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Carlos Valades | @carlosvalades
Ricardo reinó entre 1483 y 1485 y fue el último monarca inglés en morir en combate. Su cuerpo fue llevado a Leicester y enterrado en el convento de una orden franciscana que en el siglo XVI fue demolido, y su ubicación se perdió durante siglos. El 25 de agosto de 2012, tras excavar en un modesto aparcamiento, se descubrió un esqueleto con una columna vertebral con una escoliosis apabullante, coincidente con las descripciones históricas del cuerpo torcido de Ricardo. Se hicieron pruebas con carbono además de testar su identidad con pruebas genéticas a los descendientes vivos del rey. De esta situación parte La verdadera historia de Ricardo III, la versión del director español Calixto Bieito, que toma ese hallazgo arqueológico como punto de partida simbólico para desenterrar no solo un cuerpo, sino una memoria teatral, política y humana.
Bieito no se interesa tanto por la corona como por la carne que la sostiene. En su puesta, el cuerpo de Ricardo —ese cuerpo torcido, incómodo, expuesto— se convierte en un territorio de batalla. Ya no es el monstruo moral que Shakespeare erigió como espejo deformante del poder absoluto, sino un hombre quebrado, contradictorio, vulnerable, que intenta afirmarse en medio de una estructura que lo margina.
Bieito convierte la excavación de Leicester en una metáfora escénica. Como los arqueólogos que buscan huesos bajo un estacionamiento, sus actores excavan en el texto clásico para sacar a la luz capas de sentido que el tiempo y la tradición han enterrado. Lo que emerge no es solo un cadáver real sino también el fantasma del poder, la violencia de la representación y la fragilidad de los cuerpos frente al relato oficial.
Shakespeare construyó en Ricardo III a uno de los villanos más fascinantes de la literatura universal. Deforme, calculador, irónico, seductor, es la encarnación del mal como espectáculo. Y aquí es donde se sustenta todo el andamiaje de este artefacto teatral, en la insuperable interpretación de Joaquín Furriel. El actor se retuerce, gime, llora, seduce, grita, mata...incluso hay momentos en los que rompe la cuarta pared para dialogar con el público de las primeras filas sobre las bondades de una tarta de cumpleaños.
Bieito, fiel a su estética de la incomodidad, no se burla de la tradición, la tensiona. Por momentos, la obra se siente como una performance más que como una representación. Los actores se mueven al borde de la extenuación, gritan, se desnudan, se exponen. Bieito convierte el escenario en una zona de riesgo físico y emocional. El director no busca complacer. Su teatro es áspero, corporal, incómodo, pero muchas veces caótico e incomprensible. Hay escenas que rozan lo escatológico, muy excesivas, que no contribuyen a la comprensión de lo que sucede, ya que hay algo en segundo plano que roba el protagonismo a los personajes que dialogan. Más que contar una historia, Bieito la deconstruye.
En resumen, el enésimo montaje de Ricardo III se topa con la desmesura de un director que se desenvuelve en la extravagancia y el abuso de la provocación con una puesta esquiva, movediza, y tan inestable como la columna vertebral del propio monarca.



