viernes 22.11.2019

Macron hace lo más difícil

(Foto: Instragram)
(Foto: Instragram)

Macron gozará durante un tiempo del rédito de haber logrado la meritoria tarea de llegar a lo más alto sin el respaldo inicial de las grandes maquinarias partidarias

Emmanuel Macron y Marine Le Pen competirán por la presidencia de Francia. Pero estamos ante un duelo prácticamente decidido de antemano. El candidato centrista tiene el triunfo en sus manos. Sólo un cataclismo difícil ahora de anticipar o errores muy groseros pueden apartarle del Eliseo. La ronda decisiva para el futuro inmediato de Francia no será la del 7 de mayo, sino el 11 y 18 de junio, cuando se celebren las elecciones legislativas.

EL APARENTE DUELO DE MAYO

Macron obtuvo el 23,9%, un resultado por encima de las expectativas próximas al final de campaña, en sintonía con lo que se le atribuía durante las semanas anteriores. Es evidente que parte del electorado socialista no ha esperado a la segunda vuelta para otorgarle la confianza. El apoyo explícito recibido por ciertos dirigentes del PSF y del actual gobierno han condenado a la irrelevancia al propio candidato socialista.

Marine Le Pen se atasca una vez más. No hay que minusvalorar sus resultados. Ha superado en cuatro puntos sus registros de hace cinco años, pero una vez más se pone de manifiesto que su base es tan firme como resistente su techo. El gran reto para la presidenta del Frente Nacional era haberse cobrado la victoria psicológica de quedar en cabeza este 23 de abril. No lo ha conseguido. Cada vez que Le Pen despunta, se dispara la reacción en su contra.

Ésta es precisamente la clave del sistema electoral francés: la consecución del voto ajeno y la gestión del rechazo. Y, en ese campo, Macron lleva una ventaja abrumadora a Le Pen. Insuperable. Según el instituto de sondeos de la Facultad de Ciencias políticas de París, Macron ha sido, consistentemente, la segunda opción preferente de la mayoría abrumadora de los electores: optaban por apoyarlo el 35% de los votantes de Hamon, el 53% de los de Fillon y el 30% de los de Melenchon. Aunque no tuviera el respaldo de los seguidores de la izquierda insumisa, podría alzarse con la presidencia.

Le Pen, en cambio, sólo contaría, en el mejor de los casos, con el 21% de los votantes de los que ahora han apoyado a Fillon y los pocos que pueden proceder de la inicial preferencia por los candidatos marginales de la derecha eurófoba. Insuficiente a todas luces para alcanza la horquilla de 18-22 millones (según la abstención) que necesita para ganar en la segunda vuelta.

LOS PERDEDORES

Los dos candidatos que contaban con posibilidades de pasar el corte que finalmente se quedan fuera han quedado casi empatados: apenas medio punto entre Fillon y Melenchon. El líder conservador se ha convertido en una figura trágica de la política francesa. Sostuvo la presidencia de Sarkozy, dando seriedad y rigor a un mandato errático y dominado por los escándalos de corrupción y las contradicciones políticas. Fillon parecía libre de esa plaga y, en cambio, ha terminado destruido por ella. Tenía mucha razón la noche del 23 de abril al comentar que la derrota histórica del gaullismo histórico era una derrota personal.

Melenchon puede estar razonablemente satisfecho. Hace unos meses nadie le hubiera otorgado estos resultados. Las expectativas algo infladas de los últimos días habían hecho a sus seguidores concebir esperanzas de un resultado aún mejor. Pero a Melenchon le pasa, en cierto modo, lo que a Le Pen: tiene un techo de acero. Más allá de erosionar el electorado del PSF y conquistar el abstencionismo juvenil, su margen de crecimiento es limitado. El voto obrero está, hoy por hoy, derivado al nacional-populismo del Frente Nacional.

El gran perdedor de las elecciones ha sido el PSF. En realidad, los socialistas no fueron derrotados ayer, con ese escuálido registro apenas del 7% obtenido por Benoît Hamon. La derrota socialista se ha incubado durante el quinquenato de Hollande. A fuego lento. La escasa consistencia del liderazgo presidencial, la torpeza en la gestión de los asuntos claves del mandato (políticas frente a la crisis, lucha contra el paro, inmigración, identidad o terrorismo) han hipotecado, quién sabe por cuánto tiempo, a los socialistas. Por no hablar de la tradición cainita del partido. El abandono de su propio candidato por parte de pesos pesados (y livianos) del PSF y del gobierno ha sido el corolario definitivo de un periodo lamentable del socialismo francés.

¿QUÉ CABE ESPERAR DE MACRON?

Asumiendo que, salvo cataclismo, Macron será presidente, ¿qué debemos esperar? Como alguien ha dicho, una especie de Giscard 2.0. Pero los años setenta ha quedado muy atrás. Lo previsible es un mandato moderado, de compromiso, de ambigüedad, de afirmación del modelo social, que puede resumirse en los siguientes presupuestos: fiscalidad favorable a las empresas, reducción del déficit, descarga del sector público, construcción europea sin erosionar más competencias nacionales, garantía de protección social pero revisada y controlada, nuevos logros en materia de derechos individuales, ambiguas invocaciones de renovación política, equilibrio en el discurso entre seguridad y libertad y defensa de los valores republicanos para afrontar la patata caliente de la inmigración sin tentaciones xenófobas pero con más firmeza de la proclamada por la izquierda.

Macron gozará durante un tiempo del rédito de haber logrado la meritoria tarea de llegar a lo más alto sin el respaldo inicial de las grandes maquinarias partidarias. Eso, que parecía tan difícil de conseguir, ha sido, en cambio, la palanca más decisiva. La clave del ascenso de Macron ha sido justamente presentarse con claridad como la superación del actual esquema político. Y, sin embargo, ahora va a necesitar a los viejos partidos, incluso al más erosionado por la crisis, para poder gobernar.

Por supuesto, Macron aspira a consolidar su nuevo partido, ¡En Marcha! Pero las elecciones legislativas que deben proporcionarle un sustento imprescindible en la Asamblea Nacional y un gobierno estable son en junio. Por mucho efecto positivo que arrastre su presumible victoria en mayo, tendrá que cortejar a conciencia a las mismas grandes formaciones lesionadas por su ascenso.

El apoyo más claro de Macron proviene de la dispersa cantera del centrismo, que François Bayrou, el eterno segundón de la política francesa, sólo congrega parcialmente. Macron deberá contar con buena parte de los social-liberales del PSF. El dilema socialista es pavoroso. Si hay una transferencia masiva de dirigencia y militancia hacia el macronismo, el porvenir del partido puede quedar definitivamente condenado.  La alternativa, un apoyo crítico de la derecha, puede tener un alto precio para Macron. Pero Los Republicanos también se enfrentan a una disyuntiva delicada:  mantener vivas sus opciones de regresar al poder sin pactar ni acercarse a la oposición dura que se espera del Frente Nacional.

Macron hace lo más difícil
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