jueves. 04.06.2026
CRÓNICAS DE AMÉRICA LATINA

Un mundo sin periodistas: el sueño autoritario de Milei

El presidente argentino dedica varias horas al día a lanzar mensajes insultando a los periodistas en redes sociales.

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Son malos tiempos para los periodistas los que se viven en Argentina, si bien nunca fueron buenos. Pero la desmesura del presidente ultraderechista Javier Milei, que adoptó como uno de sus lemas “no odiamos lo suficiente a los periodistas”, no tiene precedentes. Desde el minuto uno de su mandato la incontinencia con los insultos más soeces dirigidos a los periodistas compitió con otros destinatarios, básicamente quien tuviera alguna idea diferente y esbozara una mínima crítica. Pero hace unos días dio un paso más, prohibiendo el acceso de los periodistas a la Casa Rosada y cerrando la sala de prensa, donde trabajaban habitualmente unos 60 periodistas locales y extranjeros y que funcionó incluso durante la dictadura más terrible que tuvo el país (1976-1983).

El gobierno tiene un nivel de aprobación del 36,4 %, frente a un rechazo del 62 %. Éste es su mínimo histórico desde que fue elegido en octubre de 2023

El título de esta crónica está prestado del libro del periodista argentino Horacio Verbitsky, sobre “las tortuosas relaciones del presidente Carlos Menem con la prensa, la ley y la libertad”, según rezaba el subtítulo del libro, publicado en 1997. El origen del título tiene que ver con que el presidente peronista Menem (1989-1999) habría tomado al pie de la letra una frase del primer ministro británico, John Major (1990-1997), que bromeó que un mundo sin periodistas sería un mundo feliz.

Verbitsky recrea en el libro una definición del periodismo que a este cronista le resulta especialmente interesante: “Periodismo es difundir aquello que alguien no quiere que se sepa, el resto es propaganda. Su función es poner a la vista lo que está oculto, dar testimonio y, por lo tanto, molestar. Tiene fuentes, pero no amigos. Lo que los periodistas pueden ejercer, y a través de ellos la sociedad, es el mero derecho al pataleo, lo más equitativa y documentadamente posible. Criticar todo y a todos. Echar sal en la herida y guijarros en el zapato. Ver y decir el lado malo de cada cosa, que del lado bueno se encarga la oficina de prensa, de la neutralidad los suizos, del justo medio los filósofos y de la justicia los jueces. Y si no se encargan, ¿qué culpa tiene el periodismo?”.

Lo interesante de esta caracterización del periodismo y el valor del libro en sí no se contradice con el hecho de que su autor se convirtiera años más tarde en uno de los principales referentes intelectuales de los gobiernos del matrimonio Kirchner -Néstor y Cristina-, que entre 2003 y 2015 también estaban obsesionados con el control de los medios y del relato.

A las denuncias de organizaciones de periodistas se sumó Amnistía Internacional, que advirtió que “el deterioro del ambiente para el periodismo en Argentina es veloz y sostenido”

Parecía insuperable la escena de fotos de periodistas incómodos para el poder siendo escupidas en la Plaza del Congreso (24 de marzo de 2011), una acción impulsada por la organización kirchnerista La Poderosa durante el gobierno de Cristina Kirchner. O la continua y machacona consigna “Clarín Miente”, que se repitió durante esos años en que gobernó la Argentina la pareja peronista.

Pero Milei logró ir más allá. Si bien desde el principio trató de deslegitimar a los periodistas críticos, el paso del tiempo no ha hecho más que agudizar su inquina e intolerancia. A principios del mes de abril, el periodista Martín Rodríguez Yebra publicó en el diario La Nación que, entre el jueves y el domingo de la pasada Semana Santa, el presidente argentino escribió 86 mensajes en la red social Twitter contra los periodistas, y republicó otros 874 de militantes libertarios, funcionarios gubernamentales y usuarios desconocidos. La misma información señaló que en esos cuatro días le dedicó más de 14 horas a esta frenética actividad.

¿Y qué dice Milei en sus mensajes? “Basura inmunda”, “repugnante”, “espía”, “delincuente”, “malparido”, “asquerosa”, “repugnante”, etc. Sus destinatarios son algunos de los periodistas más importantes y respetados de la Argentina. Por ejemplo, Luciana Geuna, a la que el presidente denunció penalmente por supuesto espionaje, al difundir imágenes de la Casa Rosada en su programa televisivo en el canal de noticias TN -del grupo Clarín-, que supuestamente pondrían en peligro la seguridad nacional. Imágenes de los pasillos del palacio presidencial, considerados como espacios comunes sin mayor interés.

El periodista Ernesto Tenembaum sostiene que Milei odia a Geuna porque en medio de la campaña electoral le había preguntado si creía en la democracia. El presidente evitó la respuesta y en ningún momento dijo que “sí”, lo que hizo que se viralizara la pregunta y la falta de respuesta. En solo unos días, Milei le dedicó 40 furiosos ataques a la periodista, llegando a difundir una imagen armada con inteligencia artificial en la que la informadora aparece con traje de presidiario.

La intolerancia de Milei afecta incluso a medios que apoyan gran parte de su política económica. El ejemplo más claro es el del diario La Nación, tradicionalmente conservador, pero dentro de los límites del gran periodismo. En elDiarioAR el periodista Sebastián Lacunza da cuenta de varias reuniones de Milei con el director del diario, Fernán Saguier, en las que le pidió la cabeza de periodistas importantes del medio, como Hugo Alconada Mon, una referencia en el periodismo de investigación, los columnistas Carlos Pagni, Jorge Fernández Díaz y Joaquín Morales Solá, y la periodista de la sección de Economía Florencia Donovan. La respuesta del director de La Nación fue: “Gracias, pero la decisión de quiénes integran la redacción es mía”. El pecado del tradicional diario sería informar de diversos casos de presunta corrupción que afectan al gobierno. O asegurar en alguna columna que el salario real de los trabajadores registrados había caído durante el gobierno de Milei.

Según esta misma fuente, la última de las reuniones terminó a los gritos, con el periodista siendo escoltado a la salida por personal de seguridad y un Milei advirtiendo al periodista: “nunca vas a volver a pisar este lugar mientras yo sea presidente”.

El mandatario argentino ha repetido en varias ocasiones que el 95 % de los periodistas de su país son corruptos. El otro 5 % serían los únicos que logran entrevistarlo, o más bien halagarlo y darle espacio para que hable sin cuestionamientos. Y nunca celebra conferencias de prensa.

Esta nueva ofensiva contra los medios coincide con un claro deterioro de la imagen del gobierno, a pesar de algunos logros parciales en la economía. El problema para el gobierno es que la motosierra, el recorte salvaje de gastos, no está resolviendo los problemas de la gente. Un periodista que defiende habitualmente al gobierno, Jonatan Viale, se atrevió a aconsejar al gobierno que no pierda tanto tiempo y energía en esta cruzada contra los periodistas, cuando hay muchas cosas serias que no están resueltas, como la pobreza infantil, con 6 de cada 10 niños pobres; la inflación, que registra un 3,4 % mensual; o el deterioro educativo, donde 1 de cada 4 chicos de 15 años es incapaz de resolver una regla de tres simple. Entretanto, más del 60 % de los jubilados cobran lo mínimo, 450.000 pesos (320 dólares), mientras la canasta básica está en 1.800.000 pesos (casi 1.300 dólares).

De acuerdo a una encuesta publicada por Bloomberg, el gobierno tiene un nivel de aprobación del 36,4 %, frente a un rechazo del 62 %. Éste es su mínimo histórico desde que fue elegido en octubre de 2023. Y, si bien la cuestión económica es la fundamental para este desgaste, no es menor el tema de los casos de corrupción.

Escándalos que afectan personalmente al presidente y su entorno más cercano -incluyendo a su hermana Karina-, están en fase de investigación por la Justicia. Es el caso de la criptomoneda Libra, promocionada por el propio mandatario antes de su lanzamiento, que permitió beneficios económicos a personas de su entorno por tener información privilegiada; o las denuncias sobre supuestos sobornos en la ex Agencia Nacional de Discapacidad.

El último caso es el del jefe de Gabinete y ex portavoz, Manuel Adorni, que en muy poco espacio de tiempo compró varias propiedades incompatibles con sus ingresos, y con métodos de financiación irregulares y más que sospechosos. La Justicia lo investiga ahora por supuesto enriquecimiento ilícito. Adorni, un ex periodista que en su época como portavoz ofrecía conferencias de prensa casi diarias, hoy es una tumba.

Este guerra total al periodismo se inició con el cierre de la agencia de prensa estatal, Télam. Después se eliminó la publicidad estatal en los medios, para luego desplazar a los periodistas de los lugares que habitualmente ocupaban en actos oficiales, con el fin de dificultar su trabajo e impedirles el acceso a los funcionarios. E incluso se derogó el Estatuto del Periodista, dejando a la profesión mucho más desprotegida frente al poder y los empresarios.

Poco antes del cierre total de la sala de prensa de la Casa Rosada, el gobierno ya había retirado las credenciales a un grupo de periodistas que representaban a medios que, supuestamente, tenían vínculos con el espionaje ruso.

A las denuncias y protestas de organizaciones de periodistas se sumó Amnistía Internacional, que advirtió que “el deterioro del ambiente para el ejercicio de la libertad de expresión y del periodismo en Argentina es veloz y sostenido”, añadiendo que “el clima de intolerancia estatal hacia la crítica, la estigmatización y hostigamiento a la prensa en dos años de gestión del actual presidente, se ha transformado en política de Estado”.

El presidente argentino sigue también en este caso el guión del presidente norteamericano, Donald Trump, cuya especialidad es insultar a las periodistas mujeres. Y el cierre de la sala de prensa de la Casa Rosada recuerda la retirada de credenciales a un grupo de periodistas acreditados en el Pentágono, en octubre del año pasado, junto a restricciones severas para informar sobre las actividades militares.

Un mundo sin periodistas: el sueño autoritario de Milei