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jueves 26/5/22
ENRIQUE ESTEVE

Tonino Guerra. Paisaje en la memoria

En mayo de 1960 Cannes se convertía en la ventana a través de la cual el mundo se asomaba al nacimiento del cine moderno. La película se llamaba La aventura y estaba dirigida por Michelangelo Antonioni y coescrita por el guionista Tonino Guerra, fallecido el pasado 21 de marzo a los 92 años.

El estreno en el festival de Cannes de 1960 de una película ambientada en Sicilia y las islas Eolias sobre la misteriosa desaparición de una joven burguesa despertó la ira de público y crítica, indignados por la lentitud de la cinta, sus tiempos muertos y un final abierto que obviaba descaradamente las reglas de la narración clásica dejando el misterio sin resolver. La proyección transcurrió entre silbidos y abucheos. Al día siguiente un nutrido grupo de críticos y personalidades del cine encabezado por Roberto Rossellini redactó una nota en la que reconocían la importancia excepcional del film y expresaban su admiración por el mismo y por su realizador, así como su asombro por la hostilidad con la que había sido recibido. El festival proyectó de nuevo la película y días después ésta se alzó con el Gran Premio del Jurado. En mayo de 1960 Cannes se convertía así en la ventana a través de la cual el mundo se asomaba al nacimiento del cine moderno. La película se llamaba La aventura y estaba dirigida por Michelangelo Antonioni y coescrita por el guionista Tonino Guerra, fallecido el pasado 21 de marzo a los 92 años de edad.


Monica Vitti en "La aventura"

Guerra, poeta y licenciado en Pedagogía, inició su carrera como guionista a mediados de los 50 pero no fue hasta 1960 que entró por la puerta grande en el mundo del cine de la mano de Antonioni y su ‘aventura’. La película, la primera de la denominada por los críticos ‘trilogía de la incomunicación’ completada por El eclipse y Desierto rojo, se servía de los sobrecogedores paisajes de las Eolias y Sicilia para dar la escala de sus personajes, meras marionetas a merced de la naturaleza, el tiempo y la confusión existencial. El paisaje dejaba de ser el fondo que se avistaba a través de la ventana propio de la pintura previa al siglo XVI para pasar a primer plano evidenciando la insignificancia del ser humano, perdido en medio de la inmensidad. Antonioni con la ayuda de Guerra llevaba a cabo en el cine la transición que el flamenco Joachim Patinir había realizado cinco siglos atrás en la pintura. El ‘neorrealismo’ de los años 40 dejaba paso al ‘realismo interior’.

 
"Penitencia" de Joachim Patinir

Defensor de la autoría del director (siempre sostuvo que excepto en la ‘comedia a la italiana’ y el musical el verdadero autor es el director y no el guionista), Guerra vio cómo la naturaleza y el paisaje (sus grandes pasiones pues aparte de poeta y guionista fue también pintor) eran casualmente –o no- un eje central en la obra de gran parte de los directores con los que trabajó a lo largo de su vida como Antonioni, Andrei Tarkovsky o Theo Angelopoulos. Las películas en las que colaboró con semejantes pesos pesados de la autoría cinematográfica están tejidas a base de silencios y fascinantes paisajes a través de los cuales deambulan personajes cuya posibilidad de adquirir alguna certeza sobre la existencia parece pasar por la toma de conciencia del entorno que les rodea. Guerra, que estudió Pedagogía en la universidad de Urbino, la pequeña ciudad donde nació Rafael, en lo alto de las montañas y envuelta en una constante bruma, sabía que para tratar de ilustrar algo muchas veces no hace falta más que volver la vista hacia la naturaleza, por más que ésta se empeñe a veces en hurtarnos las respuestas. El título de una de sus películas con Angelopulos, Paisaje en la niebla, parece una invitación a mirar, a esperar a que poco a poco el telón se disipe para encontrarnos con el paisaje, la verdadera historia. Hablando en una entrevista sobre el ‘artefacto’ que para él era la televisión, dijo una vez: “Cada vez más me limito a mirar a través de las ventanas. Me llena de admiración la obra del hombre pero no me basta. Ya no me contento con ser un espectador de las grandes cosas que hace el hombre. Necesito algo más simple y humilde.” Sus guiones, ricos en imágenes poéticas y parcos en diálogos, así lo demuestran.


"La aventura" de Michelangelo Antonioni

En la tercera película de Guerra como guionista, La aventura, la desaparición de la joven burguesa al final del primer acto era una excusa para contar la historia de una pareja nacida bajo los peores auspicios: la compuesta por la amiga y el novio de la desaparecida que se unían en la búsqueda de ésta. La joven nunca aparecía y la causa de la desaparición quedaba inexplicada de modo que la búsqueda se revelaba aparentemente inútil si no fuera porque en el camino otro hallazgo, el del cine moderno, terminaba por compensar el esfuerzo. En 2004, cuarenta y cuatro años después, el penúltimo largometraje escrito por Guerra, Eleni de Theo Angelopoulos, contaba la historia de otra pareja maldita, la formada por un joven y la nueva esposa de su padre en la Grecia rural de principios del siglo XX. Al igual que en La aventura en el primer acto se producía una desaparición, la de la esposa, sólo que esta vez la joven no tardaba en aparecer para fugarse con el hijo de su marido y juntos protagonizar un grave melodrama de estructura clásica compuesto de bellísimas imágenes y coronado con un trágico final, en esta ocasión, cerrado. Guerra, que había comenzado su andadura cinematográfica vulnerando osadamente las reglas de la narración, lanzaba su canto del cisne ciñéndose a ellas sin perder por ello su esencia. Si en el plano final de La aventura la pareja protagonista permanecía en silencio, frente a un volcán, preguntándose quizás sobre el paradero de su compañera desaparecida, el último plano de Eleni mostraba a una madre frente al mar sosteniendo el cadáver de su hijo. Al otro lado de la ventana, en el paisaje, reside la respuesta. O la falta de ella.

 

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