martes. 23.07.2024

Si Arriola sobrevive junto a todas las cúpulas del PP, y según parece percibe por su asesoría unas espléndidas retribuciones ahora bajo la sombra de la sospecha algún parte de ellas, no sería inteligente menospreciar sus capacidades ni sacar a relucir sus vínculos familiares de sobra conocidos. Arriola es un experto que, como todos, comete errores pero puede exhibir también aciertos. Parece ser que él es el autor de la estrategia de los silencios y ausencias de Mariano Rajoy. Sabedor de la falta de carisma del líder y analista de todas las encuestas, sobre todo de las que se usan internamente y se guardan en los cajones para no ser publicadas, cuentan que a él se debe la recomendación de mantener un nivel bajo y dejar que la crisis económica apunte cualquier mejoría para magnificar los datos y apuntarlos en el haber del Gobierno. Por eso es tan importante el manejo del calendario. Por eso, me cuentan, Rajoy ha aguantado el chaparrón de las críticas a su ausencia parlamentaria para afrontar el escándalo de la corrupción que, mediáticamente, han intentado acotar como “caso Bárcenas”.

Lo que ni Arriola ni nadie puede conseguir es poner una puerta al campo. Por mucha mayoría absoluta de que se disfrute, resultaba prácticamente imposible y democráticamente inaceptable rehuir ese debate. No se puede actuar contra la totalidad de las fuerzas de la oposición, enfrentarse a los medios de comunicación más influyentes -alguno de la propia cuerda- y, sobre todo, afrontar la censura de las publicaciones más influyentes en los mercados internacionales. El editorial de “Financial Times”, como ya dijimos en su momento, ha roto la estrategia inicialmente diseñada. Rajoy está siendo visto ya como un gobernante sin futuro. Y no es desdeñable que en Alemania ensalcen las cualidades de Soraya Sáenz de Santamaría.

Aunque la moción de censura esgrimida por Alfredo Pérez Rubalcaba como la bala de plata para torcer la voluntad ausente de Mariano Rajoy no tuviera todas las connotaciones marcadas por el actual reglamento de las Cortes, es evidente que sí ha supuesto ya un revulsivo. Basta imaginar los grandes titulares: “El presidente del Gobierno español sometido a una moción de censura bajo la acusación de ser un corrupto”. Eso no lo hubiera aliviado ni todo lo que quede del equipo de la Marca España. Entonces, haciendo de la necesidad virtud, el equipo de Moncloa da el paso hacia adelante y solicita una comparecencia diseñada para que la corrupción sea un ingrediente más de una especie de balance de fin de curso donde se mezcle a Bárcenas con las exportaciones, la EPA y el turismo.

Naturalmente, como algunos partidos no están dispuestos a interpretar ese guión y parece que les da vergüenza ordenar a TVE que ese día emitan documentales -¡quién sabe todavía!- el mago Arriola ha puesto la cruz en el calendario para distraer al máximo la atención del respetable. El grandioso debate será el 1 de Agosto con media España de viaje. Con las tertulias políticas a medio gas. Ellos, el Gobierno y el PP, no pueden hacer más por devaluar la cita parlamentaria. En manos de la oposición queda la responsabilidad de sacudir las conciencias, despertar al país, y despertar entusiasmo en las gradas. Ninguna oportunidad puede tomarse como un mero trámite. Lo acabamos de ver en Mérida. Los espectadores del Teatro Romano se pusieron la túnica y, con el dedo hacia abajo, reprobaron entre clamorosos silbidos y abucheos al ministro Wert. Y eso que habían ido allí para disfrutar en silencio con un clásico. La oposición en el Parlamento tiene además su propio texto.

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Rajoy y Arriola devalúan el debate