martes 19.11.2019
ORENCIO OSUNA • JUAN C. MONEDERO (I)

“La mala lectura de la transición nos impide ahondar en nuestra democracia”

Charlas Nueva Tribuna: Juan Carlos Monedero, profesor de Ciencia Política de la Universidad Complutense de Madrid, acaba de publicar un libro “La Transición contada a nuestros padres. Nocturno de la democracia española”, un texto vibrante, comprometido, profundo y pleno de actualidad, pone su foco en la Transición como origen de la “democracia de baja densidad” que caracteriza a España. Nuestro colaborador Orencio Osuna interroga y debate con el profesor Monedero sobre su nuevo libro. Ver la Charla íntegra en versión PDF [Descargar]


Juan Carlos Monedero

Orencio Osuna. Cuentas en el libro que la reinvención de la democracia en España pasa por la revisión de la Transición. Una revisión no solamente histórica o académica, sino estrechamente vinculada a la coyuntura política. ¿Puede un análisis crítico de la Transición dar algo de luz a la crisis y la confusión que  tiene hoy ofuscada a la izquierda española?

Juan Carlos Monedero. Creo que sí. Llama mucho la atención la respuesta virulenta que algunos sectores han dado al cuestionamiento de la transición –politólogos, sociólogos, historiadores, muchos desdoblados a menudo como tertulianos, e incluso padres de la Constitución y políticos relevantes en la época– porque está en juego una parte de su propia biografía. Esa gente se ha caracterizado históricamente por una absoluta falta de generosidad, y ahora en su madurez insisten en esa falta de generosidad criticando, despreciando, cuestionando cualquier lectura alternativa, buscando congelar esa visión oficial idílica de la transición.

Si fuera un problema histórico daría lo mismo. El problema es que estoy convencido de que la mala lectura de la transición nos impide ahondar en nuestra democracia.

Hay un ejemplo reciente clarísimo. Ha tenido que ser un antifascista francés quien nos recuerde las virtudes y bondades de indignarnos, como si en España no existiera ningún referente en el pasado que nos brindara un ejemplo de ese tipo.

¿Por qué tiene que ser un francés, Stephen Hassel, quien nos diga que nos indignemos y no nos lo pueda decir uno de los españoles que entró con la columna de Leclerc para recupera París? ¿Por qué no puede ser uno de esos españoles que luchó contra Franco del 36 al 39, uno de esos españoles o españolas que mantuvo la llama del antifascismo luchando contra la dictadura franquista en la clandestinidad o allá donde estuviera?

Reconstruir la Transición es reconstruir la posibilidad de la reinvención no sólo de la izquierda, sino de la propia democracia

Mientras que la derecha no tiene discontinuidades, porque tiene siempre la posibilidad de rearmar su historia suturando cualquier tipo de roto, la izquierda camina en España sobre puentes dinamitados, mira hacia atrás y no ve nada más que el vacío. Y, por tanto, tiene que inventarse constantemente y eso le deja una ventaja comparativa muy fuerte a la derecha.

En ese vacío simbólico, la capacidad de indignación es muy pequeña. Y es en ese vacío de reconstrucción donde se coloca la derecha poniendo en la agenda su sentido común, de manera que al final el sentido común de la derecha contamina la posibilidad de construir un sentido común desde la izquierda.

La izquierda española renunció en el supuesto pacto de olvido de la transición a explicar sucesos esenciales. Pensemos en la lectura de octubre del 34. En vez de colocar en la agenda de discusión el hecho de que el gobierno de la CEDA buscaba editar aquí lo que estaban haciendo Mussolini y Hitler en sus países, se optó por el silencio. La derecha aprovechó ese vacío y lo ocupó reinterpretando ese suceso como el comienzo de la guerra civil.

Orencio Osuna. Los procesos históricos, como fue la Transición, son siempre un flujo incesante, tienen un antes y un después que los explica. Mientras que en Europa occidental después de la 2º Guerra  los regimenes políticos democráticos se constituyeron en base al antifascismo como una de las columnas vertebrales, en España no fue así y el proceso de transición no tuvo el antifranquismo como base constitutiva. ¿Lleva esto a cuestionar el resultado  democrático de la Transición o debe entenderse como el mero fruto histórico de una correlación de fuerzas?

Juan Carlos Monedero. Javier Pradera recientemente, pero también toda la historiografía oficial, intenta caricaturizar la crítica de la transición diciendo que planteamos que las cosas pudieron ser radicalmente diferentes a como fueron. Esa no es la tesis que yo defiendo. Si uno mira el momento histórico vemos que están ahí el golpe de estado contra Allende en el 73, la Revolución de los Claveles del 74, el crecimiento del PCI con en el referéndum del aborto del 74, la invasión de Afganistán en 1979 por la Unión Soviética. La transición tiene lugar en un momento en el cual la guerra fría sigue absolutamente vigente. Ahí están lo que llamo los “propósitos” de la Transición. No es que hubiera pizarras con un plan prediseñado, sino que había intereses de los sectores que mantenían algún tipo de posición de poder. Y Estados Unidos tenía un interés concreto: que la Península Ibérica no perdiera la función que le correspondía dentro del esquema aprobado en Yalta y Postdam en el 45, y que ubicaba, por supuesto, tanto a España como a Portugal dentro del bloque occidental de la guerra fría.

Es la arrogancia de esa generación que cree que se inventó la democracia en España la que no nos permite cuestionar la transición como la base de una democracia de baja densidad como la que tenemos

El asunto no está en afirmar que las cosas pudieran haber sido radicalmente diferentes, sino en esa afirmación arrogante que dice: “nos inventamos la democracia en España”. Es la construcción del consenso como una cosa positiva per se, que oculta la parte de derrota de aquel proceso. Las fuerzas transformadoras habían sido debilitadas por el exilio, por la ilegalización de los partidos políticos a la izquierda del PCE, por cuarenta años de dictadura, por la violencia que hubo durante todos esos años. Y es la arrogancia de esa generación que cree que se inventó la democracia en España la que no nos permite cuestionar la transición como la base de una democracia de baja densidad como la que tenemos.

Y nos deja sin respuesta a preguntas esenciales: si la democracia fue tan maravillosa, ¿por qué no hay una extrema derecha parlamentaria en España? ¿Por qué la cuestión territorial sigue generando tantísimos problemas? ¿Cómo es posible que la mitad del Tribunal Supremo o del Tribunal Constitucional tenga posiciones más propias del antiguo régimen? ¿Por qué tenemos de los estados sociales más débiles de toda la Unión Europea?

No es igual que celebres la toma de la Bastilla y la ejecución de Luis XVI, que hagas que suenen las sirenas de París cada primer domingo de mes recordando los bombardeos alemanes o que celebres a la resistencia, a que conmemores que el Rey te trajo la democracia porque es un gran hombre y le debes todo. De esta manera, el mito referencial en vez de ser capacidad de oponerte al poder se convierte en el mito de un monarca imprescindible al que tienes que dar las gracias constantemente por haberte ayudado.

La democracia española es infantil porque no tiene voz y, por tanto, al no tener voz necesita a un adulto que hable por ella. Y ese es el papel que desempeña la idea de consenso que se resume: “si no piensas como yo, cállate y no hagas ruido”. El Rey desempeña el papel de cierre categorial que obliga a que todo el mundo tenga que portarse bien. Es lo que explica una patronal tan arrogante y unos sindicatos siempre preocupados por no desentonar de ese consenso. Y al final España se convierte en un espacio definido por el planteamiento de la gobernabilidad de Huntington: en los procesos de cambio social tiene que garantizarse que la participación popular esté siempre por debajo del nivel de institucionalidad. Esa es la ejemplaridad de la Transición: transiciones cupulares con una construcción simbólica que impide el conflicto y que construye una supuesta bondad de la obediencia que no nos deja entender que esas virtudes de lo pacífico se convierten en vicios democráticos porque sin conflicto no hay democracia.

Orencio Osuna. Pero, en realidad, partíamos de una derrota, de la aniquilación de todo el tejido social, intelectual, cultural, de la izquierda y el progresismo durante cuarenta años. Una matanza increíble, un masivo exilio, una represión despiadada. Muere Franco y la verdad es que las fuerzas antifranquistas tienen posiciones diversas, no hay que olvidarlo. Al fin los que propugnaban una ruptura con el pasado franquista fueron una minoría dentro de la oposición. Existía una presencia importante en la calle, pero lo cierto es que otros sectores de la oposición preferían el pacto silencioso con los sectores del franquismo que querían evolucionar y que querían instaurar una monarquía parlamentaria.

En el campo simbólico, ideológico, pero también  en el campo institucional,  nace una democracia con graves problemas, en la que como tú señalas, el federalismo queda diluido en el “café para todos”, algunas instituciones como el aparato judicial o el militar quedan intactas, la amnistía tiene mucho de “ley de punto final” para los franquistas, los derrotados de la guerra civil no reciben reconocimiento ni compensaciones de ningún tipo, algunos privilegios sociales y económicos se conservan…

Juan Carlos Monedero. O la importancia de la iglesia todavía, que se permite el lujo de opinar sobre nuestras leyes.

Orencio Osuna. Claro, el nacionalcatolicismo siempre ha sido la base de masas de la derecha… Y, ahora, ante la más grave crisis económica desde la II Guerra (tan parecida a la del 29),  se nota que crece en la sociedad española una gran desafección hacia las instituciones, las estructuras económicas, los partidos políticos, los sindicatos,  o el llamado encaje territorial de la España plural. El libro explica que lo que está pasando hoy en el terreno político tiene un origen histórico en las debilidades de la Transición. Los pactos no resolvieron muchos de los problemas que había dejado el franquismo y hoy, treinta años después, la Gran Recesión está desgarrando sus costuras y puede acabar erosionando la legitimidad del mismo régimen.

Juan Carlos Monedero. Las manifestaciones del 15 de mayo quizá sean un disparo de salida, pero lo cierto es que en España, pese a las cifras de paro, no se está dando la respuesta a la crisis que estamos viendo en otros lugares de Europa. Una menor respuesta y una situación peor. ¿Cómo entenderlo? Italia no se comprende a sí misma sin el Vaticano y la mafia. España no se comprende sin nuestro propio vaticano –la “acendrada” espiritualidad hispana- y nuestra propia mafia, esto es, una mala estructura territorial de un país construido por agregación durante la Reconquista, donde los territorios agregados no encontraban ningún tipo de ventaja en el conjunto. Es la España que criticaba Costa en “Oligarquía y Caciquismo”. Fabra, la Gürtel, los negocios en torno al Canal de Isabel II, las redes de corrupción locales, son estructuras clientelares caciquiles de gran fuerza que, por esa condición clientelar, tienen escasa incidencia electoral. Y es también lo que explica que Camps se puede permitir el lujo de orinarse sobre la memoria del abuelo de Zapatero. Pero la responsabilidad es más amplia. Cuando Bono invitó en 2004, en el día nacional, a desfilar por la Castellana a un voluntario de la División Azul junto a un brigadista de las Brigadas internacionales, cuando se pone al mismo nivel a un tipo que fue a Rusia a ayudar a Hitler a matar comunistas que a alguien que vino a España a defender la constitución del 31 y la democracia, nos deja desarmados para encontrar razones en nuestra memoria para armar hoy nuestra indignación.

La transición fue un constante cúmulo de improvisaciones donde los sectores del franquismo fueron probando posibilidades (...)Eso permitió construir la gran mentira, sustituir la confrontación “franquismo-antifranquismo” por una confrontación funcional para el propio franquismo: la confrontación “bunker-demócratas”

Y hay también otra ocultación. Como planteó Sartorius, Franco murió en la cama pero la dictadura se terminó en la calle. El nivel de conflictividad laboral era muy alto, Comisiones Obreras tenía en espacio esencial dentro de las estructuras laborales, la universidad está en efervescencia, mientras que el capitalismo keynesiano, con la crisis de 1973,  ponía en marcha la reconstrucción del capitalismo y el franquismo no tenía herramientas para dar una respuesta. De ahí surge una preocupación en los sectores que sostenían el régimen acerca de qué iba a pasar con ellos en la nueva situación.

Ese es el propósito que señalaba, es decir, el interés de los actores del régimen en adaptarse a las nuevas circunstancias sin perder esa posición de privilegio.

La transición fue un constante cúmulo de improvisaciones donde los sectores del franquismo fueron probando posibilidades. Ahí se generan también distensiones internas, muy relacionadas con el éxito y fracaso de cada grupo del franquismo en esos movimientos. Eso permitió construir la gran mentira, un salto del cual es muy responsable la ciencia política española: sustituir la confrontación “franquismo-antifranquismo” por una confrontación funcional para el propio franquismo: la confrontación “bunker-demócratas”. En la lucha franquismo-antifranquismo queda claro quién está en un lado y quién está en el otro. Y queda también claro que todos esos sectores que están improvisando soluciones para salir de la dictadura y homologarse con Europa, provienen del franquismo, tienen una lógica franquista y no terminan de entender ni respetar los elementos democráticos, mientras que enfrente están los que en nombre del antifranquismo quieren reinventar la democracia.

Con la construcción del “bunker”, tenemos una ecuación sencilla: en un lado, unos sectores malvados, franquistas, carcamales que enfrente sólo pueden tener gente “respetable” y “demócrata”. De esta manera estamos colocando al mismo nivel a los Suárez, Fraga, Martín Villa o sea, a la gente que encarceló a demócratas e incluso firmó sentencias de muerte, al lado de Marcelino Camacho, Enrique Ruano, Pepín Vidal Beneyto o el Partido Comunista.

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Ver segunda parte de la Charla/Debate:
“Hasta ahora, la España del privilegio siempre ha sido capaz de frenar a la España más innovadora, más moderna”

“La mala lectura de la transición nos impide ahondar en nuestra democracia”
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