domingo. 19.05.2024

El asunto que ha focalizado la atención internacional de la cumbre entre los presidentes de Rusia y China de esta semana es el “plan de paz” chino para Ucrania y la disposición rusa a aceptarlo como salida de una operación fallida, al menos por ahora. 

La iniciativa no parece tener mucho futuro, al menos en sus términos actuales teniendo en cuenta el rechazo occidental (más explícito el norteamericano) y la frialdad ucraniana. Los famosos 12 puntos del documento chino (1), constituyen un despliegue de principios generales que eluden el abordaje concreto de los asuntos más espinosos.

Lo que de verdad es relevante en el cuadragésimo encuentro Putin-Xi es que se ha consolidado una relación bilateral “sin límites”. El acuerdo más sobresaliente es el refuerzo de la cooperación de energética. De aquí a finales de la década, Rusia duplicará el suministro de gas natural a China mediante la construcción de un nuevo gasoducto siberiano. Rusia compensa el boicot europeo y China se asegura energía para seguir creciendo.

Desde fuera, hay dudas sobre la naturaleza, significado y alcance de una convergencia lenta pero sostenida durante la última década. Nadie la califica de alianza (ni siquiera los propios interesados). Algunos aseguran que se trata de una entente circunstancial. Y la mayoría se inclina por el socorrido mote de “matrimonio de conveniencia”.

Lo que de verdad es relevante en el cuadragésimo encuentro Putin-Xi es que se ha consolidado una relación bilateral “sin límites”

Sea como fuere, el entendimiento deja pocas dudas. Los contenciosos no han desaparecido, por supuesto, pero han sido cuidadosamente relegados al plano técnico o diplomático, mientras se acumulan las evidencias de cooperación en materia económica, tecnológica y militar. Cada poco asistimos a un campo nuevo de interacción bilateral (2). Y todo ello bajo la protección de una relación personal entre Putin y Xi que ambos se empeñan en resaltar con cálidos gestos (3).

En todo caso, la química entre ambos dirigentes sólo explica en parte este acercamiento chino-ruso, como es natural. Lo contrario sería propio de un mal guion propio de la factoría pseudo política de Hollywood. Hay factores objetivos que han favorecido esta relación. El más decisivo ha sido la necesidad compartida de combatir la hegemonía global de EE. UU. 

Desde la disolución de la Unión Soviética, Estados Unidos no ha dejado de justificar sus intervenciones exteriores por la emergencia de supuestas “nuevas amenazas” para el “orden internacional”. En los años 90, la preocupación dominante era el riesgo de caos en el espacio postsoviético y las consecuentes rivalidades étnico-nacionalistas en Eurasia. Después del 11-S, el enemigo principal fue el extremismo islamista, cuyos orígenes Washington había cebado en los ochenta, como un ariete contra la “al avance soviético hacia las aguas cálidas de Asia”. En la segunda década del siglo, el peligro aducido era el auge económico y tecnológico de China, fundamento de un incipiente y exagerado fortalecimiento militar.

Los estrategas belicistas en Washington aspiran a replicar la victoria sobre la URSS, atribuida a la apuesta armamentista de Reagan y al conservadurismo de los ochenta, mediante una revisión adaptada a los tiempos, pero escasamente crítica de los errores y abusos cometidos.

Hay factores objetivos que han favorecido esta relación. El más decisivo ha sido la necesidad compartida de combatir la hegemonía global de EE. UU.

LA ADICCIÓN NORTEAMERICANA A LA PRIMACÍA

Al cumplirse el vigésimo aniversario de la invasión norteamericana de Irak, medios generalistas y especializados han llenado sus páginas con artículos y análisis de fondo. Unos aún la justifican, aún admitiendo errores de juicio o equivocaciones palmarias. Otros se apuntan al rechazo, en contraste con la práctica unanimidad favorable que dominó el debate público en 2003 (4).

Entre todo lo publicado destaca un artículo de Stephen Wertheim (5). Este investigador del Instituto Carnegie resume la tesis desarrollada en su libro sobre la “patología de la primacía” (6). En su opinión, la mayoría de las críticas sobre la invasión de Irak eluden la adicción supremacista que nunca ha dejado de dominar el pensamiento estratégico bipartidista norteamericano. 

Este designio encontró cierta resistencia en los otros polos debilitados del equilibrio mundial desde el comienzo de la posguerra fría. Wertheim evoca un documento chino-ruso de 1997 (una carta conjunta al Consejo de Seguridad de la ONU), en el que ambas potencias advertían que “ningún país debe pretender la hegemonía, incurrir en políticas de poder o monopolizar los asuntos internacionales”. Por entonces, Putin era un oscuro asesor en el Kremlin y Xi Jinping un dirigente local en una provincia costera frente al estrecho de Formosa. En Moscú aún dictaban la política oficial los fervientes seguidores del capitalismo neoliberal y en Pekín se concentraban en sacar al país del atraso y la pobreza. 

Lo que Rusia y China anticipaban ya en plena expansión del mundo unipolar tenía poco que ver con el “desafío de las autocracias” a las democracias, el moto de moda ahora en Washington, y mucho con la percepción de una hegemonía sin resistencias de un Estados Unidos triunfal. Para esa fecha, la expansión de la OTAN hacia el Este estaba en marcha y hasta el dócil Yeltsin se removía con incomodidad en su sillón.

La mayoría de las críticas sobre la invasión de Irak eluden la adicción supremacista que nunca ha dejado de dominar el pensamiento estratégico bipartidista norteamericano

La falsa resolución de las guerras yugoslavas, con EE.UU. como justiciero internacional, y la penalización del despegue chino bajo el pretexto de la represión tras la revuelta de Tiananmen favorecieron el inicio del acercamiento chino-ruso, aunque ambas partes aún estuvieran muy lejos de canalizar sus disputas bilaterales.

La orquestada “guerra global contra el terrorismo” congeló durante un tiempo la reconciliación entre Pekín y Moscú. Después de todo, tanto chinos como rusos se habían despachado a gusto contra sus propias insurrecciones islamistas: brutal supresión del separatismo checheno y represión sin contemplaciones de la resistencia musulmana en Xinjiang. Putin ayudó a facilitar el uso de bases en los países exsoviéticos de Asia Central para el despliegue bélico de Estados Unidos en Afganistán. El presidente ruso se mostró contrario pero no demasiado hostil a la falsedad que legitimó la invasión de Irak. China fué mucho más reticente, porque avizoraba ya el peligro de una hegemonía norteamericana reforzada.

El choque de la ”primavera árabe” encendió todas las alarmas en Moscú, primero, y luego en Pekín. La caída de Mubarak en Egipto dejó parcialmente indiferente a los rusos, porque ese dictador no era de los suyos. Pero cuando el objetivo se puso en la Libia de Gaddaffi, régimen no aliado pero instrumental para Moscú, se precipitaron las hostilidades. Más tarde, en Siria, ese sí un aliado estable y duradero del Kremlin, ya no hubo manera de concertar los intereses de Rusia y Estados Unidos, salvo para “salvar la cara” de Obama tras el resbalón de las “líneas rojas” (la supuesta utilización armas química por parte del régimen de Assad).

Para China, el sobresalto árabe, en su primera fase, fue otra demostración de la voluntad de Washington de consolidar sus posiciones hegemónicas en Oriente Medio, sin alterar ninguna de las causas reales de la conflictividad regional. Esa era la percepción dominante en Pekín en 2013, cuando llega a poder Xi Jinping, impulsado por una visión menos complaciente con EE.UU.

Trump pudo haber torcido la convergencia chino-rusa, con sus halagos e indulgencias hacia Putin y su torpe agresividad mercantil contra Pekín. Pero su propia inconsistencia y la presión del establishment modelaron sus caprichos hacia la verdadera preocupación de las élites en Washington: las amenazas del auge chino y el peligro del revisionismo ruso.

Para China, el sobresalto árabe, en su primera fase, fue otra demostración de la voluntad de Washington de consolidar sus posiciones hegemónicas en Oriente Medio

UN OBJETIVO COMÚN

Lo que Putin y Xi intentan ahora es hacer más difícil el designio exterior de Estados Unidos. La retórica que emplean es tan falsa o tan interesada como la empleada por Washington para legitimar su política de primacía global (por seguir utilizando el término de Wertheim). Ni la “paz mundial”, ni la “autonomía de las naciones” es lo que importa a los líderes ruso y chino, sino la preservación de los intereses de las élites a las que representan y en cuyo poder se asientan.

La relación “sin límites” en Pekín y Moscú no tiene mejor aliado que la adicción de los centros de poder norteamericanos a nociones como “nación indispensable”, heredera de aquella otra del “destino manifiesto”, que han consistido y consisten en blindar sus intereses globales bajo la cobertura del discurso liberal, que hace aguas en su propio país. La democracia norteamericana es la más tramposa y la que goza de menos respaldo electoral de todo el mundo occidental, con un subsistema electoral decimonónico, un juego político esclerotizado y dominado por los intereses corporativos y unos medios de comunicación que, en su gran mayoría, focalizan sus críticas en aspectos secundarios e ignoran los determinantes.

Xi y Putin no son Mao y Stalin, que forjaron una alianza euroasiática comunista frente a la dominación capitalista. China y Rusia viven bajo formas diferentes de un cierto capitalismo de Estado que aprieta e instrumentaliza pero no ahoga la iniciativa privada. La pelea es de otra naturaleza. Asistimos al regreso de la lucha entre grandes potencias (great powers competition) que han sacudido al mundo desde siempre. La dupla chino-rusa es un obstáculo muy serio a la unipolaridad norteamericana. Por eso podría ser, como dicen los propagandistas chinos, “más sólida que una montaña”.


NOTAS

(1) https://www.fmprc.gov.cn/mfa_eng/zxxx_662805/202302/t20230224_11030713.html
(2) “What does Xi Jinping want from Vladimir Putin”. THE ECONOMIST, 19 de marzo.
(3) “’He is my best friend’: 10 years of strengthening ties between Putin and Xi”. HELEN DAVIDSON. THE GUARDIAN, 21 de marzo. 
(4) “Iraq, twenty years later”. JOOST HILTERMANN. Director del programa de Oriente Medio y África. INTERNATIONAL CRISIS GROUP, 16 de marzo; “After Iraq: How the U.S. failed to fully learn the lessons of a disastrous intervention”. MICHAEL WAHID HANNA. INTERNATIONAL CRISIS GROUP, 21 de marzo; “The lessons no learned from Iraq”. MICHAEL HIRSH. FOREIGN POLICY, 17 de marzo; “Why the Press failed on Iraq”. JOHN WALCOTT. FOREIGN AFFAIRS, 19 de marzo”.
(5) “Iraq and the pathologies of Primacy. The flawed logic that produced the war is alive and well”. STEPHEN WERTHEIM. FOREIGN AFFAIRS, 17 de marzo.
(6) “Tomorrow, the World. The birth of U.S. Global Supremacy”. STEPHEN WERTHEIM. HARVARD UNIVERSITY PRESS, 2020. 

La dupla Chino-Rusa veinte años después del fracaso de EEUU en Irak