domingo. 14.04.2024

Vivimos tiempos en los que proliferan las profecías de una inminente catástrofe energética en Europa y se ensanchan los espacios sociales de escucha de tales predicciones. Así, según los profetas del desastre, este próximo invierno los cortes de luz serán inevitables, morirá gente de frío, la industria acabará colapsando y su hundimiento provocará despidos masivos, escasez de alimentos y pobreza generalizada. 

Con escasa sutileza, los catastrofistas convierten esa estampa apocalíptica en el escenario más probable, sin diferenciar lo posible o lo que no puede descartarse de lo probable. Y, a continuación, lo que presentaban como probable hace un minuto se convierte en un próximo e inevitable armagedón, el principio del fin del género humano o, al menos, de la actual civilización.

Las causas que se alegan para sostener ese sindiós cercano son muchas. Señalaré algunas de las que se utilizan con más frecuencia: el sistema capitalista y su lógica de acumulación, por su incapacidad para detectar y valorar los costes ecológicos que generan; la escalada de la guerra en Ucrania, sus graves consecuencias económicas en forma de escasez y elevados precios de las materias primas energéticas o la posible deriva nuclear de la confrontación militar; la incapacidad o interesada falta de voluntad del poder político en la lucha contra el cambio climático; la escasez estructural de carburantes fósiles, la famosa formulación del peak oil que según algunos científicos ya se habría alcanzado y, según otros, se podría alcanzar en próximas décadas. 

Lo que los catastrofistas presentaban como probable hace un minuto se convierte en un próximo e inevitable armagedón

Todos los factores mencionados son dignos de atención y señalan los graves riesgos y el descontrol que empujan a Europa y al mundo hacia una crisis mayor o una prolongada decadencia de consecuencias imprevisibles. Y serían más pertinentes para subrayar la necesidad de cambiar el rumbo seguido en las últimas décadas de crecimiento irresponsable del consumo de las energías fósiles y de las emisiones de CO2. Pero la utilización propagandística de esas causas en defensa de la tesis de un colapso inminente y su presentación a tropel, sin diferenciar el peso y el alcance de los diferentes factores y sin explicar cómo mejorar las medidas que han comenzado a aplicarse o qué nuevas propuestas pueden impedir el desastre, colocan los afanes proféticos en los baldíos terrenos de la agitación, la impotencia y el miedo.

Los agónicos llamamientos catastrofistas, ¿propician la frugalidad en el consumo energético y la sustitución de combustibles fósiles por energías renovables o abonan el campo de la antipolítica y de las fuerzas negacionistas del cambio climático? Agitar el fantasma del colapso inminente, ¿contribuye en algo a modificar hábitos y mentalidades, aplicar medidas que reduzcan el consumo de energías fósiles o movilizar la ingente financiación que requiere la transición energética?

Es en ese paso de la denuncia a la acción transformadora donde se hace más evidente la miseria de las concepciones catastrofistas, porque ignoran o desprecian lo que se ha empezado a hacer y lo mucho que aún pueden hacer la ciudadanía y las fuerzas progresistas para impulsar la transición energéticafrenar un desastre climático que es evitable. Por otra parte, los llamamientos al ahora o nunca están tan cargados de ansiedad como desprovistos de propuestas que impulsen la desmaterialización y descarbonización de la actividad económica y protejan a los sectores sociales que van a resultar dañados por los costes que, inevitablemente, generará la deseable transición ecológica. 

Es en ese paso de la denuncia a la acción transformadora donde se hace más evidente la miseria de las concepciones catastrofistas

No basta con plantear discursos demoledores sobre el inminente colapso o las consecuencias de la inacción o de una acción política trasformadora insuficiente. No basta con presentarse cargado de buenas intenciones y pésimos presagios que no conectan con la sensibilidad o las necesidades de la mayoría social y se agotan en jaculatorias (ocupar el espacio del debate público, imponer un poco de sentido común en las discusiones, hacer que se escuche la voz de la razón y otras parecidas) que no dicen nada ni conectan con las acuciantes preocupaciones que manifiesta la ciudadanía cuando tiene ocasión de ser escuchada o manifestar sus preferencias. 

Consúltese, por ejemplo, la información que proporciona el último Eurobarómetro 97, del verano de 2022 (las encuestas se realizaron los pasados meses de junio y julio) sobre los dos principales problemas que, según la ciudadanía comunitaria, deben afrontar sus respectivos países: la principal, muy por delante de las demás, el “alza de los precios, la inflación y el coste de la vida” (un 54% de las personas encuestadas en el conjunto de los Estados miembros de la UE lo considera el principal problema de su país; porcentaje que coincide con el que se da en España); a continuación, el “aprovisionamiento energético” (con un 22% en la UE, que en España se reduce al 18%) y “la situación económica” (un 20%, que en España sube hasta el 33%). En zonas más templadas, tras las preocupaciones relacionadas con la salud, el “medioambiente y cambio climático” (un 15%, que en España se reduce al 5%). Esa jerarquía de problemas, con todos los sesgos y limitaciones que se pueden atribuir a la pregunta y a su diseño técnico, proporciona pistas interesantes sobre la distancia que separa a las amplias mayorías sociales de las formulaciones catastrofistas

No obstante, que los problemas relacionados con la transición energética hayan pasado a un segundo plano no permite respaldar una conclusión apresurada sobre la pérdida de interés o falta de preocupación de la ciudadanía europea por los temas relacionados con el cambio climático. La gravedad de la situación actual, marcada por la amenazadora guerra en Ucrania, ha podido favorecer que los asuntos climáticos no encontraran sitio entre los dos temas de mayor preocupación que cada persona encuestada podía señalar. Así lo indican distintas encuestas recientes y otras preguntas del mismo Eurobarómetro, que muestran los progresos en la sensibilidad ecologista de la ciudadanía, la gran preocupación que generan los problemas relacionados con el uso de las energías fósiles o el despilfarro energético y el importante apoyo social que reciben las medidas que pretenden cumplir con los objetivos comprometidos en el Acuerdo de París contra el cambio climático. 

La gravedad de la situación actual, marcada por la amenazadora guerra en Ucrania, ha podido favorecer que los asuntos climáticos no encontraran sitio entre los dos temas de mayor preocupación

Convendría, en todo caso, tener en cuenta las preocupaciones que señala la ciudadanía cuando se le pregunta, reflexionar sobre sus respuestas y valorar hasta qué punto la propaganda catastrofista proporciona información y motiva cambios de mentalidad y actitud a favor del ahorro energético y el desarrollo de las energías renovables o sólo espanta. Y, lo más importante, convendría también afinar las medidas concretas que se plantean para impulsar la transición energética y reforzar o mejorar las que ya se están llevando a cabo para impedir la catástrofe. 

Datos que contradicen la hipótesis de un colapso energético inminente 

El 24 de febrero de 2022, cuando se produjo la invasión militar de Ucrania decidida por el régimen de Putin, el gas procedente de Rusia suponía más del 40% del total de gas natural consumido en la UE; ocho meses después, no llega al 10%. Esas cifras proporcionan una primera idea de la gran vulnerabilidad de la UE (muy dispar según los Estados miembros) respecto al gas natural ruso, la rapidez con la que se ha reducido esa dependencia y la menor capacidad actual del régimen de Putin para utilizar el suministro de gas como arma de guerra y condicionar la posición de la UE en defensa de la soberanía y la integridad territorial de Ucrania.

La enorme y rápida reducción del gas natural comprado a Rusia ha sido posible gracias a tres movimientos diferentes: primero, el aumento del gas procedente de Noruega; segundo, las crecientes importaciones de gas natural licuado (GNL) de EEUU; y tercero, la reducción del consumo en un 5,6% en el primer semestre de este año, respecto a los niveles medios de consumo en el mismo periodo de los últimos años, como consecuencia directa del fuerte aumento del precio del gas. 

La rápida reducción del gas natural comprado a Rusia ha sido posible por el aumento del gas procedente de Noruega, las crecientes importaciones de gas natural licuado de EEUU y la reducción del consumo

El notable descenso de las importaciones comunitarias del gas ruso desde que comenzó la invasión de Ucrania ha sido compatible con un significativo crecimiento de la actividad económica (según las últimas previsiones del FMI, el aumento del PIB de la eurozona será del 3,1% en 2022 y de un notable 4,3% en el caso del de España), sin impedir el aumento de las reservas de gas acumuladas que, en el conjunto de los Estados miembros, han alcanzado ya los 96.000 millones de metros cúbicos, superando ampliamente el objetivo del 80%, sobre una capacidad máxima de almacenamiento de 109.000 millones de metros cúbicos, previamente establecido por la Comisión Europea.

Obviamente, si la guerra se prolonga en 2023 su impacto negativo sobre el crecimiento de la actividad económica en la UE se hará sentir con más fuerza que en 2022: las previsiones del FMI, por ejemplo, apuntan a un pequeño aumento del PIB que en España alcanzaría el 1,2% y en la eurozona, el 0,5%. Nótese que esta previsión de menor crecimiento del PIB en 2023 reposa sobre dos hipótesis muy desfavorables para la actividad económica: por un lado, la continuidad de la guerra en Ucrania a parecida escala que la actual y un desabastecimiento prácticamente total del gas procedente de Rusia; por otro, el decrecimiento que afectaría a las economías comunitarias más dependientes del gas ruso, entre ellas, Alemania (con un retroceso del -0,3% en el PIB) e Italia (del -0,2%). Pero nada que permita predecir una catástrofe energética y económica para este invierno o el siguiente.

Los planes de diversificación de proveedores y sustitución del gas ruso, incremento del almacenamiento, impulso de las energías renovables y reducción y racionalización del consumo energético van en la dirección adecuada. Y han evitado la recesión en 2022 y, previsiblemente, evitarán una recesión significativa en 2023. No se ha seguido, en cambio, la senda de reducción de los gases de efecto invernadero exigida por los compromisos internacionales adquiridos. Un incumplimiento que debería formar parte del núcleo de preocupaciones de organizaciones, activistas y ciudadanía que defienden que la lucha contra el cambio climático es una de las tareas estratégicas más importantes de nuestro tiempo y no debe aparcarse o suspenderse, ni siquiera en estos tiempos salvajes e inciertos.

La lucha contra el cambio climático no debe aparcarse o suspenderse, ni siquiera en estos tiempos salvajes e inciertos

Las previsiones de crecimiento de la actividad económica europea y mundial en 2022 y 2023 están condicionadas, evidentemente, a que la guerra en Ucrania no siga una escalada destructiva, no se extienda a países vecinos o no derive en una confrontación nuclear. Escenarios que no pueden descartarse, como tampoco se puede excluir que en los próximos meses se logre un alto el fuego temporal o un final negociado del conflicto militar, por mucho que sea difícil vislumbrar sobre qué bases y qué fuerzas podrían activarse a favor de una paz que para ser justa y duradera debe sustentarse en el respeto a la legalidad internacional y el reconocimiento de la soberanía y la integridad territorial de Ucrania.

Son previsiones, por tanto, que penden de un hilo que en cualquier momento puede ser cortado por fuerzas fuera de control. No se trata de apostar por uno u otro escenario entre los muchos posibles, sino de tomar en consideración todos los escenarios en tiempos de incertidumbre radical que impiden hacer el más mínimo cálculo de probabilidades sobre la futura prevalencia de cualquiera de ellos. En todo caso, los gobiernos tienen que seguir aprobando medidas para contener la alta inflación, paliar sus graves impactos negativos de carácter productivo, en forma de cierre de empresas y desaparición de empleos, o de carácter social, menos capacidad de compra de los salarios y más pobreza, desigualdad y exclusión social. Esos impactos concentran hoy, con razón, la atención de la ciudadanía y la acción política de las fuerzas progresistas y de izquierdas.

La sustitución del gas ruso este invierno y el siguiente está bien encauzado; en cambio, en lo que se refiere a la escalada de precios y sus impactos negativos aún queda mucho por hacer

Además de la guerra en Ucrania, conviene diferenciar los dos problemas principales que caracterizan el corto plazo: la sustitución del gas ruso este invierno y el siguiente está bien encauzado; en cambio, en lo que se refiere a la escalada de precios y sus impactos negativos aún queda mucho por hacer. Y conviene distinguir esos problemas que pueden y deben encontrar una pronta solución de los de mayor recorrido, relacionados con la cuantía de las reservas mundiales de gas y petróleoel ritmo de su inevitable agotamiento o la imprescindible aceleración de una descarbonización de la actividad económica que requiere regulaciones, incentivos y grandes inversiones y tiene objetivos precisos para 2030 y 2050, comprometidos en el Acuerdo de París. La confusión de planos, plazos y causas es una pésima acompañante de la acción política, la movilización social y la planificación de una transición energética que se prolongará durante décadas. En España tenemos el problema añadido de una oposición de derechas nihilista e insolidaria que apuesta por un cuanto peor mejor que le permita ensanchar sus apoyos sociales y electorales y debilite la acción del Gobierno de coalición progresista.

En lo que queda de año y en 2023, en uno de los peores escenarios posibles (de continuidad de la guerra e interrupción completa de los suministros de gas natural ruso), la UE puede superar el reto. Como ya lo ha hecho en los últimos 8 meses. A lo que hay que añadir el amplio margen de mejora que ofrecen el desarrollo de las energías renovables, la incitación a comportamientos más frugales que eviten despilfarros y consumos prescindibles y la aceleración de las inversiones en rehabilitación energética de viviendas y edificios o mejora del transporte público, entre otras muchas medidas que están al alcance de la mano.

En España tenemos el problema añadido de una oposición de derechas nihilista e insolidaria que apuesta por un cuanto peor mejor que le permita ensanchar sus apoyos sociales y electorales

Que la sustitución del gas natural ruso es posible lo muestran también numerosos y rigurosos estudios que cuantifican las vías transitables para lograrlo. Baste como botón de muestra un trabajo reciente, Natural gas in Europe (BBVA Research, octubre 2022), que cuantifica así la sustitución del gas procedente de Rusia en los próximos 12 meses: el gas adicional procedente de Noruega y Argelia y del GNL de EEUU y otros oferentes podría alcanzar los 50.000 o 60.000 millones de metros cúbicos; el desarrollo de otras fuentes energéticas comunitarias, especialmente las renovables, podría aportar el equivalente a 20.000 o 30.000 millones de metros cúbicos más; una estimación conservadora de la reducción del consumo supondría un ahorro adicional de 15.000 o 30.000 millones de metros cúbicos. En total, entre 85.000 y 120.000 millones de metros cúbicos respecto a unas importaciones de gas ruso que alcanzaron entre 2017 y 2021 una media anual de 164.000 millones de metros cúbicos. Además, habría que tener en cuenta los 18.000 millones de metros cúbicos que, en forma de GNL, son comprados anualmente por la UE a Rusia en un mercado global interconectado que facilitaría que, si Rusia suspende también los suministros de GNL, la UE podría recomprarlos a terceros países. Quedaría un déficit de entre 26.000 y 61.000 millones de metros cúbicos que podrían cubrirse con holgura con los 109.000 millones almacenados.

Podemos construir un escudo social y ecológico que nos proteja 

El panorama que afrontamos a corto plazo es complejo y muy grave, pero controlable; por lo menos, hasta el punto incierto y cambiante en el que se puede hablar de control y racionalidad en una situación de guerra. Nada que ver con la consideración exclusiva y escasamente argumentada de un colapso inminente que, por otro lado, nada añade a la lucha contra el cambio climático o en la incorporación de la mayoría social a la defensa práctica y cotidiana de la transición ecológica. 

Sería aconsejable que en este debate el peso de las concepciones excesivamente cargadas de ideologías y propaganda disminuyera

Sería aconsejable que en este debate el peso de las concepciones excesivamente cargadas de ideologías y propaganda disminuyera, para evitar que se hable demasiado a humo de pajas, y aumentara el esfuerzo analítico que contribuye a distinguir, contextualizar y entender la maraña de datos contradictorios y escenarios posibles que ofrece una cambiante y compleja realidad. 

Se trata de presentar y manejar hipótesis abiertas a la contrastación, lo inesperado, la acción política y una mayor acumulación de conocimientos y de datos que permitan afirmar, reformular o desechar cada hipótesis. Y se trata de seguir trabajando para fortalecer un escudo social que proteja a los sectores vulnerables y, al mismo tiempo, para convencer a la mayoría social de que la transición energética es imprescindible, está al alcance de la mano, depende de las decisiones que adoptemos y forma parte del escudo ecológico y modernizador de estructuras productivas e instituciones globales democráticas, inclusivas y multilaterales con el que la humanidad debe equiparse para evitar un desastre energético y civilizatorio.

Catastrofismos y transición energética