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sábado. 10.12.2022

El XX Congreso del Partido Comunista de China confirmará la designación de Xi Jinping para un tercer mandato. Esto es lo único que se da por seguro en medios diplomáticos, estratégicos y académicos occidentales. El resto son incógnitas o, en el mejor de los casos, percepciones, suposiciones o derivaciones de declaraciones o documentos escritos generalmente ambiguos o de una solemnidad opaca.

La incomodidad occidental hacia China no es nueva ni puede anclarse en la reforzada deriva autoritaria que se le asigna al actual máximo dirigente. La desmaoización provocó cierto entusiasmo en las élites occidentales durante los años ochenta. Se vio en Deng Xiao Ping un referente de pragmatismo y racionalidad, de potencial cooperación y hasta de una profunda transformación sistémica desde dentro, hacia una economía más abierta, incluso mixta, con un terreno desconocido para la iniciativa privada, antesala de la penetración extranjera, es decir, occidental. El ejemplo chino resultaba estimulante frente al deterioro galopante de la URSS, atrapado en la guerra de Afganistán, la esclerosis del sistema y una gerontocracia terminal.

Ya se sabe, sin embargo, cómo acabó la apertura china. Tiananmen corrigió todas las falsas expectativas. Deng quería una China fuerte económicamente, próspera socialmente, pero no libre al estilo occidental. Nunca se sintió seducido por la democracia liberal. Recientes estudios abonan este juicio (1). Si bien algunos de sus delfines, como el jefe del gobierno, Zhao Ziyang, eran partidarios de ir más allá e incluso de negociar con los estudiantes que reclamaban un largo catálogo de libertades, el “pequeño gran líder” optó por la mano dura y la represión.

Para profundizar en esta incertidumbre sobre el futuro inmediato de China, algunos incluso se plantean si esa única certeza del liderazgo sólido, único y hasta ilimitado de Xi Jinping es lo que realmente parece

Desde entonces, China ha seguido ese libreto. Los dogmas son puramente ceremoniales. Se acude a ellos en la medida en que sean útiles. El comunismo (la sociedad sin clases) es una referencia retórica, una creencia tan vaporosa como la vida eterna. La democracia liberal, un concepto extraño, engañoso, peligroso e innecesario. Lo que ha importado es crecer, crecer y crecer. Aún a costa de sacrificar cada vez más los parámetros de la igualdad doctrinaria. El propio Deng admitió que durante cientos de años China tendría que vivir con notables segmentos sociales de pobreza antes de vislumbrar n un horizonte venturoso para todos. 

El menudo dirigente inspirador de esa nueva clase posmaoísta desideologizó el Partido. Lo anestesió. Lo convirtió en una cantera de tecnócratas y administradores. Incluso después de Tiananmen, al capital extranjero le costó poco convencerse de lo rentable y jugoso que era invertir en China. En Occidente se secaron pronto las lágrimas por la represión. China era un mercado impresionante. Pero a medida que el país se sentía cada vez más seguro y se atrevía a desafiar, sin alharacas, el control occidental sobre la economía mundial, brotaron los primeros síntomas de inquietud. Manejables, en todo caso, porque a Pekín le faltaban los instrumentos tecnológicos, financieros y disuasivos para imponer sus condiciones.

La revolución silenciosa china (o contrarrevolución, según se mire) se abría camino, favorecida por una política exterior discreta e incluso conciliadora. China no quería voltear el orden liberal, fiel a la máxima del líder inspirador: “esconde tu fuerza, aprovecha tu momento”. Nada de exhibiciones de fuerza, de propósitos amenazadores, de reclamaciones desestabilizadoras.

Pero por debajo de esa aparente tranquilidad brotaba cierta incomodidad de las élites chinas, que aspiraban a una proyecto nacional más ambicioso, menos constreñido por las normas del capitalismo global impuestas por Occidente y, en particular, por Estados Unidos. Y, al mismo tiempo, se agudizaban en el interior las contradicciones de ese “capitalismo de Estado” que había tomado el relevo de las sucesivas colectivizaciones forzosas. La sociedad china era cada vez más desigual, la nueva riqueza estaba mal repartida, como corresponde a una economía capitalista, sea cual sea el ribete que se le ponga. Para asegurar un crecimiento equilibrado y prevenir estallidos sociales indeseables, China debía expandir su nuevo poderío, abrirse al mundo, es decir, crear mercados en condiciones favorables. Dictar sus términos. Y para ello no bastaba su pujanza productiva, su disciplina social. La fase de la cooperación sumisa o complaciente con Occidente debía dar paso a la competencia. O a la competitividad. China podía ser el número uno y no un eterno número dos. Y eso exigía enseñar los dientes y flexionar los músculos.

Xi Jinping ha encontrado obstáculos entre esos diez millones de afiliados al Partido, pero sobre todo en el millón que compone su vasta élite dirigente y sus aliados de los negocios

Este nuevo enfoque necesitaba un nuevo estilo de liderazgo. La pose administrativa de Jiang Zemin (1993-2003) y la tecnocrática de Hu Jintao (2003-2013) ya no servían ( ). Era preciso un jefe más asertivo, con un designio más ambicioso, con una visión más amplia. Se abrió paso Xi Jinping. No era un recién llegado. Pertenecía a una de las ‘dinastías’ revolucionarias. Hijo del general Xi Zhongxun, guerrillero de la primera hora, luego purgado en los sesenta, como uno de tantos millones. El propio Xi Jinping bebió del cáliz amargo de la Revolución Cultural entre finales de los sesenta y primeros de los setenta. 

Xi Jinping no era especialmente brillante, según afirma Cai Xia, un veterano dirigente, en su día profesor en la escuela de Partido y hoy residente en Occidente (2). Pero sus credenciales eran impecables. Resistió la dura prueba de resistencia y conservó el favor de los militares por el prestigio paterno. Otros analistas sostienen incluso que Jiang Zemin lo promovió en la escala jerárquica provincial por considerarlo más manejable que otros dirigentes ambiciosos.

Pero, como suele ocurrir con este tipo de cálculos selectivos, nada o casi nada sale como se había previsto. Xi interpretó con audacia los nuevos tiempos y dibujó la necesidad de una nueva asertividad. Acabó con los complejos o con la discreción. Sin temeridades, eso sí. Sin precipitarse. Desde el principio de su mandato, en 2013, pilotó la modernización y refuerzo de las Fuerzas Armadas, proclamó la voluntad de recuperar la soberanía sobre territorios en disputa con sus vecinos asiáticos, desplegó visiblemente medios militares para hacer creíbles sus declaraciones, renovó el designio de la reunificación nacional (mediante la absorción de Taiwan, cuando fuera conveniente) y se empeñó en un plan de penetración económica en el mundo emergente o en desarrollo, en abierta competencia con Occidente. En apenas diez años, China ha cambiado y ha transformado también al mundo (3).

Sin embargo, mientras se hacía fuerte frente al exterior, la nueva potencia china empezaba a dar muestras de fatiga. Xi heredó las consecuencias de la crisis financiera internacional, de la que salió no con facilidad. No pudo zafarse de las tensiones sociales arrastradas desde décadas atrás, de fragilidades notables (como la bancaria o la inmobiliaria) y de quiebras estructurales. La exigencia doctrinaria de rearmarse frente a la creciente hostilidad occidental le llevó a cuestionar ciertas bases del desarrollo de los veinte años anteriores. Se ha concedido más poder, (más crédito, también) a las empresas estatales mientras se ha vigilado y constreñido a la iniciativa privada. Las condiciones de las ‘joint-venture’ con las empresas extranjeras se han hecho más duras. Algunos interpretan estos cambios como una vuelta a la ortodoxia ( ). No parece que se trate de eso. Xi Jinping no pretende la recuperación de un comunismo ortodoxo, de un colectivismo doctrinario. Trata simplemente de crecer sobre un capitalismo de Estado que sirva a su proyecto nacional de “rejuvenecimiento”, según dicen los textos oficiales.

En este proceso, Xi ha encontrado obstáculos entre esos diez millones de afiliados al Partido, pero sobre todo en el millón que compone su vasta élite dirigente y sus aliados de los negocios. El engranaje que mueve toda esa maquinaria estaba engrasado por una corrupción institucional y sistémica, capaz de ralentizar y boicotear los cambios. Por eso, una de las primeras y más sonadas iniciativas de Xi Jinping fue lanzar un campaña masiva y extensa para erradicar la corrupción. Cientos de miles de altos cargos fueron purgados; los más destacados, o los más peligrosos para el nuevo liderazgo, simplemente eliminados. Desde dentro y desde fuera del sistema, se dice que Xi aprovechó el tirón popular de la lucha contra la corrupción para deshacerse de rivales reales potenciales o pretendidos. Como en los viejos tiempos. 

Esta “limpieza” de las cañerías era sólo una parte del afianzamiento del nuevo poder. Era preciso también prevenir las protestas y el malestar de la sociedad civil ajena a las luchas palaciegas y/o partidarias. XI ha reforzado el aparato represivo, vigilado más de cerca a las ong’s y dificultado la labor de las organizaciones de apoyo extranjeras. Los recursos tecnológicos de nueva generación como el reconocimiento facial y el rastreo cibernético facilitaron esta nueva sociedad de la vigilancia que impera sobre todo el tejido social (5).

Jinping se sintió lo suficientemente fuerte como para completar el círculo del control absoluto. Hizo que esa nomenklatura fidelizada aceptara la ruptura de la norma sucesoria vigente y la eliminación del límite de dos mandatos en la cúspide del Partido y del Estado, para convertir el periodo de liderazgo en indefinido, quién sabe si en vitalicio. Surge la sombra de la dictadura, dicen los más críticos. El “Partido de Uno”, según Jude Blanchette (6).

Desde Occidente se ha asistido con creciente preocupación a esta deriva del autoritarismo y la asertividad exterior de China. De la cooperación cautelosa de Obama se pasó a la abierta confrontación de Trump, con sanciones comerciales apresuradas y poco inteligentes. Biden está más cerca de su antecesor que de la administración en la que sirvió como número dos. Para EE.UU, China es ya un “competidor” al que hay que “contener”: con alianzas político-militares regionales (QUAD, AUKUS), con programas de modernización militar y con una arquitectura reforzada de poder económico, comercial y tecnológico. 

En este panorama de confrontación, agravado por la crisis de Ucrania, se llega al XX Congreso del PCCH. Xi Jinping será investido por un nuevo periodo de diez años o tal vez incluso ni se ponga plazo a su “reinado” (7). Es la única certeza del cónclave en la Ciudad prohibida. Se ignora quienes lo acompañarán o asistirán en el desarrollo de su proyecto, más allá de unos pocos fieles desde su etapa dirigente en las provincias de Fujian y Zhejiang (8). Se ignora si habrá correcciones en la estrategia económica, tras las catastróficas consecuencias de la estricta política de Cero-Covid, que ha encerrado a la población durante meses y paralizado el aparato productivo (9). Se ignora si se continuará con el reforzamiento del control estatal sobre las empresas privadas o habrá una suavización. Se ignora si habrá un alejamiento más claro y pronunciado del apoyo a Rusia o se mantendrá ese juego ambiguo entre el apoyo a Moscú y el deslizamiento de pronunciamientos con cierto deje crítico. Se ignora si habrá una posición más específica sobre Taiwán o se seguirá en el terreno de las declaraciones fuertes, las exhibiciones sonadas y la prudencia estratégica, como hasta ahora. Se ignora si se favorecen las áreas de cooperación con Estados Unidos y Occidente en materias de civilización como la lucha contra el cambio climático, la crisis energética, el hambre y el subdesarrollo o las amenazas globales contra la salud y futuras pandemias. 

Para profundizar en esta incertidumbre sobre el futuro inmediato de China, algunos incluso se plantean si esa única certeza del liderazgo sólido, único y hasta ilimitado de Xi Jinping es lo que realmente parece. ¿Hay o puede haber movimientos internos en la élite que se atrevan a desafiarlo? (10) ¿Puede una derrota de Rusia comprometer el prestigio del líder, demasiado fiado durante meses a una resolución favorable de la guerra? ¿Pueden los problemas económicos generar un clima social de insatisfacción y malestar primero en la periferia para alcanzar luego los muros del poder central? ¿Puede arrugarse esta China prepotente frente al rearme de Estados Unidos y sus aliados del Pacífico y convertir en pólvora mojada sus esfuerzo militar? Tardaremos en saberlo.


NOTAS

(1) “The alternate History of China”. ANDREW J. NATHAN. FOREIGN AFFAIRS, Septiembre-Octubre; “China’s road not to taken”. JULIAN GEWIRTZ. FOREIGN AFFAIRS, 29 de septiembre.
(2) “The weakness of Xi Jinping. How hubris and paranoia threaten China’s future”. CAI XIA. FOREIGN AFFAIRS, Septiembre-Octubre.
(3) “The world according to Xi Jinping”. KEVIN RUDD. FOREIGN AFFAIRS, Septiembre-Octubre.
(4) “Xi Jingping’s mixed economic record”. DAVID DOLLAR. BROOKINGS INSTITUTION, 1 de septiembre; “How China is trapped itself. The CCP economic model has left it with only bad choices”. MICHAEL PETTIS. FOREIGN AFFAIRS, 5 de octubre.
(5) “Will Xi Jingpin’s paranoia defeat him?”. SUSAN SHIRK. FOREIGN POLICY, 13 de octubre.
(6) “Party of One. The CCP Congress ant Xi Jinping’s quest to control China”. JUDE BLANCHETTE. FOREIGN AFFAIRS, 14 de octubre.
(7) “Un Congrès du Parti Communiste chinois sous l’emprise de Xi Jinping”, FRÉDÉRIC LEMAÎTRE. LE MONDE, 11 de octubre.
(8) “Xi’s three difficulties: the leadership lineup at the 20 th Party Congress”. CHENG LI. BROOKINGS INSTITUTION, 13 de octubre; “En Chine, le ‘génération dorée’ aux portes du pouvoir”. FRÉDÉRIC LEMAÎTRE. LE MONDE, 15 de octubre.
(9) “Xi’s grand industrial ambitions are likely to flop”. CHRISTOPHER MARQUIS. FOREIGN POLICY, 14 de octubre; “China’s rulers seem resigned to a slowing economy”. THE ECONOMIST, 20 de septiembre; “Why China aims too high?”. JEREMY WALLACE. FOREIGN AFFAIRS, 18 de octubre.
(10) “Who are Xi’s enemies?” DENG YUWEN. FOREIGN POLICY, 15 de octubre.

China: una certeza y numerosas incógnitas