<---Taboola---> <---Taboola---> #TEMP
sábado. 01.10.2022

Como bien saben ustedes, señores dirigentes del Partido Socialista Obrero Español, su organización fue fundada en una vieja taberna de Madrid un 2 de mayo de 1879 por veinticinco personas, en su mayoría tipógrafos, con el objetivo de emancipar a la clase trabajadora y propiciar un cambio de sistema político y económico que llevase a una sociedad más justa en la que no hubiese explotadores ni explotados. En su primer programa electoral, en el que tuvo mucho peso el eminente Dr. Jaime Vera, el Partido Socialista afirmaba que aceptaba participar en los comicios para llegar al poder y desde él acabar con la sociedad capitalista, no descartando en ningún momento la opción revolucionaria si se daban las condiciones objetivas para ella. Jornada laboral de ocho horas, seguridad social, escuela laica y única, supresión de los presupuestos de culto y clero, nacionalización de los bienes de la Iglesia y de las tierras que no estuviesen cultivadas, participación de los obreros en la dirección de las empresas, negación de la guerra como instrumento de lucha política fueron algunas de las propuestas de entonces que hoy siguen siendo perfectamente válidas pero que ustedes se empeñan en arrinconar y olvidar en momentos tan críticos como éste en que la explotación del hombre por el hombre se ha convertido en la única moneda de cambio en las relaciones entre los países y dentro de ellos.

Pablo Iglesias, Antonio García Quejido, Jaime Vera, Alejandro Olcina, Victoriano Calderón y otros muchos elaboraron un programa máximo que pretendía la liberación total de los trabajadores y la conversión de la propiedad privada en propiedad de la sociedad. También un programa mínimo de mejoras dentro del sistema para eliminar aquellas leyes y costumbres que hacían imposible la vida a la mayoría de los obreros españoles, entre ellas la ley de desahucios y lanzamientos, tan dramáticamente vigente de nuevo en nuestros días. Lo que en ningún caso fundaron estos grandes hombres, que sufrieron persecución, tortura y cárcel, fue un partido que sirviese como instrumento para edulcorar el capitalismo ni hacerlo más duradero, pues habían leído a Marx, Guesde, Jaurès, Kautsky  y muchos otros padres del socialismo y sabían que al final el capitalismo tiende, como los ríos, a volver a su cauce, aunque momentáneamente, a la vista del peligro, pueda hacer concesiones meramente coyunturales y presentar un rostro más humano y civilizado.

En la batalla por las libertades, la justicia y el progreso de los trabajadores, los socialistas españoles perdieron a miles de sus mejores hombres por denunciar la barbarie marroquí, la sangría que suponía para los más humildes el sistema de levas por cuota, la explotación, la intromisión del ejército y la Iglesia en todas las parcelas del Poder, la parcialidad obscena de la Justicia, el analfabetismo y el caciquismo, principal lacra de todos los regímenes políticos que han imperado en España desde las Cortes de Cádiz, que alcanzó su paroxismo durante el franquismo y que ha reverdecido de manera escandalosa y asfixiante en nuestros días al potenciarse el clientelismo como pieza clave del régimen constitucional borbónico.

Tras el triunfo de los reaccionarios nacional-católicos en 1939, el Partido Socialista desapareció de la escena política, no sólo porque muchos de sus dirigentes partiesen al destierro, sino porque muchos más fueron fusilados, torturados, desaparecidos y depurados. A principios de los años sesenta comenzaron a surgir de nuevo agrupaciones socialistas clandestinas en distintas ciudades de España, Madrid, Barcelona, Valencia, Gijón, Sevilla… Y es aquí cuando comienza a cristalizar una absurda lucha –tutelada en parte desde Alemania- entre los del interior y los del exterior, culminando en Suresnes en 1974 con el triunfo del grupo de Felipe González y el ostracismo casi completo de los representantes del exilio. Cinco años después, en el veintiocho Congreso, el Partido abandonaba el marxismo y aceptaba como única la economía de mercado. La labor de limpieza de cara a convertirse en alternativa de poder en el nuevo régimen, había culminado. No seré yo quien niegue al Partido Socialista el inmenso mérito de haber universalizado las Pensiones, la Sanidad y la Educación; de haber puesto en marcha en tiempos de crisis el mayor plan de infraestructuras que ha conocido este país, de haber conseguido apartar al ejército de la vida política, de haber creado la Ley de Dependencias que hoy están matando, de avanzar como nunca antes se había hecho en los derechos de los homosexuales y de las mujeres, todo lo contrario. Sin embargo, hay dos cosas al menos que, por decirlo finamente, descuidaron hasta un punto incomprensible: El poder de la Iglesia más reaccionaria de Europa, que pese a la ausencia de vocaciones y de asistentes a sus ceremoniales, ha crecido de forma bárbara gracias a los miles de millones que se lleva para sus colegios confesionales de los presupuestos del Estado; y la separación paulatinamente mayor de sus bases reales gracias a un ejercicio constante de funambulismo político que le ha llevado hoy –hablemos claro- a tener una militancia tan menguada, raquítica y mediocre que le impide poseer un vivero fuerte y bien cuidado para la renovación que el momento exige, del tal modo que el Partido socialista hoy apenas tiene contacto con las clases trabajadoras del país, habiendo quedado reducido a un pequeño grupo de unas tres mil personas que se mueven dentro de un mundo endogámico tan impermeable como ajeno a la realidad que sufren la gran mayoría de los españoles.

He de decir, que al escribir estas letras lo hago con dolor, aunque también con una lejana esperanza caso de ser oído. Pablo Iglesias, Quejido y Vera pasaron a la historia con mayúsculas por haber fundado uno de los primeros partidos obreros de Europa, por haber puesto en manos de los trabajadores un instrumento de lucha que sirvió para mejorar las condiciones de trabajo y conquistar libertades. Es posible que Rubalcaba y quienes le acompañan en este viaje, pasen también a la historia por darle muerte, lo cual sería un verdadero desastre para el futuro de este país porque nos colocaría, inevitablemente, ante un proceso de berlusconización general difícilmente reparable. ¿Tienen ustedes, señores jefes del Partido Socialista Obrero Español, posibilidad de regenerarse? Indudablemente sí, sólo hace falta limpiar la casa y tener voluntad para ello; mirar a los orígenes y aprender. Sólo con que ustedes hubiesen sido capaces de afirmar con rotundidad, ante el brutal proceso de privatizaciones que está llevando a cabo el partido en el poder, que en cuanto ganasen las elecciones de nuevo volverían a hacer público lo privatizado habrían conseguido parar la mayoría de esos procesos porque nadie invertiría un real en algo que se sabe que mañana volverá a manos públicas; sólo con que hubiesen abandonado el Congreso el día que se votó el decreto de tasas judiciales de Gallardón, ustedes habrían comenzado a ser apreciados; sólo con que hubiesen dicho claramente que el día 10 de mayo de 2010 ustedes y su presidente se equivocaron estrepitosamente al aceptar –y no presentar la dimisión irrevocable- la imposición de medidas ultraliberales contrarias a su presunta ideología, ustedes habrían ganado credibilidad; sólo con que se hubiesen atrevido a anunciar la denuncia del medieval concordato con el Vaticano, ustedes habrían cumplido con su deber; sólo con que ustedes hubiesen declarado en todos los foros nacionales e internacionales que la mayor parte de la deuda de España no es de los españoles sino de los bancos y hubiesen exigido su inmediata nacionalización y el procesamiento de todos los jefes y directivos de las instituciones financieras, ustedes habrían comenzado a regresar a sus orígenes. ¿No lo han hecho, no lo van a hacer? Pues, permítanme que les diga que caminan sin remisión hacia su conversión en un partido residual y que con su cerrazón están contribuyendo a debilitar de manera extrema la salida de la crisis y el futuro de la izquierda, que no es otro que el de la razón.

En sus manos está la decisión, pero el tiempo y la inacción o la acción errática cada vez pesan más, y hoy por hoy, a ustedes se les está viendo como la otra pata de la mesa de un sistema corrupto muy parecido a aquel que en su día ideó Antonio Cánovas del Castillo para la anterior Restauración monárquica y que supuso la entronización del caciquismo como instrumento político principal.

Carta abierta al Partido Socialista