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lunes. 27.06.2022
ACNUR Ucrania

Éramos felices. Vivíamos en una Arcadia bucólica. Sabíamos de guerras en el mundo. Pero eran otra cosa. Pertenecían a los “bárbaros”, fueran árabes, africanos, indonesios … ninguno “de los nuestros”.

Claro. No sabíamos que aquí se estaba larvando desde 2014 el fin de esa Arcadia. Los medios “serios” de comunicación no informaban de los choques entre Ucrania y Rusia. De las detenciones de antifascistas en Moscú, contrarios al clima belicista que se instalaba en Rusia, o el asalto por fuerzas ucranianas aparentemente ultraderechistas a la Casa de los Sindicatos de Odessa donde se habían refugiado ucranianos prorrusos, un asunto sin investigar. La incendiaron. Pero no parecía haber paralelismos con el incendio del Reichstag en 1933. Al fin y al cabo, parecía que el nazismo estaba controlado en Europa, por lo que cuentan los medios “serios”.

Hay muchos más ejemplos de lo que estaba sucediendo en Ucrania. La pasividad occidental ante la invasión y anexión de Crimea (algunas medidas económicas que, como siempre, repercutieron en la vida del pueblo y ni rozó a los oligarcas) era un lenitivo. Si la respuesta es tan suave, es que lo que ocurre no es tan complicado, nos decíamos los pocos que prestábamos atención a esas noticias. Estábamos mirándonos el ombligo, lo único que los medios “serios” nos enseñaban.

Y entre tanto, en todo el mundo, en los 66 conflictos abiertos en 2021 (11 más que en 2018), morían civiles y soldados que nada tenían contra los de enfrente pero ejecutaban las órdenes de sus mandatarios. Pero eso ocurría fuera de Europa. Bueno, salvo lo de Ucrania, pero allí no era grave. Cosas de rusos y ucranianos.

Y entre tanto, la sociedad civil sufría en Birmania, en Siria, en el Yemen, en Somalia, en Sudán, en Camerún, en el Chad … y así hasta en el desierto de Tinduf nuestros excompatriotas saharauis. Y no cuento con el sufrimiento de la población civil en las dictaduras de todo signo o en la “democracias formales”.

Pero eso ocurría lejos. Y no nos afectaba. Los bienes de consumo, deslocalizada su producción buscando “rentabilidad” en países con muy escaso respeto a los derechos de los trabajadores en particular y los derechos humanos en general, seguían llegando. Y más baratos.

No pasaba nada. Los conflictos en el mundo no nos afectaban como sociedad civil occidental y acomodada. Mirábamos con recelo los movimientos migratorios y pagábamos a “Estados tapón” (Turquía, Libia, Marruecos…) para que impidieran el flujo descontrolado de civiles huyendo de guerras. Al fin y al cabo, eran “sus” guerras. Allá se las arreglaran sin molestar.

El primer toque de atención no fue por una guerra, aunque utilizamos enseguida el lenguaje bélico: la lucha contra el coronavirus. Entendimos entonces que esa deslocalización de la producción total nos traía graves consecuencias. Ni elementos tan sencillos como mascarillas se fabricaban en Europa. Y de nuevo la repercusión en la sociedad civil. Se disparan los precios y pagan el alza las clases menos favorecidas. Se incrementa la pobreza.

Con todo, habíamos iniciado la senda de la recuperación postcovid. Incluso parecía que nos habíamos dado cuenta de que la dependencia absoluta (energética y productiva), no podía seguir y que había que mantener ciertos niveles de autoabastecimiento para paliar cualquier nueva debacle. Y todo se ha ido al traste por una guerra que, esta vez sí, se desarrolla muy cerca y, lo que es peor para nosotros, en el campo que nos abastecía de muchos alimentos y bastantes productos energéticos.

No es que seamos dependientes energéticamente. Ni que esa dependencia se extienda a la fabricación de productos de primera necesidad. Es que ni siquiera producimos los alimentos básicos (cereales, semillas, algunas frutas y verduras) que necesitamos. Habría que escribir mucho acerca de los fenómenos económicos que nos han llevado a esto, de cómo hemos renunciado a hacer casi todo para comprarlo más barato al agricultor o productor de terceros países que cobra una miseria.

No seré tan iluso como los espartaquistas alemanes de principio del siglo pasado llamando a la objeción de conciencia y de clase a los soldados de los ejércitos que están compuestos, en lo que se refiere a su carne de cañón, por individuos de las clases populares que nunca obtienen, ni para sí ni para los suyos, beneficios de una guerra.

Pero creo que es el momento de destacar (si no estaba ya meridianamente claro) que lo militar está íntimamente imbricado con lo civil, que la sociedad civil es la que sufre las consecuencias de las acciones militares que casi nunca decide. Que mucha gente se pregunta si es bueno armar a civiles sin preparación y se corre el riesgo de que esas armas caigan en manos de los militares profesionales contrarios, agresores por las órdenes de su gobierno autocrático y que en el campo de batalla luchan por su subsistencia.

Y me pregunto (quizá de forma un tanto ilusa) si los militares fueran considerados y tratados en todo el mundo como ciudadanos de uniforme, ¿no harían lo posible y lo imposible por no secundar el embarque de sus dirigentes en guerras que sólo benefician a las clases pudientes del país cuyos uniformes visten? ¿No sería el momento en que empezáramos a pensar, aunque aún no pueda hacerse por la situación actual, en una forma de ejército diferente, compuesto por ciudadanos de uniforme con derechos plenos? ¿En una presión real para que desaparezcan las armas en general y si no al menos las de destrucción masiva en particular?

Y mientras eso ocurre, la sociedad civil sigue pagando el precio de las guerras. Mientras eso no acabe, no podremos presumir de humanidad. Porque nos diferenciamos muy poco de una banda de monos atacando a otra por el control de un territorio.

Joaquín Ramón López Bravo

La caída del velo de la Arcadia feliz