sábado. 02.03.2024
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Augusto Pinochet y Jorge Videla

@jgonzalezok

Cuarenta y cinco años después de que Argentina y Chile estuvieran al borde de la guerra por unos islotes en el canal de Beagle, en el pequeño pueblo de pescadores de Puerto Almanza, del lado argentino del canal, todavía se pueden ver una serie de cañones abandonados, mudos testigos de un conflicto que estuvo a solo unas horas de desatarse, enfrentando a las dos dictaduras más espantosas del Cono Sur. Hoy, ese lugar es un punto turístico apreciado por las magníficas centollas que se pescan en el lugar. Y permite ver al otro lado del canal la pequeña localidad chilena de Puerto Williams. Un paisaje maravilloso, pero que 45 años atrás estuvo a punto de transformarse en un infierno.

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Cañón abandonado en Puerto Almanza, del lado argentino del canal de Beagle. (Imagen: Gabriela Máximo)

Las 22.00 del día 22 de diciembre de 1978, un viernes, era el momento en que debería comenzar el ataque argentino a la isla Nueva, una de las tres en disputa con Chile, en la desembocadura del canal de Beagle -las otras dos son Picton y Lennox-, iniciando lo que el régimen militar de Argentina bautizó como Operación Soberanía. El conflicto llevó a la mayor movilización de tropas en la historia de ambos países. La cancillería argentina llegó a enviar telegramas secretos a sus embajadores en el que se les informaba que en 24 horas debían comunicar a los países respectivos que Argentina estaba en situación de guerra con Chile.

La flota argentina había partido horas antes, estando compuesta por un portaaviones, un crucero, cuatro destructores, dos corbetas y cuatro submarinos. Los esperaban tres cruceros, cuatro destructores, tres fragatas y tres submarinos chilenos, desplegados en el área de operaciones. Los chilenos que sintonizaban el día 19 el noticiario matinal de Radio Minería, escucharon cómo el canciller argentino decía que se había agotado el tiempo de las palabras y comenzaba el tiempo de la acción en las relaciones con Chile.

“Atacar y destruir cualquier buque enemigo en aguas territoriales chilenas”, dijo el jefe de la Armada, José Toribio

El vicealmirante chileno Raúl López Silva, a cargo de la Escuadra Nacional de su país, había recibido un mensaje del almirante José Toribio Merino, jefe de la Armada y uno de los 4 miembros de la Junta Militar, afirmando: “Prepararse para iniciar acciones de guerra al amanecer, agresión inminente”. Horas después recibiría esta orden, escueta, de solo diez palabras: “Atacar y destruir cualquier buque enemigo en aguas territoriales chilenas”. El embajador de EEUU en Chile había entregado al canciller Cubillos fotografías satelitales mostrando el avance de tropas argentinas hacia Chile en todas las zonas de frontera, norte, centro y sur.

Un audio del comandante del destructor Portales, el capitán de navío Mariano Sepúlveda se conocería tiempo después: “Se estima que la escuadra argentina llegará al objetivo en las primeras horas de mañana 20. ¡Que cada uno de nosotros cumpla con su deber!”.

Las condiciones del mar eran absolutamente desfavorables, con olas gigantescas y una lluvia torrencial, que hacía imposible llevar a cabo la misión. El movimiento del mar impedía que los 15 aviones que llevaba el portaaviones argentino 25 de Mayo pudieran despegar. Por tanto el portaaviones debía ser custodiado por naves que pasaban de ofensivas a defensivas. Pero, además, acababan de dar fruto las negociaciones para que el Papa Juan Pablo II interviniera. Es por eso que a las 18.30 los buques argentinos recibieron la orden de cambiar de rumbo y regresar a sus bases. Faltaban solo tres horas y media para que se iniciara la Operación Soberanía, cuando los argentinos empezaban a dar la vuelta. El radiograma firmado por el general Roberto Viola ordenando suspender las acciones, informaba que se aceptaba la mediación papal “momentáneamente”. Un fallo en el sistema de comunicación hizo que las unidades que debían invadir por tierra territorio chileno desde la provincia de Neuquén, no recibieran el mensaje y a las 20.00 tropas de la X Brigada de Infantería penetraron en territorio enemigo. Hubo que enviar helicópteros para parar esta incursión.

“En una misa con un capellán nos dieron la extremaunción y nos repartieron las chapas de identificación para nuestros futuros cadáveres, con grupo sanguíneo, y a la vez firmamos un testamento para nuestras familias”, le dijo años después a la BBC Marcelo Jorge Kalen, entonces un soldado argentino de 19 años, comando paracaidista. 

Para Chile no era una novedad ir a la guerra con alguno de sus vecinos por conflictos limítrofes, pero con Argentina no se había llegado a un enfrentamiento armado

Para Chile no era novedad ir a la guerra con alguno de sus vecinos por conflictos limítrofes. Entre 1879 y 1883, libró la Guerra del Pacífico. Y entre 1836 y 1839, se enfrentó a la Confederación Peruano-Boliviana. Pero con Argentina, a pesar de los numerosos litigios fronterizos no se había llegado a un enfrentamiento armado.

A esta situación de 1978 se llegó después de que Argentina no acató la resolución adoptada por una Corte formada por juristas internacionales, bajo el arbitrio de la Corona Británica, que declarara las islas territorio chileno. Los dos países se habían sometido voluntariamente al arbitraje, pero el gobierno militar argentino declaró el fallo “insanablemente nulo”.

A partir de ahí Argentina comenzó a prepararse para la guerra. En el centro de control aeronáutico situado en el cerro Renca, cerca de Santiago, empezaron a detectar cazas argentinos entrando a territorio de Chile. Los aviones se retiraban en cuanto los chilenos despegaban para interceptarlos.

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Cañón abandonado. (Imagen: Gabriela Máximo)

A lo largo del mes de noviembre de este 1978, Argentina convocó a los soldados que habían concluido el año anterior el servicio militar, para sumarse a los que todavía estaban prestando servicio y en diciembre hubo una concentración inédita de tropas en el sur y en toda la frontera con Chile. Junto a la movilización, hubo ejercicios de oscurecimiento en ciudades como Mendoza, próxima a la frontera, y también en Buenos Aires. Una ruta de la provincia de San Juan, fronteriza con Chile, fue ensanchada para permitir el aterrizaje de aviones. Hubo algunos comandos de ambos países que se infiltraron en territorio enemigo, llegando a producirse tiroteo. Un capitán argentino fue detenido en la ciudad chilena de Puerto Natales. Buques argentinos ingresaban a aguas que los chilenos consideraban suyas, maniobras que eran interpretadas por Chile como intentos de provocar incidente.

La mayor parte de la prensa argentina contribuyó al clima bélico. Numerosos ciudadanos chilenos fueron detenidos y deportados, sobre todo en Trelew y Comodoro Rivadavia. Había 350.000 chilenos viviendo en la Patagonia argentina y 200.000 en otras ciudades. Turistas del país vecino fueron hostilizados.

La Operación Soberanía contemplaba que los argentinos invadirían las islas en disputa, al tiempo que 15.000 efectivos y 200 tanques del V Cuerpo del Ejército cruzarían la frontera para apoderarse de Puerto Natales y de ahí seguir hacia Punta Arenas. Unos 1.500 paracaidistas debían saltar sobre Punta Arenas y otros tantos sobre las islas en conflicto. Efectivos del III Cuerpo, al mando del general Luciano Benjamín Menéndez, ingresarían a Chile a la altura de Temuco, Valdivia y Puerto Montt, para llegar a Valparaíso, el principal puerto del país. Y en el norte, al frente de los hombres del I Cuerpo de Ejército, estaba preparado para intervenir el general Leopoldo Fortunato Galtieri –el mismo que cuatro años más tarde, como jefe de la Junta Militar, desataría la guerra de las Malvinas.

“Cruzaremos los Andes, les comeremos las gallinas, violaremos a las mujeres y orinaré en el Pacífico”, aseguró el general Luciano Benjamín Menéndez

Los argentinos se jactaban de que iba a ser un paseo. Tenían una importante superioridad aérea, con varias bases cerca de la cordillera, con lo que podían ingresar a territorio chileno en cuestión de minutos. El general Luciano Benjamín Menéndez, el principal promotor de la guerra, soñaba con desfilar por las calles de Santiago e hizo varias declaraciones incendiarias, como que el brindis de fin de año lo harían en el Palacio de La Moneda “y después iremos a orinar el champagne en el Pacífico”. A los 40 años del conflicto, el general Martín Balza dijo, en un artículo en Infobae, que la frase de Menéndez fue todavía más brutal: “Cruzaremos los Andes, les comeremos las gallinas, violaremos a las mujeres y orinaré en el Pacífico”, habría dicho el comandante.

Los chilenos fueron mucho más discretos. En Chile también se movilizaron tropas, pero de noche, para no alarmar a la población. Los medios chilenos, contrariamente a lo que sucedía en Argentina, mantenían la reserva. El general Fernando Matthei, miembro de la Junta, diría años más tarde: “Decidimos mantener la boca cerrada, cuidar nuestro lenguaje, no hacer declaraciones altisonantes, patrioteras ni chauvinistas”. El entonces canciller, Hernán Cubillos, diría  dos décadas después que “estaba seguro que tras una prolongada guerra, las fuerzas chilenas llegarían a invadir Buenos Aires”.

El propio dictador Augusto Pinochet, que asumió personalmente el manejo del conflicto, le dijo a la periodista María Eugenia Oyarzún que el ejército chileno tuvo 10.000 hombres dispuestos a llegar hasta la ciudad argentina de Bahía Blanca -poco más de 600 kilómetros al sur de Buenos Aires- y desde ahí cortar todos los pasos hacia el sur, dividiendo a la Argentina en dos. Reconoció que un triunfo militar sobre Argentina habría sido muy difícil: “Se habría tratado de una guerra de montonera, matando todos los días, fusilando gente, tanto por parte de los argentinos como por la nuestra”.

Si la guerra hubiera estallado, se habría podido convertir en un conflicto a nivel continental con costos altísimos para los dos países. Según el periodista argentino Bruno Passarelli, autor de El delirio armado (Sudamericana, 1998). El embajador norteamericano en Buenos Aires, Raúl Castro, le advirtió al general argentino Carlos Suárez Mason: “No va a ser una guerrita circunscripta a la posesión de las islas, sino una guerra total en la que los muertos de ambas partes, solo en la primera semana, se ha calculado que serán unos 20.000”.

Los chilenos temían que la ocasión fuera aprovechada por los vecinos Bolivia y Perú, con los cuales tenían viejas pendencias limítrofes. Es lo que en la jerga militar se conocía como HV3, Hipótesis Vecinal 3, conflicto armado con los tres vecinos, de manera simultánea. El 17 de marzo de 1978 el dictador boliviano Hugo Banzer había roto relaciones diplomáticas con Chile, iniciando una ofensiva en la ONU y la OEA a favor de una salida al mar para su país. En octubre de ese mismo año, el dictador argentino Jorge Videla se reunió con el general Pereda, que acababa de derrocar a Banzer y firmaron un comunicado apoyando el pedido de salida al mar de Bolivia, así como la soberanía argentina en el Atlántico Sur, incluyendo Malvinas y el Beagle.

En Perú, el gobierno militar encabezado por el nacionalista de izquierda Juan Velasco Alvarado, que había mantenido buenas relaciones con el gobierno socialista chileno de Salvador Allende, se venía preparando para el conflicto con Chile para recuperar Arica, y tenía armamento soviético que lo colocaba en una situación favorable, frente al embargo de armas que venía sufriendo la dictadura de Chile desde 1976. Pero a esta altura Velasco estaba ya muy enfermo y su sucesor, el general Francisco Morales Bermúdez dio un golpe de timón al centro.

“La situación en la base de Punta Arenas era una verdadera pesadilla. Los aviones estaban a la intemperie y sin protección de ninguna especie", reconoció años más tarde el general chileno Matthei

En 1978, Chile tenía una población de 11,1 millones de habitantes y Argentina de 26,4. La economía argentina era cuatro veces la chilena. El gasto militar era de 750 dólares por habitante en Chile y 1.600 en Argentina. El general Matthei reconocería años más tarde que la Fuerza Aérea chilena no estaba preparada para la guerra, con los pocos efectivos disponibles concentrados en el norte, ante la perspectiva de la guerra con Perú. “La situación en la base de Punta Arenas era una verdadera pesadilla (…) Los aviones estaban a la intemperie y sin protección de ninguna especie, de manera que cualquier aparato argentino podía verlos y ametrallarlos. Pero esto no quiere decir que el resultado de la guerra estaba decidido".

Ese 1978, los militares argentinos vivían un momento de euforia. La selección de fútbol que dirigía César Luis Menotti -con Kempes, Passarella, Alonso, Ardiles y Bertoni entre sus jugadores más destacados- acababa de ganar el mundial celebrado en el propio país, apenas se hablaba de la represión y los desaparecidos y la condena internacional no era tan unánime.

En Chile, el régimen estaba con tensiones internas. Pinochet convocó un referéndum en enero para conseguir un respaldo a su persona, tras las sucesivas condenas de la comunidad internacional por violaciones a los derechos humanos. La presión de los EE.UU. por el asesinato en Washington de Orlando Letelier se hizo insoportable. El hallazgo de restos de campesinos enterrados clandestinamente en una mina de cal en Lonquén, desmentía la teoría oficial que negaba la existencia de desaparecidos. Y el general Gustavo Leigh, que venía siendo cada vez más crítico con Pinochet y sus planes políticos y económicos, acabó perdiendo el pulso que mantenía con Pinochet y fue expulsado de la Junta. Eso tuvo como consecuencia que Pinochet afianzara su posición, concentrando todo el poder en su persona, cosa que no sucedía en Argentina, con Videla teniendo que lidiar con el resto de la Junta y con unas FF.AA. divididas entre “blandos” y “duros”.  

LA MEDIACIÓN DEL VATICANO

El último esfuerzo diplomático para evitar la guerra lo hizo Chile. El 12 de diciembre, el canciller Hernán Cubillos viajó a Buenos Aires para entrevistarse con su homólogo argentino, Washington Pastor. Ambos llegaron al acuerdo de solicitar la mediación papal, pero horas más tarde el acuerdo fue desconocido por la Junta argentina. Inmediatamente después de este encuentro hubo una reunión de la cúpula militar argentina en el edificio Cóndor, con la ausencia de Videla y del canciller, donde se le puso fecha y hora a la guerra: 22 de diciembre a las 22.00. Durante diez prevaleció la lógica de la guerra, pero el sector más duro de los militares argentinos terminaron por aceptar la mediación papal.

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Antonio Samoré.

El papel de la Iglesia de ambos países y del Vaticano fue decisivo. Juan Pablo II había llegado al papado en agosto de 1978. El nuncio en Buenos Aires, Pío Laghi le informó inmediatamente de los planes de guerra de los militares argentinos. Juan Pablo II recibiría en secreto al cardenal Raúl Primatesta, presidente de la Conferencia Episcopal, que le dijo que Videla solo estaba dispuesto a detener la guerra si el papa intervenía personalmente. Antes, cuando asumió el papado Juan Pablo I, que murió el 28 de septiembre de ese año tras menos de un mes en el cargo, el cardenal chileno Raúl Silva Henríquez también le pidió su mediación. En la ceremonia en la que todos los cardenales saludaban al nuevo papa, el chileno estuvo largo rato arrodillado besándole el anillo, y pidiéndole su intervención. Juan Pablo I llegó a mandar una carta a los dos gobiernos pidiendo la paz.

Tras conseguir parar la máquina de la guerra, el papa envió al cardenal Antonio Samoré para que mediase el acuerdo. El italiano tendría por delante un arduo trabajo. Argentina llegó a plantear reclamaciones sobre diez islas. “En la larga historia de los conflictos y controversias limítrofes era la primera vez que un país reclamaba, como soberano, un lugar donde jamás había puesto un pie”, le dijo Samoré al obispo argentino Justo Laguna. La mediación ya llevaba tres años cuando Argentina inició la guerra de Malvinas contra el Reino Unido. La falta de acuerdos llevó a Samoré a decir que “no aguantaba más”, amenazando con su renuncia. El proceso solo se destrabó cuando Argentina recuperó la democracia, en 1983. Pero Samoré no llega a verlo, porque murió el 4 de febrero de ese año.

POR FIN, UN ACUERDO

La decisión fue que las tres islas del Beagle quedarían para Chile, pero Argentina lograba el reconocimiento de una gran zona marítima y se mantenía el principio del Atlántico para Argentina y el Pacífico para Chile. Raúl Alfonsín, el primer presidente argentino tras el fin de la dictadura, decidió darle mayor fuerza al acuerdo celebrando un referéndum no vinculante, que fue respaldado por el 81,13 % de los votantes, con 17,24 % de votos negativos. Hubo una participación del 70,17 %, pese a que no era una consulta de participación obligatoria.

HISTORIA DIPLOMÁTICA DEL CONFLICTO
Las diferencias entre Argentina y Chile por los límites en el Beagle pudieron ser  solucionadas por los distintos tratados que firmaron ambos países a lo largo de más de un siglo. En 1826 y 1855 se comprometieron a respetar los territorios que ambas naciones tenían antes de su emancipación. Chile estableció en su Constitución que el país abarcaba desde los Andes hasta el Pacífico y desde el desierto de Atacama hasta el Cabo de Hornos. Pero la cordillera no llega hasta el Cabo de Hornos, se desplaza hacia el Pacífico a la altura de la provincia argentina de Santa Cruz y acaba sumergiéndose bajo el océano cerca del Estrecho de Magallanes. Para la Tierra del Fuego sería necesario trazar una frontera relativamente arbitraria.

En el libro de Alberto R. Jordán, El Proceso, se afirma que en 1843 Chile comienza su expansión hacia el este con la fundación de un fuerte en pleno Estrecho de Magallanes, que después dará lugar a la ciudad de Punta Arenas: “A pesar de las protestas argentinas, esta expansión prosigue en los años siguientes y se cristaliza, ya a fines de la década de 1870, en una suerte de colonización de nuestra actual provincia de Santa Cruz. Desde allí Chile lanza expediciones y captura buques extranjeros que navegan por el Atlántico, indicando así, con hechos concretos, que no pensaba limitar su soberanía a la estrecha franja comprendida desde los Andes hasta el Pacífico”. Una circunstancia favoreció en esos años a Argentina: la decisión chilena de despojar a Bolivia de su salida al mar obligó a los chilenos a retirarse de la Patagonia, ante la imposibilidad de mantener abiertos dos frentes de guerra.

En 1876 se empezó a gestar el Tratado General de Límites en el que Chile sugirió dividir la Patagonia por el paralelo 45º, a la altura de la provincia argentina de Chubut: todas las tierras situadas al sur serían chilenas. Propuesta rechazada por Argentina, que sostuvo que el límite de los Andes debía seguirse hasta donde fuera posible y que en la Tierra del Fuego debía seguirse una línea más o menos vertical. Se impuso la propuesta del entonces ministro argentino de Relaciones Exteriores Bernardo de Irigoyen, reservando la Patagonia para Argentina, reconociendo a Chile el derecho sobre la vía que comunica los dos océanos y repartiendo en partes iguales la Isla Grande de la Tierra de Fuego. Pero las islas e islotes al sur quedaron sujetos a interpretaciones opuestas.

En 1902, durante el gobierno del general Julio Argentino Roca, se acordó que los pleitos serían sometidos a la corona británica. Posteriormente Argentina consideró que el país europeo no era un árbitro adecuado, teniendo en cuenta el factor Malvinas.

En 1971 ambos países vuelven a someterse al arbitraje británico. En Chile esta Allende en la presidencia, mientras en Argentina el presidente de facto era el general Alejandro Agustín Lanusse. El arbitraje británico era puramente formal. La soberana, Isabel II, se limitaba a recibir el fallo de los cinco jueces de diversas nacionalidades de tres continentes - Estados Unidos, Francia, Nigeria, Reino Unido y Suecia- entregando al final la decisión a las partes, sin ninguna intervención en el contenido. 

El 18 de febrero de 1977 la Corte emitió su dictamen y la soberana británica lo entregó a Chile y Argentina el 2 de mayo. El fallo recogió la tesis argentina de que el Canal de Beagle, entre la Isla Novarina y la Tierra de Fuego, debía ser dividida por su línea media, contra la pretensión de Chile de que se le reconociese la posesión total del canal, desde una orilla a la otra, en lo que se denominó la “costa seca”. Pero el laudo otorgaba a Chile la posesión total de las tres islas en disputa.

El fallo no aplacó las declaraciones hostiles de los argentinos. El almirante Massera, jefe de la Armada y miembro de la Junta Militar, exhortó a los infantes de Marina en Tierra del Fuego el 22 de febrero de 1978: “Todo el país está mirando hacia el Sur, seguro de que el gobierno de las Fuerzas Armadas no va a canjear la honra y los bienes de los argentinos por el decorativo elogio de aquellos que enmarcan su debilidad o sus intereses con falaces apelaciones a la paz. Amamos la paz, pero la paz deja de ser un valor moral cuando su precio es la justicia y el derecho. La Argentina de hoy, unida como nunca, sabe que sus Fuerzas Armadas no permitirán que la buena fe sea malversada. Como las unidades del Ejército y de la Fuerza Aérea, todos los componentes del poder naval están listos para cumplir con el mandato de un pueblo que no admite más tergiversaciones. Que nadie lo olvide, se está agotando el tiempo de las palabras”.

Los dictadores de ambos países, Videla y Pinochet, se reunieron dos veces a comienzos de 1978. Primero en Plumerillo (Mendoza, Argentina), en un encuentro que duró 12 horas, el 19 de enero; y el 19 de febrero en Puerto Montt (Chile), durante 13 horas. El general Matthei, comandante de la Fuerza Aérea chilena, recordó la primera reunión como inútil: “Pinochet se encerró durante varias horas con el general Videla, mientras nosotros nos reuníamos con nuestros colegas a discutir diferentes propuestas. En realidad, sentí que tanto ellos como nosotros estábamos haciendo el gesto de juntarnos a conversar, pero que nadie creía que de esa reunión pudiera salir algo realmente útil. Simplemente, las posiciones no coincidían. A mi juicio, esta cita -al igual que la posterior efectuada en Puerto Montt, formó parte de una partitura operática [sic] en que las partes actuaron según su propio libreto, pero a nadie le importaba un rábano lo que se decía”.
 
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Pinochet y Videla

El 25 de enero Argentina declaró el laudo “insanablemente nulo”, considerando que transgredía derechos e intereses permanentes argentinos que jamás habían sido sometidos a arbitraje. De acuerdo a la interpretación argentina, su gobierno no estaba obligado a admitir los términos del fallo. El canciller Oscar Montes, argumentó: “La Argentina, asistida por destacados internacionalistas, ha encontrado en el laudo errores de derecho que son inaceptables. No se trata de una posición caprichosa de un  mal perdedor”. Apuntó también errores históricos y geográficos, “como, por ejemplo, cuando se determina que el océano Atlántico llega hasta la Isla de los Estados y no hasta el cabo de Hornos”.

La reacción argentina fue considerada una “salvajada jurídica” por los chilenos. Y Argentina rompía una tradición jurídica de respeto a los fallos de aquellos árbitros internacionales a los que se había sometido voluntariamente para dirimir anteriores conflictos. Pablo Lacoste, profesor en universidades chilenas y argentinas, observó: “Esta tradición comenzó en la década de 1870: después de la Guerra de la Triple Alianza, la clase dirigente argentina tomó la decisión de renunciar al uso de la fuerza y, en su lugar, emplear mecanismos políticos de solución de controversias para solucionar los temas de límites pendientes con sus vecinos (…) En 1876, en el caso del Chaco Boreal, el presidente de EE.UU. falló a favor de Paraguay y Argentina lo aceptó; en 1895, en el litigio por las Misiones Orientales, el presidente de los EE.UU. falló a favor de Brasil, y la Argentina lo aceptó; en 1899, 1902 y 1966 se produjeron tres fallos arbitrales referentes a la frontera con Chile y la Argentina los volvió a aceptar. Con estas decisiones, Argentina evitó nuevas guerras, mantuvo más de un siglo de paz y construyó una sólida tradición pacifista en su política exterior”.

La segunda reunión entre los dictadores se produjo después de conocerse el fallo británico. Pinochet sorprendió a los argentinos con un discurso que dejó a Videla fuera de juego y sin respuesta: “Ha quedado taxativamente establecido que las negociaciones no configuran modificación alguna de las posiciones que las partes sostienen con respecto al laudo arbitral en la región. Mi gobierno ratificó en forma oficial y pública que, de acuerdo a los compromisos previstos, la delimitación de las jurisdicciones quedó refrendada en forma definitiva en la sentencia de Su Majestad Británica. Por tanto, las negociaciones a realizar en ningún caso afectarán los derechos que en esa área el laudo reconoció para Chile”.

Las palabras de Pinochet causaron “desagrado y sorpresa” en la Argentina, según escribió entonces el diario La Nación. Videla respondió con un discurso de circunstancias que cayó mal a los halcones de Buenos Aires. En el libro Disposición Final, Videla le dice al periodista Ceferino Reato: “Pinochet me planteó un problema. ¿Qué hacer? ¿Retirarme al frente de mi delegación y romper la posibilidad de una negociación que, más allá de ese discurso inesperado (de Pinochet) había quedado plasmada en el documento firmado? Opté por una respuesta de circunstancia sobre la hermandad entre ambos países, la complementariedad comercial... Me pareció lo mejor, no quise romper todo. La comisión que me acompañaba se enojó conmigo, consideró ese discurso como una aflojada. En la Argentina también cayó muy mal, los comandantes se sintieron todos halcones”.

JMG

Diciembre de 1978, una Navidad al borde de la guerra entre Chile y Argentina