El eco de las bombas, la batalla por el alma de Irán
Necesitamos tu ayuda para seguir informando
Colabora con Nuevatribuna
El presente de Medio Oriente está atrapado en una escalada bélica, marcada por el estruendo de misiles y el retumbar de la GBU-57, el 'destructor de búnkeres' conocido coloquialmente como 'la madre de todas las bombas'. Estados Unidos la acaba de emplear en catorce ocasiones sobre territorio iraní en apoyo a Israel, en el marco de una operación denominada 'Martillo de Medianoche'. Este escenario macabro amenaza con empujar a la humanidad hacia un abismo de consecuencias que no podemos todavía imaginar.
- Una amistad olvidada
- La propagación de la inestabilidad
- La inacción de Occidente
- Democracia y fin de la represión
- El riesgo de una transición impuesta
- El clamor popular
Pero la reciente ofensiva, con su estela de destrucción en Irán y la eventual respuesta de Teherán, no es sino el capítulo más reciente de una historia de tensiones que, paradójicamente, proviene de una relación que, en tiempos no tan lejanos, fue de amistad y colaboración.
La experiencia de Irak y Afganistán, donde intervenciones externas con falsas promesas de democracia derivaron en caos y mayor inestabilidad, es una advertencia clara
Una amistad olvidada
Hubo un tiempo, antes de la revolución islámica de 1979, en el que Israel e Irán compartían lazos de amistad y entendimiento. La monarquía del Shah Mohammad Reza Pahlavi mantenía relaciones diplomáticas y comerciales con el Estado hebreo. Los intercambios culturales y económicos florecían, y la cooperación estratégica en una región volátil era una realidad palpable.
Esta colaboración evidenciaba un pragmatismo que trascendía las diferencias ideológicas y religiosas que hoy parecen insalvables. Lamentablemente, este pasado de convivencia pacífica hoy está eclipsado por el presente beligerante de los actores de esta guerra: el actual Ayatolá, Netanyahu, y ahora Trump quien decidió intervenir militarmente sin la autorización del congreso norteamericano.
La ruptura de esa antigua amistad se dio con la llegada al poder del ayatolá Ruhollah Jomeini en 1979 y el subsiguiente establecimiento de la República Islámica de Irán. La nueva teocracia adoptó una postura radicalmente antiisraelí, elevando la causa palestina como un pilar central de su política exterior.
La retórica de aniquilación y la negación del derecho a existir de Israel se convirtió en la norma, transformando a un antiguo aliado en un enemigo declarado. Esta metamorfosis ideológica es el catalizador profundo de una rivalidad que ha escalado hasta la amenaza de una confrontación a gran escala, alimentada, entre otros factores, por el programa nuclear iraní, percibido por Israel como una amenaza existencial.
La propagación de la inestabilidad
Desde la revolución, el régimen de los ayatolás ha desplegado una estrategia de expansión de su influencia en la región, a menudo a través de actores no estatales y grupos proxy. El apoyo a Hezbolá en Líbano, a Hamás en la Franja de Gaza, a las milicias chiíes en Irak y a los hutíes en Yemen son ejemplos de esta política.
Estas acciones, destinadas a desestabilizar a los adversarios y a proyectar poder, han exacerbado las tensiones y han generado una espiral de violencia regional, como los ataques de Hamás contra Israel el 7 de octubre de 2023.
El lanzamiento de drones y misiles por parte de Teherán contra Israel en abril de 2024, en respuesta a un ataque israelí a su sede diplomática en Damasco, elevó la confrontación a un nuevo nivel de peligrosidad, revelando una ostentosa exhibición de fuerza para intimidar y reafirmar su posición.
La inacción de Occidente
En este dramático escenario de escalada, la inacción de Occidente resulta en una complicidad pasiva que alimenta la frustración y el resentimiento. Mientras el régimen iraní reprime a su propio pueblo y exporta la inestabilidad, las potencias occidentales han oscilado entre tibios comunicados y sanciones que, a menudo, son percibidas como insuficientes o vacías. La búsqueda de intereses económicos, particularmente el petróleo, ha primado sobre la defensa de los valores democráticos y los derechos humanos.
Occidente, además, está perdiendo la batalla moral al mostrarse ineficaz frente al inmenso sufrimiento en Gaza y ante las acciones de Israel —respaldadas por Estados Unidos—, que han generado denuncias de limpieza étnica y la implementación de tácticas de hambruna en el territorio palestino.
Esta complacencia de Occidente ha permitido que la situación se deteriore, dejando al pueblo iraní en la encrucijada, debatiéndose entre la frustración y el deseo de cambio político, con la amarga sensación de que Occidente por el petróleo, le ha dado la espalda al pueblo iraní.
Democracia y fin de la represión
En medio de este caos regional y la inercia internacional, la voz del pueblo iraní clama por un futuro diferente. A diferencia de la narrativa oficial, que presenta una nación unida contra sus enemigos externos, la realidad interna es de profunda insatisfacción. Las protestas, como las del movimiento "Mujer, Vida, Libertad", son testimonio de un anhelo de libertad, de democracia y del fin de la represión.
Ciudadanos iraníes expresan su desconcierto y confusión ante un conflicto que no entienden, y denuncian la inacción de las autoridades para evitarlo. El deseo de un cambio político profundo es palpable, una aspiración que choca con la intransigencia del régimen, que empieza a mostrar su cara más dura internamente, aumentando el sufrimiento del pueblo iraní.
La guerra en curso, con sus consecuencias devastadoras, es percibida por muchos iraníes como ajena a sus intereses. No es su guerra, sino la de un régimen que los oprime y empobrece, enfrentado a los afanes expansionistas de Israel y el oportunismo de negocios norteamericano.
La frustración mezcla el temor a una escalada mayor con una vida cotidiana marcada por el creciente éxodo interno, el apagón de internet y una crisis de confianza interna sin precedentes. Los iranies están cansados de la corrupción interna rampante y la falta de oportunidades económicas, factores que erosionan la legitimidad del régimen. El pueblo iraní lo que hoy anhela es un futuro alejado de las ambiciones hegemónicas y las políticas represivas.
El riesgo de una transición impuesta
En este escenario de incertidumbre, es inevitable preguntarse por las posibles salidas. Una de ellas, a menudo promovida por voces externas, es una transición controlada por potencias extranjeras como Israel y Estados Unidos. Sin embargo, esta alternativa, dista mucho de ser deseable o justa para el pueblo iraní. La experiencia de Irak y Afganistán, donde intervenciones externas con falsas promesas de democracia derivaron en caos y mayor inestabilidad, es una advertencia clara.
El miedo a ser títere de potencias extranjeras es palpable entre los ciudadanos. Una transición impuesta, lejos de resolver el conflicto, lo profundizaría y sembraría las semillas de futuros resentimientos y violencia. Mucho de la radicalización nació de esas invasiones premeditadas a territorios ajenos con fines económicos. Rusia y China saben de la intención profunda de Israel y Estados Unidos, y comienzan a protestar.
El clamor popular
Una alternativa alineada con la verdadera voluntad del pueblo iraní, es una revolución interna, gestada desde la propia sociedad civil. No se trata necesariamente de una restauración monárquica o de la figura del sha Reza Pahlavi, sino de un levantamiento genuino y popular, que emane de la intención de un cambio democrático y del fin de la opresión. La sociedad civil, a través de sus protestas y su activismo, ya ha comenzado a elevar esta voz.
En lo pragmático, la vía ideal para una transición democrática interna en Irán sería un proceso gradual, impulsado por la sociedad civil y apoyado, de forma discreta y no injerencista, por la comunidad internacional. En primer lugar, la ONU debería asumir un rol relevante, logrando el cese de la intervención militar y conminando a los líderes beligerantes a detener las hostilidades.
Un reequilibrio de fuerzas en el Consejo de Seguridad podría facilitar este objetivo. Negociar con urgencia para hacer cesar la intervención militar, propiciar una apertura democrática interna y evitar la imposición de soluciones impuestas desde fuera, que suelen generar más problemas que los que resuelven.
El pueblo iraní debe ser el artífice de su propio futuro, permitiendo que su voz, que ya comienza a elevarse, sea la que dicte el rumbo de la nación hacia la reconciliación en una región que ha conocido demasiada tragedia.
Y la tragedia del pueblo iraní, atrapada entre intereses geopolíticos y la asfixiante represión interna, nos interpela directamente. ¿Permitiremos que la inercia y la conveniencia sigan dictando el destino de millones de seres humanos, o comenzaremos a asumir nuestra responsabilidad como conciencia colectiva?
James Fernández Cardozo | PhD Análisis del Discurso