martes. 28.05.2024

Se acariciaba la barba entrecana, se incorporaba un trago de ron entre pecho y espalda, y recitaba luego alguna de sus frases predilectas. La noche no es nada hasta que alguien se atreve a quitarle las ropas y a hacer el amor con ella; de allí nacen las maravillas que el día se encargará de corromper y mutilar con deberes y obligaciones. "Miraba justo a la luna cuando recibí la primera multa", decía Jaume señalando al firmamento. "Un papelito con membrete del Ayuntamiento y una cifra que no llegué a leer  porque un apuro gastroenterítico me obligó a darle una finalidad más práctica", contaba sonriendo aquel viejo catalán y desdentado que había elegido la vagancia como oficio y la intemperie como hogar, quizás por no querer reconocer la paternidad de esa maravilla que el día aniquila sin piedad. Arrastraba un carrito del Lidl, iba del Monumento a Colón a la fuente de Canaletas y solía aparecer en la tele inmerso en la marea azul granate, siempre y cuando el Barca festejara campeonato. "Eso es todo lo que hago. Mi holgazanería no me deja tiempo libre para nada", decía citando vaya el diablo a saber a quién.

Pero lo suyo era pura mueca, una simple impostura mediante la cual se escaqueaba de su pasado de hombre de bien, correcto y disciplinado que de 8 a 18 se dejaba las vértebras en la fábrica textil que tras años de liderazgo en su rubro un día de abril dijo adiós, cerró sus puertas y le envió luego un talón de cobro que le alcanzó para dos largos inviernos y ninguna primavera.  "Desde los 24 a los 49". Veinticinco años dedicados a la lana que por aquellos días de nuestro encuentro en el barrio gótico le servía aún de abrigo en forma de jersey, aunque los avatares del tiempo -al igual que lo había hecho con él-  le hubieran llenado el alma de pelusas.

El papelito con membrete al que Jaume se refería en nuestra entrevista a pie de calle, era la multa que el Ayuntamiento de Barcelona le habia hecho llegar por pernoctar en la vía pública; una falta a la que -no importa por qué razón- un buen número de seres humanos se ven en la obligación de cometer debido a ese otro delito denominado pobreza en el que más de uno incurre cada día de su vida. La ordenanza de civismo de Barcelona, que entró en vigor en 2006, prevé multas de hasta 500 euros por dormir en la vía pública. Pero la normativa recoge también que "en ningún caso se impondrá la sanción a personas en riesgo de exclusión social". Sin embargo, y mientras que el Ayuntamiento negaba que se estuviese multando a indigentes por este motivo, las estadísticas evidenciaban todo lo contrario. “¿Tu crees que voy a pagar 180 euros de multa cada vez que duermo en la calle?”, me preguntaba Jaume frunciendo el entrecejo. "Por mi que les den, que yo con los papelitos me limpio el culo". Atesoraba este catalán hasta 25 sanciones en sus dos lustros de intemperie, mientras que su colega, Miquel, había perdido ya la cuenta de las denuncias que la Guardia Urbana le había entregado en los veinte años de obligada vagancia. "Se nos multa por no tener dinero. ¿No es absurdo?", decían a dúo, desvistiendo a una nueva noche.

Recordaba todo esto ayer mientras visitaba una zona de la costa argentina. "Aquí había un medano extenso y un parque en el que jugaban los niños". El pibe que acompañaba mi recorrido me ponía al corriente de los cambios. "Ves..." me decía señalando el cartel que rezaba Propiedad Privada, Zona Vigilada. "Ahora todo esto ya no es de la gente de la ciudad, sino de un sólo tipo con mucha plata". El lector menos avispado podría preguntarse en este punto cuál es la relación entre las sanciones por dormir al raso y esto otro que cuento acerca de un espacio que dejó de ser público sólo porque a un individuo adinerado se le ocurrió hacerlo propio. Puede que si le busca la vuelta logre encontrar los paralelismos que yo he encontrado; porque si hila fino podrá advertir que la finalidad de la sanción que se les pretende hacer pagar a quienes carecen de techo, es, en realidad, el castigo con el que este singular sistema pretende amadrentar a los nadies, a los pobres tipos que poco y nada importan porque poco y nada tienen. "Nos multan por no tener dinero", me había dicho Jaume.

De modo que si de eso se trata, de tener o no tener, bien cabría preguntarse si este delito, el de no tener, representa acaso mayor amenaza que el de tener. Y si no venga a ver lo que ha hecho este tipo por el simple hecho de tener; o vea mejor (y sin salir de casa) lo que quienes tienen han hecho con el litoral andaluz y otros litorales que sólo son reconocibles en antiguas y amarillentas fotografías. Sería bueno que las multas llegasen a quienes tienen que llegar. Déje usted tranquilos -sistema ingrato de prostituta justicia- a esos hijos ilegítimos suyos a los que denomina "sin techo". Y ocúpese de algunos "con techo" a los que no sólo no sanciona sino que de tanto en tanto premia. Deje en paz a tipos como Jaume que con sus multas harán lo mismo que cualquiera, con un poco de sentido común y otro poco de apuro gastroenterítico, no debería dejar de hacer.

Tener o no tener, esa es la cuestión