El turismo como hecho social total

Por José Mansilla | El turismo es un fenómeno altamente complejo.

Foto: José Mansilla | Las Festes de Gràcia de Maó, Menorca
Foto: José Mansilla | Las Festes de Gràcia de Maó, Menorca

El turismo es un hecho social total en cuanto que como acción humana de índole colectiva acoge en su seno un conjunto de prácticas de carácter amplio que nos obligan a realizar un esfuerzo por comprender su naturaleza holística

El turismo es un fenómeno altamente complejo. Hasta aquí nada nuevo, como actividad productiva engloba una cantidad ingente de actores y procesos: clientes y/o turistas, empresas y empresarios, trabajadores, intermediarios, leyes y normativas, tecnología, territorio, recursos, etc. Todos ellos conforman un entramado, a veces altamente difuso, que se ha convertido, hoy en día, en una de las principales industrias a nivel global. 

Desde su inicio, las ciencias de lo humano se han interesado por los fenómenos sociales, tratando de vincular actos aparentemente individuales con aquellas regularidades o pautas que subyacen a los comportamientos y a las relaciones que se establecen entre las personas. Así, la vida social humana está repleta de los conocidos como hechos sociales totales, esto es, aquellos que “expresan, a la vez y de golpe todo tipo de instituciones: religiosas, jurídicas, morales -en estas tanto las políticas como las familiares- y económicas, las cuales adoptan formas especiales de producción y consumo, o mejor de prestación y de distribución, y a las cuales hay que añadir los fenómenos estéticos a que estos hechos dan lugar, así como los fenómenos morfológicos que éstas instituciones producen”, en palabras de Marcel Mauss.

Y eso es el turismo, un hecho social total en cuanto que como acción humana de índole colectiva acoge en su seno un conjunto de prácticas de carácter amplio que nos obligan, a la hora de analizarlo correctamente, a realizar un esfuerzo por comprender su naturaleza holística. 

De esta forma, y a modo de ejemplo, cuando un antiguo mercado de abastos del centro de cualquier ciudad deviene una atracción turística, no solo hay que observar y analizar las consecuencias que esta acción tiene para el balance de pagos de las empresas locales vinculadas, sino que hay que tener en consideración, además, los efectos sobre el consumo del entramado social de la zona, los cambios estéticos que se generan, muchas veces dirigidos a la población transeúnte que supone el turista, las modificaciones regulatorias a las que, en ocasiones, se ven empujadas las administraciones competentes, las nuevas luchas partidistas, las trasformaciones en el comportamiento de las familias, al ver alterados sus pautas de abastecimiento cotidiano, y otras tantas variables.

O, cuando una fiesta popular comienza a aparecer en los folletos de las agencias de promoción turística y escapa de las manos de su público objetivo tradicional, esto es, la comunidad local, no solo estamos poniendo en valor un recurso de los denominados infrautilizados, sino que se está jugando, también, con las dinámicas tradicionales de renovación de la identidad local, con las prácticas religiosas individuales y colectivas, la renovación de la promesa de solidaridad social que suponen, etc.

En definitiva, el turismo es un fenómeno que lleva incrustado una maraña de instituciones y prácticas sociales que, como un gigantesco mecano, ven su estructura alterada, sus acciones y relaciones humanas modificadas, cuando entra, en mayor o menor medida, en juego. Esto no tiene porqué ser inicialmente negativo ni positivo, los cambios son inherentes a la sociedad y de ello somos testigos con solo echar la vista atrás. Pero cualquier transformación tiene sus consecuencias y eso es algo que nunca debemos olvidar.


José Mansilla | Investigador OACU | IDITUR-Ostelea