lunes. 04.03.2024

Desde el lado más oscuro de una emergente Argenzuela, y disociada de su gente, se crea una diáspora que lejos está de diseminarse por distintos lugares del globo. Nos sentimos fuera pero cada vez estamos más adentro, aislados y cautivos. Perdidos en un sentimiento de desarraigo que debería simbolizar este término, un espejo desvirtuado que cada mañana se da de bruces con la realidad. Lo cierto es que ese peregrinaje obligado se vuelve cada vez más estático y más sedentario.

La clase política argentina es un enclave que trashuma al empresariado mientras se produce dentro del país un desplazamiento interno asistido. Un aura oscura parece blindar las esperanzas y el ánimo de los ciudadanos de seguir adelante a pesar de los vientos adversos. Pedimos asilo dentro de nuestras propias tierras, e inoculamos inconscientemente en nuestras mentes una posibilidad cada vez más lejana de cristalizar nuestros sueños. La corrupción asola cada página de los periódicos, el silencio gana los espacios radiales, la desidia grita desde los estrados, hay un desconcierto generalizado que nos mantiene en estado de pausa y esperando lo peor.

La crisis psicológica nos subyace, nos amedrenta, nos acalla y nos entierra. El fuego nos busca, pero nos encuentra el silencio. Me pregunto cómo se entierran los pobres, si las dádivas de la iglesia tienen que ver más con una devolución de gentilezas clericales que con una preocupación genuina en tiempos de pos pandemia. Hay sectores vulnerables atados de pies y manos ante una coyuntura que duele, y los sindicatos no hacen más que ampliar la brecha social. Se han convertido en lúgubres cuevas de Adulam, un refugio para auténticos ladrones vendidos al mejor postor.

Nos acostumbramos como sociedad a depender de caudillismos, de liderazgos vacíos de contenido, pero abarrotados de poder

Para lograr salir es necesario un barajar y dar de vuelta. Un reciente atentado cubierto de sombras sobre la actual vicepresidente de la Nación Cristina Fernández de Kirchner no hace más que traernos la necesidad imperiosa de un sincero tratado multisectorial, un aggiornado y nuevo pacto de la Moncloa. Si a todo esto sumamos aquel nefasto episodio del ex presidente Mauricio Macri saludando a una plaza vacía, no podemos menos que sentirnos unos idiotas sumergidos en un auténtico club de la comedia, miente, miente, que algo quedará.

Mauricio Macri saludando a una plaza vacía
Mauricio Macri saludando a una plaza vacía

Y así estamos, viendo cómo la vida se nos pasa mientras aquellos que cortan la torta ven como las migas que caen de la mesa son devoradas por los ciudadanos que no hacen más que correr en el mismo lugar. Nos acostumbramos como sociedad a depender de caudillismos, de liderazgos vacíos de contenido, pero abarrotados de poder.

Y no se vislumbran nuevos vientos más allá del horizonte, y eso es lo más triste de esta historia, que nada de lo que hagamos torcerá la balanza, el destino parece estar escrito, pero no para nosotros.

Diásporas sedentarias