martes. 18.06.2024

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Me refiero a que cuánto se tarda en reconocer una catástrofe de tipo social, no de tipo natural. Excepto algún señor canario que no perdió el temple ante la erupción del volcán de la Palma sosegando a todo el mundo con un hay tiempo para comer, lo cierto es que las señales anunciadas por terremotos, tsunamis, incendios o inundaciones son claras tanto en el momento de su explosión como en las manifestaciones posteriores al desastre, y provocan pavor, promueven la búsqueda de auxilio o protección y alertan frente a futuras secuelas.

La catástrofe natural impacta en la conducta y excepto la obstinación por seguir construyendo en ramblas y salidas de aguas o seguir contaminado como si no hubiera un futuro (cada día más improbable), en general advertimos acciones de defensa frente a este tipo de amenazas, de la construcción de edificios antisísmicos al desarrollo de energías alternativas pasando por la creación de instituciones sanitarias específicas de lucha y control de plagas o pandemias. De modo que podemos decir que la respuesta a la hecatombe natural oscila entre un reconocimiento súbito y una acción posterior que depende de factores de geografía humana.

Queda claro el señalamiento de la maldad humana en el origen de la catástrofe no natural, pero sigue abierta la cuestión de cómo y cuándo actuar ante dicha amenaza

Al margen de la catástrofe de origen natural la humanidad sufre otro tipo de desgracias, son las que podemos definir como de origen social, las guerras y su correlato de hambrunas y sufrimientos, las conculcaciones de derechos y la imposición de decálogos de poder arbitrarios, las xenofobias y las identificaciones de razas buenas y razas despreciables, las crisis económicas y sus derivadas políticas y sociales y un largo etcétera que cada cual puede completar según sus experiencias personales. Yo incluiría el de la espectacularización de la vida en sociedad y la transformación del ciudadano en consumidor.

Y digo que la identificación de las diversas formas en las que se manifiesta el desastre es múltiple, y por ello sería bueno tratar de acotar o extraer un mínimo común denominador. Dos son las características compartidas: son catástrofes impulsadas por la acción humana y son evitables. Provocar una guerra y reforzar su destructibilidad tiene su origen en la insensata perfidia humana, algo manifiestamente corregible. Las reglas sociales religiosas o laicas son construcciones humanas destinadas a disciplinar a otros seres humanos, no contienen nada de universal o verdadero, son por tanto debatibles. El racismo es una mezquindad de hombres y mujeres orientada a premiarse a sí mismos por ser como son por fuera no por dentro, la ciencia ya se ha pronunciado sobre la absurda jerarquización en función del color de la piel. Qué decir de las crisis económicas y sus derivadas de injusticia, pobreza, mala utilización de recursos, etc. todo un catálogo de atropellos de seres humanos sobre otros, guiados los primeros por la codicia y la desesperación para los demás.   

Queda claro pues el señalamiento de la maldad humana en el origen de la catástrofe no natural, pero sigue abierta la cuestión de cómo y cuándo actuar ante dicha amenaza. En principio estamos dotados de un mecanismo de defensa que básicamente consiste en rehuir el peligro, alejarse lo más posible del entorno de riesgo. Y aquí viene la tremenda porque los responsables de guerras, hambres, crisis políticas y económicas o de la bajeza moral son tipos muy reconocibles que desafortunadamente se repiten una y otra vez. No siempre con el mismo bigote ridículo, pero sí con las mismas proclamas incendiarias, las mismas exageraciones y mentiras, las mismas dependencias de los poderes extraterrenales del tipo Florentino o hermanos Koch, el mismo sadismo que les anima hacer daño por el placer de hacerlo y sin mala conciencia alguna. No hace falta decir que los protagonistas del momento tienen la cara de Trump, de Orban, de Meloni, de Milei y de otros amiguis de la fachapandilla, pero no son sino réplicas del fürher, del duce, el emperador del Japón o de Stalin.

La cosa es preocupante porque parece que el mal está dotado, como la hidra, de una capacidad versátil de regenerarse a partir de sus desechos

De los últimos nos libramos por aquí por Europa (estamos en el 80 aniversario del desembarco aliado en Normandía), pero resulta que han vuelto o lo pretenden y a mí me preocupa que no acabemos de acertar en el diagnóstico y a ordenar una llamada de socorro o prevención que sea efectiva. Por esos me pregunto cuánto se tarda en vislumbrar una catástrofe y cuánto tiempo necesitamos para reaccionar. La cosa es preocupante porque parece que el mal está dotado, como la hidra, de una capacidad versátil de regenerarse a partir de sus desechos. 

Y sí, Trump ha sido vencido, pero ha vuelto, Bolsonaro hundió Brasil y está a punto de ingresar en prisión, pero surge muy cerca un estrafalario farlopero en argentina, los Kaczinski han pasado al ostracismo y convirtieron Polonia en un hazmerreir, pero Orban construye una alianza de tarugos xenófobos. El brexit y sus protagonistas están completamente desautorizados, pero Farage amenaza con volver a presentarse a las próximas elecciones. 

Y lo que me parece más importante es que uno de sus líderes indiscutibles, Netanyahu y su fascista ministro de la policía Ben Gvir han optado por el fuego y la sangre en Gaza para que la intensidad de la catástrofe nos confunda a todos y nos deje sin capacidad de respuesta.

¿Cuánto se tarda en reconocer una catástrofe?