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No me cae bien John Bolton. No comparto ninguna de sus ideas políticas. Ha sido un personaje característico del ala más dura de los gobiernos norteamericanos, pero eso no me impide advertir que está siendo sometido a una persecución política, en lo que claramente es un paso más hacia la conversión de los Estados Unidos en un estado policial en el que se persigue al adversario. Su casa ha sido objeto de un registro, cuando él ni siquiera se encontraba en ella, después de sus numerosas críticas al actual inquilino de la Casa Blanca. No es el único. Los que investigaron los numerosos delitos y presuntos delitos de Trump durante la anterior legislatura también están siendo objeto de persecución.
La Europa que ha conocido el horror, y no hay ningún país en nuestro territorio que no lo haya sufrido, no debe permitirse caer en el mismo estupefaciente
Paralelamente, la ocupación militar de los bastiones del voto demócrata ya se ha convertido en una práctica generalizada. Primero fue Los Ángeles, donde se desplegó la guardia nacional recurriendo a una ley del siglo XIX pensada para casos de grave emergencia que no se dan de ninguna manera. Luego ha sido Washington D.C., ahora es Chicago, y cabe predecir que dentro de muy poco será Nueva York.
Las ciudades que concentran el voto demócrata están siendo asaltadas fusil en mano desde el poder central para condicionar su comportamiento electoral en las elecciones de mitad de mandato, la única y frágil esperanza que ahora mismo le queda a la democracia norteamericana de seguir siéndolo. Y están siendo asaltadas con argumentos cuya falsedad descubriría hasta un niño pequeño: Trump dice que en sus calles “todo el mundo está siendo asesinado y atracado”, y que desde el despliegue de la guardia nacional los delitos han bajado un 87% (¡en quince días!). Ya ocurrió con los perros y los gatos que según Trump se comían los inmigrantes.
Como en otros momentos de la historia, opiniones del tipo de “aquí las cosas no llegarán tan lejos” o “esto no puede suceder aquí” son el peor veneno que se nos inocula
Este es el nivel del debate político en el que vivimos. Este es el tipo de argumentario con el que hoy en día se está llegando hasta unos electores que han renunciado al derecho y al deber de saber lo que ocurre para tomar sus decisiones electorales. Este es el enemigo al que nos enfrentamos.
Todos. Como en otros momentos de la historia, opiniones del tipo de “aquí las cosas no llegarán tan lejos” o “esto no puede suceder aquí” son el peor veneno que se nos inocula, el tranquilizante que precede al camino al matadero. Nadie podía imaginar que los Estados Unidos iban a dejarse llevar al cuento de la criada sin mover un dedo, y está ocurriendo ante nuestros ojos.
Nadie podía imaginar que los Estados Unidos iban a dejarse llevar al cuento de la criada sin mover un dedo, y está ocurriendo ante nuestros ojos
La Europa que ha conocido el horror, y no hay ningún país en nuestro territorio que no lo haya sufrido, no debe permitirse caer en el mismo estupefaciente. Eslóganes estúpidos como que solo el pueblo salva al pueblo son una muestra más de lo necesario que es despertar del letargo que mata a los demócratas, entretenidos en formatos políticos caducos de enfrentamiento a base de pullas y discusiones técnicas que nadie entiende. O nuestra capacidad de reaccionar aumenta, o terminaremos preguntándonos cómo pudo pasar, mientras los bárbaros corren por nuestras calles.




