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sábado. 26.11.2022

El viernes pasado murió en México nuestro Adolfo Sánchez Vázquez, allí se exilió en 1939. Los medios de difusión de nuestro país no han dicho ni oxte ni moxte. La noticia se la debemos a Francesc Arroyo que ha firmado un sentido obituario por la muerte del maestro en El País de hoy. Tampoco la izquierda política, que es tan deudora de Sánchez Vázquez, ha dejado escrito ni una palabra. Unos y otros, por lo que se ve, no quieren contradecir a Bécquer cuando dijo aquello de “qué solos se quedan los muertos”.

Adolfo Sánchez Vázquez era la amalgama entre el pensamiento y la acción, la ética y la política, otro exponente del comunismo de los sueños, radicalmente enemigo del comunismo de las pesadillas. Era, además, la pasión por la escritura: a sus noventa y seis años estaba dictando sus memorias.

Debemos, pues, a nuestro hombre no sólo su fecunda producción filosófica sino todo un conjunto de traducciones de figuras como Palmiro Togliatti, que en mi juventud estudiábamos con detenimiento, gracias a la edición de Era la legendaria editorial mexicana, dirigida en aquellos entonces por la familia Expresate, uno de los cuales, Quico, fue siempre un gran amigo de Comisiones Obreras. Digamos, pues, que una parte no irrelevante de cómo fuimos se lo debíamos a Sánchez Vázquez, aunque nuestros errores son de nosotros y de nadie más que nosotros.

Más información: Biblioteca Cervantes

Adolfo Sánchez Vázquez
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