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miércoles. 17.08.2022
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Beneixida

Votar en un pueblo pequeño, poco tiene que ver con hacerlo en una gran ciudad. En cierto modo, los municipios inferiores a cinco mil habitantes, y aun más los que no alcanzan el millar de empadronados, la tradición familiar es un factor influyente para decidir que papeleta elegir el día de las votaciones. Todavía es frecuente en estos medios que las familias rojas y las de derechas estén bien identificadas, y suele ser improbable que un joven nacido en una de estas familias cruce la línea que separa la ideología de sus ancestros para votar a los contrarios.

Viene todo esto a colación porque ayer, a tres días de las elecciones autonómicas y europeas, acudí como invitado a la presentación de la lista electoral del PSOE de Beneixida, un pequeño pueblo de la Ribera Alta valenciana, y me encontré con el regalo sorpresa de recibir una lección de buen hacer democrático, de avenencia, de elegancia y de camaradería,leit motiv de este artículo.

Beneixida, con menos de mil habitantes, es un pueblo tristemente famoso porque el 20 de octubre de 1982 quedó inundado por completo por la pantanada de la presa de Tous que arrasó 30 pueblos de la comarca de la Ribera. También fue noticia nacional en 2007 cuando la entonces vicepresidenta de Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega, fue objeto de severos ataques por parte del PP nacional, tras su cuestionado empadronamiento en Beneixida (donde están enterrados sus padres) para poder votar por ser cabeza de lista de la candidatura socialista al Congreso por Valencia. Fue muy sonada la cruzada de acoso y derribo de González Pons contra la vicepresidenta, a quien acusó de  ‘paracaidista’ (candidatos que se dejan caer en una localidad con la que no tienen relación) y de empadronarse en una casa donde no vivía.

Pero yendo al motivo principal de este artículo, dejaré constancia en primer lugar de mi sorpresa cuando supe que la tradicionalmente cohesionada izquierda de Beneixida, se presentaba esta vez a las elecciones fraccionada en dos partidos, uno de ellos el PSOE (viejo conocido de los votantes por ser el único que siempre ha concurrido a elecciones municipales desde la instauración de la democracia), y el otro, una nueva formación local que estrenaba siglas para estos comicios.

Confieso que me preocupó el mal ambiente con que me pudiera encontrar como consecuencia de las posibles rivalidades entre las dos formaciones, algo que los convertía en contrincantes y ponía en un brete a los votantes.

Sin embargo —y esta fue la lección de democracia a la que antes aludía—,  cuando llegué al Salón Municipal Polivalente donde iba a celebrarse el mitin, comprobé que entre los asistentes (hubo un lleno total y había hasta gente de pie) se encontraba el jovencísimo cabeza de lista de la nueva formación departiendo amistosamente con unos y otros, incluidos sus ahora competidores. Lo primero que me vino a la mente fue lo difícil que se me hacía concebir que un líder de la política estatal que hubiera formado un nuevo partido, acudiera a apoyar y demostrar su buena disposición en un acto público de sus antiguos compañeros.

La lección de democracia que comenzaba a fraguarse, se consumó cuando en mi intervención llamé a la concordia y animé a las dos formaciones a que, ganara quien ganara el próximo domingo, fueran capaces de sumar y unir fuerzas, y contemplé desde lo alto del escenario como ambos candidatos (Begoña y Pere, ambos muy jóvenes, como todos los miembros de ambas listas) una sentada en la primera fila esperando su turno de intervención, el otro unas cuantas filas detrás entre el público, asentían sonrientes y satisfechos, dando muestra de un talante y una capacidad de entendimiento con un rival al que bajo ningún concepto consideraban enemigo.

Ojalá fuera todo así en la gran política donde la desafección, las acometidas, los agravios, el cainismo y la falta de fair play  son la tónica dominante.

Un ejemplo de fair play político