MADRID

El Toro/Los Toros. Del Dos de Mayo a San Isidro

La pradera de San Isidro de Francisco de Goya.
Llegó mayo. La Verbena de la Paloma se pone a reventar y en La Pradera de San Isidro, al compás del organillo, los chulapos y chulapas bailan el chotis.

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Celín Cebrián | @celincebrianvaliente

Llegó mayo. La Verbena de la Paloma en las Vistillas se pone a reventar, con la vedette Celia Gámez cantando Suspiros de España, en tanto que, en La Pradera de San Isidro, al compás del organillo, los chulapos y chulapas bailan el chotis. Colorido y riqueza en todos los sentidos, y un Madrid castizo que bebe limonada, come barquillos y rosquillas, listas y tontas, y de Santa Clara, mientras Goya lo va pintando. Todos en un sueño, en una utopía, un término que, por cierto, maltrató el diccionario María Moliner, sin reconocer que con la utopía pasamos de Dios al hombre, del oscurantismo a la luz, de la razón a la esperanza.

Levantamiento del 2 de Mayo.

San Isidro Labrador se pone a orar a los cielos en tanto que un ángel conduce por los campos la yunta de bueyes. Así consta en la leyenda. Y así se celebra el día del Santo en las siete colinas, hasta donde se desplazan los majos, cabriolés y calesas. Por ocio, cultura y tradición. Empieza la romería y suenan los organillos callejeros. “¡Viva San Isidro!”, gritan al unísono unas cuantas parejas que, muy acompasadas, bailan en honor del patrón en el Balcón del Manzanares, entre Bailén y la carrera de San Francisco y la calle Segovia. Y la alegría se dibuja en las caras de los niños, sobre todo cuando llegan las madres con el chocolate y las porras. Y en el descanso, los “gatos” brindan con vermú mezclado con agua de Seltz y aceitunas rellenas. Un santo labriego para un mundo urbano. Como decía Gloria Fuertes “Madrid es mi asfalto”. Seas de donde seas, desde el primer día, ya eres de Madrid. Luego cada cual lleva interiormente su novela, una frase que suena como muy galdosiana. Y de aperitivo unos caracoles en casa Amadeo, todo un clásico, en la plaza de Cascorro. Y después, para comer, un cocido en los Galayos de la calle Botoneras, junto a La Plaza Mayor, donde lo sirven en dos vuelcos. A continuación un ratito de siesta. Y a eso de las cinco de la tarde, toca preparar el ato para acercarnos hasta la Plaza de Las Ventas a ver la corrida goyesca del 2 de mayo.

El tema taurino de siempre dio mucho de sí. La relación entre la tauromaquia, los intelectuales y la cultura ha sido compleja y ha generado cierto revuelo mediático. Desde la Generación del 98 a la del 27, pasando por Menéndez Pelayo, Unamuno, Pérez de Ayala, Ortega y Gasset…, hasta llegar a Laín Entralgo. Ya en el siglo XVIII, con la Ilustración y los afrancesados, había toda una cohorte de antitaurinos. La fiesta de los toros, desde los llamados ritos de paso, tuvo sus defensores y detractores. Nada nuevo bajo el sol. A lo largo de la historia se han firmado incluso manifiestos, en tiempos en los que firmar un manifiesto era jugarse el tipo. “Esas tardes de soledad”, como titula Albert Serra, de siempre atrajo a poetas, escritores, intelectuales, directores de cine, actores, actrices… Las corridas siguen estando ahí como un espectáculo estético admirable y como la definición de la psicología de un pueblo, si bien, en los últimos tiempos, ha ido degenerando en parte el concepto e igual le dan la oreja a un toreo que no se la merece un grupo de japones, chinos y guiris que asisten a la plaza con las entradas de los abonos “despachados” en la reventa, que un día de estos vemos de nuevo cómo se da un rabo, algo que no sucede desde aquél que se le concedió el 22 de mayo de 1972 a Palomo Linares, con el toro Cigarrón, sin estar de acuerdo ni la prensa ni el público. La fiesta… Seamos sinceros, la fiesta y el toro no se acabarán mientras haya TORO, que es el único que puede acabar con ella. Si no hay toro, no hay fiesta. El resto, son frivolidades de los unos y de los otros. A lo que sumar el nuevo ecologismo. La soledad ha creado, sobre todo en las ciudades, un egoísmo invisible. Hay una señora, tres portales más allá de mi casa, que vive con tres perros en un noveno y a los que deja solos casi todo el día, ya que trabaja diez horas, más otra hora para ir al trabajo y otra para volver, total doce horas. La mitad del día. Contradicciones…

Se va acercando la hora y, en la Villa y Corte, en los bares próximos a la plaza de toros que tienen la barra de zinc, se degustan platos de gambas de Málaga y mojama de Barbate, acompañados de una manzanilla de Sanlúcar de Barrameda. No cabe ni un alfiler. Es el otro rito antes que dé comienzo la corrida, porque el arte, el otro rito, como diría Domingo Ortega, es aquel que nace de la relación entre el riesgo y la estética.

Suenan clarines y timbales. El paseíllo es un desfile de moda dieciochesco, con dos alguacilillos a caballo, tras pedir permiso al Presidente de la plaza. El primero de la tarde es recibido a porta gayola, dibujando dos abanicos en la cara del toro. Pero más que un toro, lo que aparece es una cabra, según un aficionado, puesto que, mirando al animal que ha rebasado la puerta de chiqueros, no ve a un toro bravo y colorao (los aficionados que ocupan los granitos del tendido 7 no tienen un derecho perenne a hacer escarnio de cuanto les venga en gana, aunque se sienten todas las tardes con el cuchillo entre los dientes para dar lecciones de toreo). Es el de siempre, el protestón, el que llama la atención de veintitrés mil almas con su voz de cañería o de vocero de vendedor de abastos, el garganta profunda, y que, a medida que vaya discurriendo el acto, se irá calmando entre el vino tinto, las almendras tostadas y los bocadillos de jamón, porque aquí se viene también a echar la madeja, el malhumor y los traumas diarios, que se dibujan en un grito y se borran con un trago profundo de vino recio. Siempre pasa en el principio de las cosas.

Al poco de llegar a Madrid, me fui acostumbrando a ir hasta la Plaza de las Ventas a sacar las entradas para todos los públicos. Solía ponerme en la fila a eso de las cuatro o las cinco de la madrugada. Hacíamos tiempo hasta que dieran las diez, que era cuando abrían la taquilla. A parte de pasar frío y desesperarme alguna que otra vez con las injusticias y con los señores de la reventa, he de confesar que ha sido el sitio donde más he aprendido de toros. O mejor dicho: del toro, porque hasta esa cola se acercaban grandes aficionados de todo el mundo, devotos de verdad, entendidos en esas lides, que, por unas cosas u otras, o por puras razones económicas, no les quedaba otro remedio que madrugar, si querían asistir a varios eventos. Llegaban de toda España, pero también de Nimes, México, Colombia… Muchos cogían las vacaciones durante esa época.

Sabido es que estamos hablando de un mundo tan mágico como controvertido, polémico. Desde intelectuales a artistas, muchos se sintieron atraídos por las corridas de toros. Otros hablaron de que se trata de un espectáculo atroz. De Quevedo a Lorca. Cada cual con sus razones. La vieja disputa. Moralidad y mística. Sacrificio. Sangre y arena. Lo cierto es que en el toreo se vive una experiencia intelectual, emocional y estética que hay que interpretar sin quedarse en los límites, en la piel o en lo trivial. Se va a la plaza a ver la muerte rodeada de belleza.

Verónica de Ginés Marín.

La plaza o esa caja de resonancia de una civilización, con sus emociones, entre la moral y el espíritu, el individuo a solas con su pasado y el toro, ambos a un palmo, entre la fascinación y la mitología, en un instante, en dos horas de arte y vanguardia, de simbolismo, de dramatismo, de tantas cosas. Cuando estoy en la plaza, un rayo de emoción y memoria se cruza delante de mi mirada, y veo torear a un muchacho desnudo a la luz de la luna. Temple y quietud. Juan Belmonte. Aquí en Madrid, tras el paseíllo que inunda el coso de colorido. El sol y la sombra. Las dos Españas. Y el llanto, como escribió el poeta al torero de la generación del 27. El resplandor de las luces bordadas en oro, que vuelven a iluminar la herejía, y entonces veo a un hombre sentado en un soneto y un toro leyendo los labios, y, entre los dos, abren el cielo de par en par para conformar la imagen de mis sueños que nunca olvidaré. Los otros no son más que teorías. Y me aburren mucho las teorías.


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