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domingo. 26.06.2022

Hasta el reciente episodio de Chipre, que añade un nuevo elemento de inestabilidad y que no sabemos cómo terminará, la euro área parecía haber superado los riesgos de desintegración. Gracias a los “guns of august” del señor Draghi del verano pasado parecía que la zona euro había superado la fase aguda de su crisis.

Pero estamos instalados en una crisis crónica y duradera de débil crecimiento, paro y recesión en los países del Sur (Sur en el sentido amplio, porque también afecta a Francia y al Reino Unido) y altos riesgos de fractura social. Aunque el euro parecía salvado, al menos antes del nuevo episodio de la crisis chipriota, lo que está en peligro es el propio proyecto europeo. Como se dice en Bruselas, hemos quizá salvado el euro a costa de sacrificar Europa. La crisis ya no es financiera ni fiscal ni económica, es una crisis política.

Las elecciones italianas y la situación de paro y recesión en España y Grecia muestran la fractura social y los riesgos para el euro siguen siendo altos. Mientras no se cree una verdadera solidaridad política (lo que implica crear un cierto grado de mutualización de Deudas) y se recupere el crecimiento mediante políticas que estabilicen el ciclo económico la unión monetaria no será creíble ni estable.

Los pecados originales del euro son bien conocidos. La crisis los ha puesto de relieve y no han sido corregidos.

El primero fue intentar crear una moneda sin política, sometida solo a reglas predeterminadas e inamovibles. Pero vivimos en un mundo estocástico y ninguna regla puede prever la magnitud de los choques a los que habrá que hacer frente.

Al desaparecer el riesgo de cambio, y bajar los tipos de interés reales en algunos países, el euro ha permitido endeudamientos insostenibles que no se han utilizado para potenciar las inversiones productivas, sino la especulación inmobiliaria y la hipertrofia bancaria.

No se previeron políticas económicas de acompañamiento a la moneda común. Se definió con precisión el papel del BCE, por lo que debía hacer y lo que no podía hacer. Pero se supuso que por alguna virtud automática, o casi milagrosa, el euro haría converger las economías europeas. Lo contario se ha producido, los modelos económicos han divergido, algunos países han desarrollado grandes excedentes comerciales, otros se han hundido en los déficits.

Estos desequilibrios también existen dentro de un país. Pero las diferencias de estructura y competitividad se compensan con trasferencias políticamente aceptadas, con más o menos dificultad, que mantienen la cohesión. Pero la zona euro no ha tenido ni políticas industriales a escala europea ni sistemas de trasferencia organizadas entre países.

Se hubiera debido al menos articular las políticas macroeconómicas nacionales de forma cooperativa, e impulsar el crecimiento a la escala de la zona euro mediante una política de inversiones a largo plazo. Pero el presupuesto comunitario se ha quedado reducido, o incluso disminuido en el 1 % del PIB.

Las políticas nacionales adoptadas desde el final de los años 90 del siglo pasado han aumentado las divergencias. España ha favorecido su burbuja inmobiliaria mediante legislaciones urbanistas laxistas e incentivos fiscales. Como teníamos superávit fiscal nadie advirtió que el modelo era insostenible. Pero no todos los problemas son fiscales como cree el diagnostico, equivocado, de la crisis. Grecia era un problema fiscal. España e Irlanda no lo eran. Por eso una terapia basada en la reducción drástica y rápida del déficit, considerado la causa de todos los males, actuando a contracorriente del ciclo económico, no ha hecho sino agravar la crisis.

Alemania ha aumentado su competitividad a la exportación, no solo por la moderación salarial, la innovación y la calidad tecnológica, sino también bajando las cargas sociales y aumentando el Iva, una política no cooperativa que equivale a una devaluación competitiva en el interior de la zona euro .

La falta de una mínima política común en materia de fiscalidad esta haciendo estragos y creando problemas sistémicos de efecto retardado. Irlanda, con su tipo bajo de sociedades, drena recursos fiscales a los demás, incluso sin necesidad de desplazamiento de actividad gracias al ‘profit shifting’. Ahora resulta que Chipre practica un ‘dumping’ fiscal peor que el irlandés, con un tipo de sociedades todavía más bajo. Los impuestos que no pagaban las empresas y los beneficios deslocalizados acaban teniendo que ser pagados de forma brusca por las cuentas corrientes, creando una nueva amenaza de desestabilización para la eurozona.

¿Hasta cuándo vamos a mantener la ficción de que es posible una zona euro integrada monetaria y económicamente con estas enormes distorsiones fiscales? No solo son injustas, con el tiempo acaban siendo desestabilizantes.

Tampoco hemos querido tener una política de cambio. Todo el mundo la tiene y el Presidente Hollande la ha reclamado recientemente en Estrasburgo .

El sistema financiero no ha sido regulado de acuerdo con lo que implica una zona monetaria supranacional. Los europeos nos hemos creído el dogma de que los mercados asignan óptimamente los recursos. Todavía me acuerdo del Comisario Mc Greevy, irlandés por cierto, argumentando en el Parlamento Europeo, cuando la crisis ya había explotado, que no había que regular el sistema financiero.

No voy a insistir sobre otros defectos del euro de sobra conocidos, como la falta de un prestamista de última instancia, el papel limitado del BCE, la falta de mecanismos de gestión de crisis y de ayuda a un Estado en dificultad que se han tenido que improvisar en medio de la tormenta.

Pero todas las contradicciones, discrepancias y retrasos en actuar (que se siguen manifestando de forma increíblemente torpe en el caso de Chipre) han hecho que la crisis ‘EN’ Europa se haya convertido en una crisis ‘DE’ Europa.

Pero el mayor problema del euro es el intento de resolver la crisis exclusivamente mediante políticas de austeridad y de devaluación interna en los países del Sur. Un reequilibrio de la eurozona basado solo en ajustes deflacionistas en el Sur sin una contribución expansionista en los países excedentarios del norte no es socialmente posible.

Excesiva austeridad y deflación, con elevados niveles de desempleo, crecimientos negativos y sequia de crédito harán imposibles aplicar las reformas necesarias para restaurar la competitividad de los países del Sur. Si los países excedentarios siguen aplicando políticas restrictivas y los crecimientos salariales de los años 2000 2010, los ajustes de competitividad internos de la eurozona exigirán niveles de “devaluación interna” en el Sur que serán económicamente contraproductivos y política y socialmente imposibles. Las opiniones públicas están a punto de volverse definitivamente antieuropeas.

Si no se restaura rápidamente el crecimiento no hay esperanza para la estabilidad de la eurozona. Hay que romper el tabú de que las políticas de demanda son intrínsecamente malas. Hay que buscar maneras de impulsar la demanda al tiempo que se mantiene una trayectoria creíble de estabilización fiscal (relajar las reglas de cofinanciación de los proyectos europeos, o excluir las inversiones del déficit público para aumentar la calidad del ajuste fiscal). Las reformas estructurales son contractivas en el corto plazo, porque aumentan la incertidumbre y disminuyen la renta, lo que reduce la demanda. Para que tengan éxito tienen que acompañarse de políticas de expansión de la demanda. Si además no se puede recurrir a utilizar el tipo de cambio para aumentar la demanda externa, se genera un ciclo vicioso recesivo como está ocurriendo en España, donde la situación es realmente explosiva.

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Salvar el euro destruyendo Europa