martes. 18.06.2024
Diana Morant, en el acto de apertura de la campaña del PSOE ante las elecciones europeas
Diana Morant, en el acto de apertura de la campaña del PSOE ante las elecciones europeas

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Las elecciones al Parlamento Europeo (PE) están a la vista, la ciudadanía europea votará entre el 6 y el 9 de junio en los 27 Estados miembros de la Unión Europea (UE). En España, la campaña electoral acaba de comenzar y la votación será el domingo 9 de junio. De los 720 escaños a elegir, al Estado español le corresponden 61. La composición del nuevo PE contribuirá a definir el alcance y el sentido de los cambios que afectarán a las instituciones, normas y políticas comunitarias que impulsarán o trabarán la integración europea en los próximos 5 años. 

  1. Riesgos de estancamiento y decadencia de la integración europea 
  2. El peligro del avance electoral de la extrema derecha

Que las elecciones al PE sean propicias a la escenificación de las diferencias partidistas y a los ajustes de cuentas nacionales no quita ni un ápice a la importancia del resultado y de la conversación pública que pueda desencadenar la campaña electoral sobre los temas y las políticas que son competencia de las instituciones comunitarias. 

Todas las elecciones al PE celebradas en España tras su ingreso en la Comunidad Económica Europea en 1986 se han caracterizado por la falta de concreción con la que se han abordado los asuntos europeos objeto de debate. Quizás, la compleja construcción institucional de la unidad europea y el intrincado proceso de la toma de decisiones comunitarias hayan contribuido a la baja participación y al alejamiento de la ciudadanía de los debates comunitarios. 

La metamorfosis de las elecciones europeas en elecciones de carácter nacional favorece la polarización sin objeto político y sin información sobre las diferentes propuestas que se plantean

En otros tiempos, durante la lucha por la democracia y contra la dictadura franquista, la incorporación de España al proceso de unidad de la Europa democrática adquirió un carácter simbólico. Después de la adhesión, el simbolismo perduró y pudo contribuir a que la ciudadanía pasara por alto aspectos problemáticos o insuficiencias de las fórmulas y los caminos de integración que se siguieron. Más recientemente, el inesperado movimiento del presidente Sánchez, al tomarse unos días de reflexión para valorar su dimisión y poner a la opinión pública al día de sus preocupaciones sobre la calidad democrática de las disputas políticas, judiciales o mediáticas que se dan en nuestro país, también podría contribuir a que partidos y ciudadanía entiendan estas elecciones europeas como un escenario idóneo para desarrollar la enésima batalla campal sobre temas domésticos que nada tienen que ver con las competencias del PE ni con los debates que las instituciones comunitarias deben resolver. 

La metamorfosis de las elecciones europeas en elecciones de carácter nacional favorece la polarización sin objeto político y sin información sobre las diferentes propuestas que se plantean. De este modo, la ciudadanía vota a ciegas, sin conocer las cuestiones europeas a debate ni las posiciones que defenderá en el PE el partido al que respalda con su voto. Por eso hay que tratar de esclarecer el debate y exigir que los actores políticos declamen menos y argumenten y concreten más las propuestas que defienden para mejorar las políticas y las instituciones de la UE. 

Regenerar la democracia y mejorar la calidad del debate político requiere que sectores crecientes de la ciudadanía dejen de comportarse como hinchas y asuman los derechos y obligaciones que implica su condición de ciudadanos y ciudadanas libres, conscientes y responsables. 

Riesgos de estancamiento y decadencia de la integración europea 

La crisis de los modelos neoliberales de capitalismo y globalización ha producido en los últimos años crecientes tensiones geopolíticas, conflictos militares, restricciones al comercio mundial, fragmentación de los mercados globales, recomposiciones regionales de las cadenas de valor, repliegues nacionalistas excluyentes y distanciamiento con los valores democráticos y los derechos humanos. Gobernar los impactos de ese desorden mundial sobre la UE requiere de instituciones comunitarias capaces de desarrollar una acción política común, disponer de la financiación necesaria para impulsar las transformaciones estructurales en curso y contar con mecanismos democráticos eficaces de mediación y consenso.  

En esta transición crítica hacia el futuro, la integración europea puede quedar estancada en su estadio actual: un mercado único inacabado y una unión monetaria que no cuenta con un presupuesto común de suficiente envergadura ni de un Tesoro público o suficiente coordinación fiscal para promover la integración económica e impedir divergencias productivas que acaben plasmándose en desigualdades crecientes de renta entre Estados miembros y entre sectores sociales de cada Estado miembro. Superar el estancamiento de la integración europea, afrontar las insuficiencias y debilidades institucionales de la UE y contar con mecanismos flexibles y fiables de una gobernanza comunitaria eficaz sometida a controles democráticos son grandes retos a los que los partidos políticos deberían sentirse obligados a ofrecer respuestas. 

Gobernar los impactos de ese desorden mundial sobre la UE requiere de instituciones comunitarias capaces de desarrollar una acción política común

Sin avances en la calidad de las instituciones y las políticas comunitarias, el bloqueo de la inacabada integración europea actual acabará deteriorando el proyecto de unidad europea y facilitando la tarea de los populismos de extrema derecha que contraponen intereses nacionales a derechos humanos, soberanía nacional a soberanías compartidas y eficacia económica a democracia. Sin más y mejor integración europea no se podrán llevar a cabo las tareas que supone la imprescindible transición energética o una transformación digital asociada a procesos de reindustrialización y modernización de estructuras y especializaciones productivas. 

La UE está abordando un largo y complejo proceso de cambios productivos que provocará la desaparición de capital obsoleto y de las tecnologías, cualificaciones laborales, empleos y tejido empresarial asociados al capital productivo que tendrá que amortizarse de forma acelerada y, al tiempo, la implantación y desarrollo de nuevas especializaciones y capacidades productivas adaptadas a las exigencias de la nueva revolución industrial y tecnológica en curso. Tal convulsión productiva no podrá gobernarse sin reforzar los bienes públicos y las políticas de cohesión económica, social y territorial que permitan proteger a los sectores y territorios más perjudicados por los necesarios cambios. 

Sin el impulso de la integración europea, el camino de la extrema derecha hacia la fragmentación y el debilitamiento de la UE quedaría despejado y la improductiva pugna que plantea la derecha euroescéptica y neosoberanista, con su pretensión de recuperar para los Estados miembros buena parte de las competencias cedidas o compartidas con las instituciones comunitarias, bloquearía cualquier acción política común. Sin más y mejor integración europea, la decadencia del proyecto de unidad europea está asegurado. 

Sin avances en la calidad de las instituciones y las políticas comunitarias, el bloqueo de la inacabada integración europea actual acabará deteriorando el proyecto de unidad europea

Está en las manos, la inteligencia y el voto de la ciudadanía que la UE avance en su integración o se estanque e inicie un largo proceso de decadencia que acabaría afectando muy negativamente a todos los Estados miembros, a toda la ciudadanía europea y a los principios y valores democráticos, bienestar social, cohesión y convivencia pacífica asociados a los procesos de unidad europea. 

El peligro del avance electoral de la extrema derecha

En estas elecciones europeas ya podemos dar por descontado el avance electoral de la extrema derecha, pero no hay que magnificar los riesgos que conlleva ni convertir su amenaza en el centro de la campaña electoral. 

En primer lugar, porque aún se está a tiempo de minimizar el ascenso electoral ultraderechista. La gran cuestión es si para lograrlo basta con señalar con el dedo la llegada de los bárbaros o hay que concretar qué políticas pueden pararles los pies, servir de punto de encuentro entre las grandes corrientes políticas democráticas y europeístas y despertar los apoyos de la mayoría social. No basta con señalar la amenaza cierta que supone el avance de la extrema derecha, como tampoco vale de nada no darse por enterados de los peligros que implica su avance.  

En segundo lugar, porque no todos ni los principales obstáculos a la integración europea provienen hoy de una extrema derecha que ya emergió como un fenómeno de envergadura en las anteriores elecciones europeas de 2019. De hecho, en la legislatura que acaba, la extrema derecha ya se habría convertido en la segunda fuerza política del PE, sólo por detrás de la derecha del Partido Popular Europeo (177 escaños) y a la par de la socialdemocracia (139), si hubiera agrupado a la ultraderecha dividida entre los grupos de ‘Conservadores y Reformistas’ (68), ‘Identidad y Democracia’ (59) y algunos diputados no inscritos, como los del Fidesz húngaro y otros. 

Las extremas derechas europeas están en condiciones de obstaculizar y retrasar la integración europea o, incluso, revertirla en algunos terrenos, pero no de impedirla, porque no ofrecen un proyecto alternativo de unidad europea. Comparten marcadores lingüísticos y un trasfondo común de obsesiones ideológicas reaccionarias contra inmigrantes, derechos de las mujeres o libertades sexuales, pero sus objetivos gravitan en torno a la recuperación para los Estados miembros de buena parte de las competencias cedidas a la UE y en propugnar un neosoberanismo imposible sustentado en nacionalismos excluyentes. 

Sin el impulso de la integración europea, el camino de la extrema derecha hacia la fragmentación y el debilitamiento de la UE quedaría despejado

El futuro de la integración europea se juega mucho más en la capacidad de concertar la acción de un amplio abanico de fuerzas políticas, sociales y culturales tras propuestas viables de integración que permitan atender las necesidades de la ciudadanía y dar respuestas a los desafíos que plantea nuestro tiempo. Y esa capacidad depende más de cómo resuelva la derecha europea del PPE su desencuentro interno sobre las relaciones con la extrema derecha que del mayor o menor crecimiento de los votos de la ultraderecha, aunque haya relación entre los dos factores y de ambos con el movimiento real de la ciudadanía en su búsqueda de más seguridad, protección, derechos, oportunidades y bienestar. 

Si la defensa del proyecto de unidad europea y de una mayor integración europea queda en las manos exclusivas de las fuerzas progresistas y de izquierdas o, visto desde el otro lado, si la derecha europeísta se ata a los planes reaccionarios de la extrema derecha, Europa entraría en una larga y oscura etapa de estancamiento y decadencia económica, proliferación de nacionalismos excluyentes, polarización política y crispación social.

En la próxima entrega de este análisis del momento electoral crucial para el futuro de la integración o la decadencia de la UE me detendré en señalar algunos de los principales asuntos comunitarios que siguen pendientes de un tratamiento y solución adecuados. Temas e interrogantes que merecerían formar parte de los debates de esta campaña electoral europea. Las respuestas no están en esta ocasión en el viento, que sopla en otra dirección y lleva más ruido que contestaciones.

Un momento crucial para el futuro de Europa