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Vicente I. Sánchez | @Snchez1Godotx
Es ampliamente conocido que Sebastian Murphy y Henrik Höckert, miembros fundadores de Viagra Boys, se conocieron mientras trabajaban en un estudio de tatuajes. La chispa creativa surgió tras una noche de karaoke en la que Murphy interpretó “We Belong Together” de Mariah Carey. De ese encuentro nació en Estocolmo, en 2015, una de las bandas más originales y mordaces del post‑punk europeo. Desde entonces, los suecos han construido una identidad sonora inconfundible con álbumes ya emblemáticos como Street Worms (2018) y Welfare Jazz (2021).
Había muchas expectativas por verlos en directo, y su paso por el Festival Noches del Botánico no decepcionó. La banda —formada por Sebastian Murphy, Linus Hillborg, Elias Jungqvist, Henrik “Benke” Höckert, Tor Sjödén y Oskar Carls— ofreció uno de esos conciertos que quedan en la memoria. Lo primero que conviene advertir es que Viagra Boys puede desconcertar a quien los ve por primera vez: no, no son hooligans británicos —aunque lo parezcan—, y tampoco su vocalista (que, por cierto, tiene ascendencia estadounidense) está tan fuera de forma como su barriga sugiere. Digamos que su energía es la de Iggy Pop, pero con más cerveza y menos gimnasio.
Viagra Boys es una banda cargada de electricidad. Su directo fue una explosión de rabia bien canalizada, con un Sebastian Murphy que, aunque amante visible del alcohol y de vestirse en chándal (con exhibiciones de trasero incluidas), demostró tener una voz potente, presencia escénica arrolladora y un carisma que arrastra multitudes. Su actitud es más provocación que descontrol: se mueve entre la parodia y el punk con una habilidad que resulta fascinante.
Arrancaron con “Man Made of Meat”, tema de su nuevo disco Viagr Aboys, y durante más de una hora y media desplegaron su estilo garage punk aderezado con letras sarcásticas y ácidas. Sonaron temas como “Uno II”, “Pyramid of Health” y, por supuesto, el ya icónico “Sports”, en el que Murphy amagó con un striptease mientras Oskar Carls —saxofonista y guitarrista— fumaba y bailaba con un estilo tan indefinible como andrógino.
La banda sorprendió y conquistó a un público diverso, aunque predominantemente con estética punk. Murphy se bebió un par de cervezas, hizo flexiones sobre el escenario, se lanzó al público e incluso se tomó un cubata entre canción y canción. Todo en un despliegue escénico tan desquiciado como eficaz. La entrega fue total, por parte de la banda y del público, aunque no siempre terminó bien: algún intento de “stage diving” acabó en caída cuando la audiencia no respondió con tanto entusiasmo como él. Es lo que tiene la cerveza y el punk.
Muy diferente fue el inicio de la tarde con el concierto de Califato ¾, encargados de abrir el festival. La banda sevillana, liderada por Manuel Chaparro, ofreció un show errático y desconectado, que no logró enganchar al público en ningún momento. Muchos espectadores se preguntaban “¿qué es esto?”, y la verdad es que no era fácil de explicar. Chaparro se mostró desubicado, más centrado en lanzar mensajes provocadores y reivindicativos que en conectar musicalmente.
Su propuesta, que mezcla música tradicional andaluza con rock, electrónica y punk, no acabó de cuajar, aunque canciones como “A Bendeth Tomateh” o “Çambra der Huebê Çanto” aportaron ciertos momentos de encanto. Los problemas de sonido, que obligaron a parar durante cinco minutos, no ayudaron. Tampoco ayudó el exceso de hiperactividad de Chaparro, quien llegó a proclamar la "libertad de Madrid" en un discurso que resultó vacío para una audiencia mayoritariamente no madrileña. Al fin y al cabo, nadie es de Madrid al cien por cien. La única que logró rescatar algo de emoción y autenticidad fue la cantante María José Luna, que aportó duende y pasión en medio del desconcierto.
En definitiva, la noche fue de Viagra Boys, dueños absolutos del escenario y del caos controlado que tan bien dominan.



