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jueves. 30.06.2022

La mayoría de los lectores, si hubiera alguno, habrán disfrutado de alguno o de todos los films de Mario Moreno, Cantinflas, un actor y director cinematográfico mejicano que hizo durantes años las delicias del público infantil (en edad o en desarrollo intelectual) del franquismo. El hombre llegó a trabajar para Hollywood en “La vuelta al mundo en ochenta días” acompañando al inmenso David Niven en el papel de Passapartout, un inefable ayuda de cámara verniano. Cantinflas fue un actor innovador que introdujo el diálogo del absurdo y la filosofía vital del pueblo bajo mejicano en la comicidad brutal de raíces marxianas, además de anticipar en más de cuarenta años la vigente moda de los pantalones a la altura del bajo vientre. Eso si, con la delicadeza de acompañarlos con una camiseta suficientemente larga como para no ver, ni siquiera entrever, zonas corporales delicadas y agrestes.

Dado por hecho que afloran sus recuerdos de las tardes de domingo de cine con Cantinflas torero, bombero o policía, exijan también a su memoria un repaso de la incongruente confluencia de imagen y dialogo de sus films. Cantinflas fue actor del cine sonoro, absolutamente imprescindible para el personaje, pero utilizó algo más que el distanciamiento entre imagen y sonido, puesto que los contraponía en un espectáculo cómico enormemente parecido a los discursos, proclamas, presupuestos, etc. que nuestros impresentables gobernantes están practicando hoy en día. Cantinflas mantenía una pugna constante contra la realidad externa a su propia comprensión de las circunstancias, de modo que como bombero podía justificar un incendio provocado o como policía defender a un pobre y vulgar ladrón de gallinas y lo hacia en un lenguaje que era un galimatías de verbos, nombres y adjetivos ordenados según su santa intuición, pero sin ligamen gramatical o lógico posible. Con todo, el actor se hacía entender de maravilla y siempre terminaba por germinar la victoria del humilde sobre el todopoderoso. En eso, si que se equivocó. Al menos visto desde esta primavera del 2012.

En eses sentido ahora estamos viviendo la semana grande del gobierno Rajoy, una semana en la cual están quedando en evidencia las enormes incapacidades tanto del presidente federal, como del gobierno en conjunto (si tal existiera) y del propio partido que lo sostiene. Lo vivimos como en un film de Cantinflas, en donde se dice que los mercados van a tranquilizarse con las medidas adoptadas, la realidad muestra todo lo contrario. En donde se dice que la justicia fiscal va a prevalecer, se ve un indulto sangriento a los defraudadores, en donde se afirma que se va a perseguir el fraude fiscal se observa una reducción de los recursos para ello. Y así casi todo. Se dice, se habla al margen de la realidad, como si el gobierno viviera en un mundo distinto al que los ciudadanos recorren cada día. No es que el gobierno mienta, seguro que si, sino que es capaz de integrar en un solo discurso la tesis y la antitesis, sin crear de ningún modo la síntesis.

Si los famosos cien días fuesen seguidos por nuevas elecciones es bien seguro que los diputados de la derecha serian ahora menos de los que son. En primer lugar han errado en la estrategia general al declarar que la crisis es el acabose sin aliento alguno de esperanza futura, han errado en plantear un órdago a la UE sobre la reducción del déficit (el objetivo es adecuado, la estrategia para conseguirlo una chapuza), han errado en cuanto a la respuesta popular a la convocatoria de huelga, están errando al elaborar unos presupuestos sin aspiración ninguna, excepto, claro está, cumplir las órdenes recibidas de quien gobierna en realidad el país, el dúo de la bencina conocido por Merkozy. A los errores apuntados se le añade la evidente muestra de que el gobierno cumple con las deudas respecto a los evasores fiscales, respecto a la banca, respecto a los monopolios de servicios públicos, autopistas, energía, etc. En un afán de cumplir la parte de programa que siempre se oculta. Pero el error mayúsculo es la continuidad, tal como erró Zapatero, en no convocar al conjunto de la ciudadanía, de los partidos, de las instituciones sociales, etc. a un gran acuerdo para definir el futuro del país y el camino para alcanzarlo. Único modo, para mí, de enfocar la crisis y acumular fuerza y legitimidad frente a los enemigos exteriores, los mercados financieros y la hegemonía alemana.

En una crisis como la que estamos instalados y el poco margen de maniobra que los piratas financieros y la mal llamada UE dejan, es imposible que un gobierno monocolor, incluso con mayoría absoluta, pueda remontar los 5 millones de parados a base de crear un nuevo millón de personas desesperadas. Ahí hay alguna cosa que cruje en la base estructural del pensamiento gubernamental en Europa. La crisis social no es el modo de reparar el estado financiero y los desmanes de inmobiliarios y banqueros. Siempre hay que pagar un precio desorbitado a tal estrategia, la historia del último siglo en Europa lo confirma.

Mi recomendación urbi et orbi es que vayan a las procesiones, católicas, laicas o las que fueran para tranquilizar a los dioses (mayores o menores) y hacer que se ocupen un tanto de estos que estamos en un extraño peregrinaje terreno.

Este gobierno ‘cantinflas’
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