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No fue casual que se cambiaba el nombre al departamento de la defensa y se le prefiriese llamar de la guerra. El aspirante al premio Nobel de la Paz que sí le dieron a Obama, parece incapaz de acabar con los conflictos bélicos previos a su acceso al cargo e inicia otros con pretextos muy versátiles. La captura de Maduro le ha hecho pensar que su ejército lo puede todo y sueña con las guerras relámpago de Hitler, bombardeando Irán y asegurando que puede hacer con Cuba cuanto le venga en gana. Su monopoly particular abarca el globo terráqueo, que para Trump es un inmenso terreno de operaciones inmobiliarias.
Lo cierto es que nadie le hace mucho caso. Cada vez que le ha dado un ultimátum a Putin, este le ha toreado como a un crío pequeño al que se le distrae con cualquier juguete. Netanyahu también le ha utilizado como si fuera una marioneta y le ha embarcado en una guerra que solo sirve para colmar sus propias ambiciones expansionistas, haciendo algunas operaciones por su cuenta, pese a que militarmente se hallen coordinadas con el aparato de inteligencia estadounidense. Da incluso pena ver a Trump balbucear contradicciones que cada vez cuesta más entender, haciéndonos pensar en un galopante deterioro cognitivo como el achacado a Biden.
“Matar a los tipos malos cuesta mucho dinero”. Esta frase no sale de ninguna película del oeste con sus cazarrecompensas profesionales. La ha pronunciado el secretario norteamericano responsable del departamento de guerra. Estados Unidos dedica novecientos mil millones de dólares al año para gastos militares, pero acaban se pedirse doscientos mil adicionales, porque cada día que pasa la factura de armamento es muy onerosa. Sofisticados y costosos misiles contra balísticos hacen frente a drones de bajo coste y a veces destruyen trampantojos como los utilizados en su día por Eisenhower para engañar al ejército nazi. Otras matan a niñas en su colegio, al no haberse actualizado la información manejada por la IA, mientras el mandatario estadounidense bromea con la mala puntería de los iranís.
Cuando ha solicitado ayuda para desbloquear el estrecho de Ormuz, la comunidad internacional en bloque le ha dicho que no se trata de su guerra. Trump lamenta las ayudas que se dieron a Ucrania para resistir la invasión rusa y ahora levanta las restricciones del petróleo ruso. Su lógica infantiloide le hace obrar por impulsos y provoca que dimita el responsable antiterrorista, cuyo documentado parecer no veía que Irán supusiera una grave amenaza. El ascendiente de Netanyahu predomina sobre sus expertos asesores, por no hablar de su yerno judío. Cabe preguntarse qué sería del mundo, si Trump tuviera en su familia musulmanes. Hay que seguir con atención la vida sentimental del benjamín.
Tras eliminar a la cúpula dirigente, Trump no da crédito a que Irán siga dando guerra (nunca mejor dicho) sin sus líderes. Por supuesto, cada reemplazo es más radical que su predecesor. Falta saber si Trump se dejará convencer de invadir el país con fuerzas terrestres, confiando en que con ello se propicie la buscada revolución contra el régimen talibán. Resulta sorprendente que tras arrasar Gaza y eliminar miles de personas consideradas escudos humanos del terrorismo, veamos todavía miembros de Hamas bien alimentados e impecablemente vestidos con una indumentaria que parece recién salida del tinte.



