ANÁLISIS DE DISCURSO

La caída de Nicolas Maduro y el fracaso del multilateralismo

El año 2026 será decisivo. Coincidirá con elecciones intermedias en Estados Unidos y con un reordenamiento de las tensiones geopolíticas globales.

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La reciente captura de Nicolás Maduro ha reabierto el debate sobre la crisis democrática venezolana y, al mismo tiempo, ha dejado al descubierto que durante años el sistema multilateral ha sido incapaz de frenar la deriva autoritaria en ese país ni de ofrecer una salida efectiva a una de las mayores tragedias políticas de América Latina. 

Las elecciones presidenciales celebradas en Venezuela el 28 de julio de 2024 marcaron uno de los episodios más graves de usurpación democrática en la historia reciente de América Latina, al desarrollarse en un contexto de inhabilitación de candidatos opositores, control gubernamental de los órganos electorales, ausencia de observación internacional independiente y denuncias reiteradas de coacción al electorado. 

Trump aprovechó para reaparecer instrumentalizando la crisis venezolana dentro de sus lógicas unilaterales, no orientadas a la reconstrucción democrática, sino al uso del conflicto

Diversos gobiernos, parlamentos y organismos internacionales desconocieron la legitimidad del proceso, señalando que no cumplió con los estándares mínimos de transparencia y libertad exigidos en una democracia. En un primer momento, la responsabilidad del restablecimiento del orden constitucional recayó sobre la oposición interna. 

Tras la consumación del fraude electoral, la oposición interna impulsó movilizaciones ciudadanas, formalizó denuncias públicas ante instancias nacionales e internacionales y solicitó el acompañamiento de organismos multilaterales, al tiempo que intentó mantener canales de articulación política y presión institucional frente al desconocimiento de los resultados.

Nicolas Maduro respondió con una escalada represiva que empujó a sus principales referentes a la clandestinidad o al exilio, cerrando toda posibilidad de corrección interna del fraude, mediante más de 300 detenciones arbitrarias documentadas por organizaciones de derechos humanos, la inhabilitación judicial de los principales liderazgos opositores, el cierre o bloqueo de decenas de medios independientes y la represión de protestas con saldo de decenas de heridos. A ello se suma un contexto de éxodo forzado que supera los 7 millones de venezolanos, según cifras de agencias internacionales, lo que terminó por anular cualquier vía institucional para una transición democrática.

La concesión del Premio Nobel de la Paz a María Corina Machado constituyó un poderoso respaldo simbólico y moral a la causa democrática venezolana. El llamado explícito del Comité Noruego del Nobel, exhortando a Maduro a aceptar los resultados electorales y renunciar, representó una de las interpelaciones más contundentes provenientes de la comunidad internacional. 

Quien ha perdido en Venezuela no ha sido Nicolás Maduro, ha perdido, sobre todo, el sistema multilateral como mecanismo eficaz de defensa de la democracia

La respuesta del gobierno de Nicolás Maduro fue el reforzamiento del aparato represivo, el cierre del espacio político y el rechazo reiterado a cualquier negociación sustantiva, consolidando un escenario de bloqueo institucional y resistencia autoritaria, máxime ante la creciente presión intimidatoria de Donald Trump. 

Ante la imposibilidad de una solución doméstica, la responsabilidad debía trasladarse a los organismos multilaterales. La Organización de las Naciones Unidas, junto con instancias regionales latinoamericanas, estaba llamada a desempeñar un papel decisivo. 

Sin embargo, la respuesta internacional fue fragmentada, tímida y, en muchos casos, contradictoria. Mientras algunos organismos optaron por la condena diplomática y las sanciones, otros privilegiaron un enfoque estrictamente humanitario o un diálogo sin condiciones, incapaz de producir cambios reales.

La Organización de Estados Americanos y el extinto Grupo de Lima apostaron por la presión política y el aislamiento de Maduro, con resultados limitados. La ONU, por su parte, priorizó la atención humanitaria a través de agencias como el Programa Mundial de Alimentos, evitando una confrontación política directa. La Unión Europea promovió procesos de mediación que no lograron alterar la correlación de fuerzas. CELAC y UNASUR, debilitadas y divididas, optaron por la no injerencia. El resultado fue una respuesta internacional dispersa que terminó favoreciendo la consolidación autoritaria.

En este escenario frío, Donald Trump aprovechó para reaparecer instrumentalizando la crisis venezolana dentro de sus lógicas unilaterales, no orientadas a la reconstrucción democrática, sino al cálculo geopolítico y al uso estratégico del conflicto. Las intervenciones de Donald Trump, profundizaron así, en silencio, el descrédito del multilateralismo.

Quien ha perdido en Venezuela no ha sido Nicolás Maduro, cuya deriva autoritaria, además de causar un daño profundo al pueblo venezolano, terminó por desacreditar a amplios sectores de la izquierda latinoamericana, al convertirse en un pivote discursivo funcional para las derechas y ultraderechas, que instrumentalizaron el caso venezolano como argumento recurrente contra cualquier proyecto progresista en la región.

La Unión Europea solo tiene la opción, si no quiere convertirse en un actor irrelevante, de hacer funcionar de verdad su ADN multilateral

Ha perdido, sobre todo, el sistema multilateral como mecanismo eficaz de defensa de la democracia. Este fracaso se inscribe en una tendencia global más amplia, que es la del debilitamiento de los consensos internacionales y el avance de las autocracias, que aprenden unas de otras, cooperan entre sí y explotan la parálisis de los organismos creados para contenerlas.

Europa debe aprender de esta lección sin evasivas. Frente a la guerra en Ucrania y a la crisis interna provocada por fuerzas que trabajan activamente para fragmentarla, la Unión Europea solo tiene la opción, si no quiere convertirse en un actor irrelevante, de hacer funcionar de verdad su ADN multilateral. De lo contrario, dejará el terreno libre para que autócratas como Vladímir Putin y líderes de pulsión autoritaria como Donald Trump impongan, desde fuera o desde dentro, los límites y el rumbo del proyecto europeo.

El año 2026 será decisivo. Coincidirá con elecciones intermedias en Estados Unidos y con un reordenamiento de las tensiones geopolíticas globales. De ese ámbito dependerá si el mundo avanza hacia una profundización del unilateralismo autoritario o si logra reactivar un multilateralismo capaz de defender efectivamente la democracia, no solo como un principio retórico, sino como compromiso real.

Venezuela, hoy, es el espejo incómodo de esa disyuntiva.


James Fernández Cardozo / PhD Análisis del Discurso