y su huida del país.

¿Revolución popular progresista o ruptura constitucional reaccionaria? Si la respuesta depende de la perspectiva ideológica con que se aborde, la realidad se nos mostrará esquiva. Lo cierto es que el Euromaidan marcó un punto de inflexión en la historia reciente de Ucrania, las consecuencias del cual llevó -según dice Putin- a Rusia a una misión especial contra el régimen neonazi ucraniano en defensa de los rusos del Donbás.

Todo lo ocurrido entre noviembre de 2013 y marzo 2014 en Ucrania es interpretable, de acuerdo. Por eso pienso que el artículo referido de la Marea, al mezclar información con opinión, nos muestra de forma poco fiable la realidad que quiere describir. Y, además, con una innecesaria dosis de sentimentalismo.

Y al final…

Al final ¿sirve de algo todo esto, todo lo aquí escrito, toda la argumentación y contraargumentación vertida, toda la tinta gastada, toda la electricidad consumida? No, obviamente, no. Nada de esto va a traer la paz a esta guerra. Da igual que piense así o asá. Ni siquiera servirá para un “ya te lo dije”. La paz está en otras manos.

Solo queda la vana esperanza de ser leído. Pues, como con astucia apuntaba Zambrano, cuando escribimos para que nuestras ideas sean publicadas, también lo hacemos “para que alguien, uno o muchos, al saberlo, vivan sabiéndolo, para que vivan de otro modo sabiéndolo”.


[1] Wilson, Andrew. “The Donbas between Ukraine and Russia: The Use of History in Political Disputes.” Journal of Contemporary History, vol. 30, no. 2, 1995, pp. 265–89. JSTOR (ultimo acceso el 03/03/2025. Andrew Wilson es un historiador y politólogo británico especializado en Europa del Este, particularmente Ucrania. Es miembro superior de la Política en el Consejo Europeo de Relaciones Exteriores, y profesor de estudios ucranianos en la Escuela de Estudios Eslavos y de Europa Oriental del University College de Londres.
[2] Si se tiene suficiente conocimiento de inglés, aconsejo la lectura del original. En su defecto, dejo accesible una traducción realizada con Deepl, que entiendo de una calidad razonable, y que es el texto que yo he utilizado.
[3] “The power of a historical myth, however, has little to do with actual historical truth, whatever that may be; 'it is historicism, rather than ethnic history itself, which is the essential base for nationalist movements'. A given group's historical memory is a secondary phenomenon shaped by how the past is constantly being reinterpreted in the present, as much as by what 'actually happened' in the past. Moreover, the academics, politicians and poets who reinterpret the past tend to place selective emphasis on particular salient themes in a group's ethno-history according to their present-day priorities and preoccupations, whether consciously or not. Many an academic has given greater service to a particular ethno-nationalist movement than to the principles of disinterested academic research.”
(“Sin embargo, el poder de un mito histórico tiene poco que ver con la verdad histórica real, sea cual sea; «es el historicismo, más que la propia historia étnica, la base esencial de los movimientos nacionalistas». La memoria histórica de un grupo determinado es un fenómeno secundario que depende de cómo se reinterpreta constantemente el pasado en el presente, tanto como de lo que «realmente ocurrió» en el pasado. Además, los académicos, políticos y poetas que reinterpretan el pasado tienden a hacer hincapié de forma selectiva en determinados temas destacados de la etnohistoria de un grupo en función de sus prioridades y preocupaciones actuales, ya sea conscientemente o no. Muchos académicos han prestado más servicio a un determinado etnonacionalismo que a los principios de la investigación académica desinteresada.”) (ob. cit., traducido con el servicio de Deepl, la negrita es mía)
[4] Nunca los muertos empañaron la gloria de una guerra ni deslucieron el esplendor de una batalla, sino que la sangre fue siempre su guirnalda más hermosa y más embriagadora. […] La sangre y la muerte […] reflejan elevación, dignidad y certidumbre para la Causa por la que murieron. Nadie logró jamás tener tanta razón como los muertos, ni hubo nunca argumento más poderoso que sus muertes para dejar a la Causa irrefutablemente convencida de sí misma y convencidos de ella a los demás. Las muertes son las que siempre han consagrado como verdadera y justa y grande y santa cualquier Causa, y poder decir de ella «Es la Causa por la que derramaron su sangre nuestros padres y nuestros abuelos»” (Rafael Sánchez Ferlosio, Mientras no cambien los dioses, nada ha cambiado, Alianza Editorial, pág. 17 y18, la negrita es mía).
[5] “Lo desesperado de la situación llevó a parte del ejército ruso a rebelarse contra el Kremlin, para imponer un gobierno de línea dura que impidiera la disolución de la URRSS mediante un golpe de estado que se desarrolló entre el 19 al 23 de agosto de 1991. La población de Moscú se echó a la calle para oponerse a la revuelta, y los militares, incapaces de masacrar a su propia población, terminaron por volver a los cuarteles tras algunas escaramuzas con la multitud. En Ucrania esa fue la gota que colmó el vaso, en una reunión maratoniana de 11 horas el Soviet Supremo del país votó a favor de la independencia, decisión ratificada al poco por Leonid Kravchuk, líder del Partido Comunista Ucraniano. El 1 de diciembre un referéndum confirmaba esta transcendental decisión, votando el 92,3% de los ucranianos a favor de separase de la URRSS. De este modo Ucrania pasaba a ser un país libre tras 72 años de ocupación rusa.” (F. Cervera, ibid., la negrita es mía)
[6] Fuentes: Wikipedia (varios artículos sobre el referéndum) y National GeographicDe la independencia a la lucha por sobrevivir: 30 años de una Ucrania libre, “Tras su salida de la URRSS en 1991, el país vivió una larga época de paz, pero las tensiones entre Rusia y Estados Unidos llevaron primero a la caída del gobierno ucraniano en 2014 y luego a una larga guerra que azota el país desde hace ya ocho años. Repasamos a través de imágenes sus últimas tres décadas de su historiaSometida durante siglos a mongoles, polacos y rusos, Ucrania consiguió sacudirse el yugo extranjero durante el caos que siguió a la Primera Guerra Mundial. Durante estos convulsos años surgieron en su territorio diversos grupos independientes que combatieron tanto a favor como en contra de los bolcheviques. Sin embargo, la victoria final de Lenin en la Guerra Civil Rusa, en 1919, supuso su reconversión en una república satélite de Moscú; situación que con un breve paréntesis de ocupación nazi entre 1942 y 1944 seguiría igual hasta la caída de la Unión Soviética”, Francesc Cervera.
[7] “If men define situations as real, they are real in their consequences
[8] Es importante señalar que el evento ocurrido en Boston en 1773, conocido como el Boston Tea Party, no fue un levantamiento popular motivado por la imposición de un nuevo impuesto que afectara gravemente las economías de los sectores más pobres. En realidad, se trató de una reacción de los grandes comerciantes de té de las Colonias, quienes, bajo las leyes vigentes en ese momento, eran considerados contrabandistas. Estos comerciantes se opusieron a la decisión del gobierno británico de eliminar los aranceles sobre el té procedente de China, monopolio de la Compañía de las Indias Orientales, lo que permitía a esta última pagar únicamente los impuestos establecidos en las Colonias.
El cambio en las políticas comerciales fue solicitado por la Compañía de las Indias Orientales ante el riesgo de quiebra debido a la dura competencia que enfrentaba por parte de los contrabandistas coloniales, quienes importaban té desde las colonias holandesas sin pagar aranceles. Como resultado, el té chino importado por la Compañía se volvió altamente competitivo, amenazando los elevados beneficios que obtenían los comerciantes locales. Así, la chispa que encendió la Guerra de Independencia, mito fundacional de Estados Unidos, no fue un nuevo impuesto, sino el temor de los grandes comerciantes a perder sus lucrativos márgenes de ganancia.
[9] “[Es válido] aceptar, modesta y razonablemente que por mucho que haya sido una injusticia originaria contra los palestinos la fundación del actual Estado de Israel, en cualquier caso, al cabo de tres decenios [hoy más de siete decenios], ha dado lugar a una situación de hecho que hoy no sería ya sino una nueva injusticia deshacer echando a los judíos al mar, como decían los palestinos.” (Rafael Sánchez FerlosioEl País, 25/09/1982) 
[10] “Ucrania, el país que hasta el Euromaidán reconocía y amparaba los derechos de 130 minorías, ha pasado a ser, cada vez más, y ya desde mucho antes de que la invasión comenzara, un país monocolor en el que defensores de la intolerancia como el malogrado Dali van ocupando el lugar de otros ucranianos como Gógol, culpable de haber escrito su obra en ruso.” Járkiv, de gran capital del Este a sobrevivirUnai AranzadiLa Marea, 21/02/2025.