domingo. 16.06.2024

En el libro Mis inmortales del cine de Terenci Moix que releía una y otra vez por las tardes al llegar del colegio, el capítulo dedicado a la ‘mujer de los ojos violeta’ parecía más un glosario de enfermedades e intervenciones quirúrgicas que un recorrido por la vida y obra del último estandarte del ‘star system’ hollywoodiense. Y es que la biografía de la Taylor va indisolublemente unida a la enfermedad. Desde joven se vio aquejada de distintos males fuera y dentro de la pantalla: cuando no sufría una neumonía a los 28 años que a punto estuvo de costarle la vida, se volvía loca en El arbol de la vida o era víctima de una malvada tía (Katherine Hepburn) empeñada en someterla a una lobotomía a fin de evitar que revelase la oscura verdad sobre los hábitos amatorios de su primo Sebastian en De repente el último verano. Más tarde llegarían las drásticas oscilaciones de peso, los tumores cerebrales y su incondicional cruzada contra el VIH, la enfermedad que le arrebató a su querido amigo y compañero Rock Hudson.

Elizabeth Taylor en el rodaje de "Gigante"

Quizás porque desde niña empezó a saborear las mieles del éxito y el reconocimiento (debutó en el cine con tan solo diez años, a los veintiocho ya tenía un Oscar y a los treinta se convertía en la primera actriz de la historia en cobrar un millón de dólares por Cleopatra), la naturaleza, para compensar, decidió cebarse en su menuda y voluptuosa figura convirtiéndola en diana de sus encarnizados ataques. Quizás porque entendía que todo no se puede tener, Liz encajaba con deportividad que la vida le otorgara la distinción de ‘enferma más bella del mundo’. Tan bella que podía reírse de su propia desgracia como una diva del cine mudo, prescindiendo del sonido y las palabras, obligando a la audiencia a concentrar la atención únicamente en sus inmensos ojos acuosos.

En su maravillosa semblanza de la actriz incluida en el volumen recopilatorio Retratos, Truman Capote recuerda cuando fue al hospital a visitar a su amiga, convaleciente tras habérsele practicado una traqueotomía para salvarla de una neumonía letal. Ella le recibió diminuta, confinada en su cama, reflexiva pero sin abandonar nunca el buen humor. Un pequeño trozo de algodón taponaba el agujero que tenía en la garganta fruto de la operación. Al quitárselo perdía automáticamente la voz, lo cual le producía a Capote una desagradable impresión. Taylor, divertida ante la reacción de su amigo, soltó una carcajada silenciosa y, a continuación, siguió hablando mientras se dedicaba a introducir y sacar el tapón alternativamente convirtiéndose ora en una diva del cine sonoro, ora del cine mudo. Al fin y al cabo, ¿qué importaba que la oyesen o no? Como dijo ella misma una vez “el mundo me recordará por mis ojos y mi sonrisa”.

La enferma más bella del mundo

Consciente de que había estado a punto de pasar a mejor vida, la Taylor le dijo a Capote que tenía la sensación de que si aún estaba en este mundo era porque algo excepcional estaba a punto de ocurrirle. Y, en efecto, poco después conoció a Richard Burton, el amor de su vida, con quien mantuvo una de las relaciones más tempestuosas y criticadas de la historia. Lo temperamental de sus caracteres y su condición de adúlteros (ambos estaban casados cuando comenzaron su romance) hizo de ellos carne de cañón para la prensa y, de la noche a la mañana, se convirtieron en la pareja más envidiada y deseada del mundo.

Elizabeth Taylor y Richard burton el el rodaje de "Castillos en la arena"

En su semblanza Capote recoge un momento genial entre ambos  a la salida de un teatro en Broadway donde Burton estaba representando una obra. Por aquel entonces su popularidad era tal que, en la calle, una multitud de fans y curiosos se agolpaba contra la limousina en la que Burton y Taylor trataban de llegar a casa. Burton, encantado con su nuevo estatus de ‘celebrity’ disfrutaba de la situación. Ella, famosa desde los diez años, tenía otras preocupaciones. A continuación reproduzco un pasaje del texto:

- Es todo un fenómeno –comentó, sonriendo con una perfecta sonrisa repleta de costosos dientes-. Elizabeth viene todas las noches a buscarme después de la función, y cada vez aparecen…, estos…, estos…

- Maniacos sexuales –interpuso fríamente su esposa.

- Estas multitudes entusiastas –la corrigió él, con un ligero tono de reprimenda-, esperando…, esperando…

- A ver a un par de monstruos pecadores. Por el amor de Dios, Richard, ¿no te das cuenta de que el único motivo de que ocurra todo esto es que piensan que somos unos pecadores y unos monstruos?

Un viejo que se había subido sobre el capó empezó a gritar obscenidades cuando de pronto el coche emprendió una abrupta huída y él resbaló del capó y cayó bajo los cascos de los encabritados caballos.

Elizabeth Taylor estaba trastornada.

- Eso es lo que siempre me preocupa. Que alguien salga mal parado.

Perspicaz, incisiva y hastiada de los rigores de la fama que desde tan niña la habían acompañado, Elizabeth (de estricta moral conservadora según Capote) lamentaba todo el revuelo causado por su adulterio y, dentro de su limusina, escoltada por gendarmes a caballo, consciente de que el mundo entero tenía la vista puesta en ella, conseguía aún así salir de sí misma y preocuparse por los demás. Puestos a tener un recibimiento estelar puede que prefiriese el que el pueblo romano le prodigaba en Cleopatra. En la película Mankiewicz dedica diez minutos de reloj a la entrada de la reina egipcia en Roma. Bailarines, contorsionistas, arqueros y soldados preceden a la fastuosa carroza coronada por una Liz recubierta de oro, imperturbable ante los vítores de la multitud. Al detenerse la carroza, Taylor baja lentamente la escalera desplegada ante ella y, una vez frente al Cesar, tras una leve inclinación de cabeza de éste, le regala una reverencia que hace estallar a la multitud en un clamor ensordecedor. A continuación, Liz, esbozando una sonrisa, mira al emperador y le guiña uno de sus maravillosos ojos impecablemente delineado a la manera egipcia. Si los romanos rugían de júbilo ante la reverencia de la reina a su emperador, estoy seguro de que, ante semejante guiño estelar, el público de las salas de Ohio allá por el año 63, no se quedaba atrás.

A su llegada a casa tras el azaroso viaje en limousina, Elizabeth, preocupada, le preguntó a Capote qué pensaba de su relación con Burton. Ella, profundamente enamorada, no podía evitar pensar que, una vez que alcanzas lo que siempre has deseado, comienza el principio del fin. Ahora que la ‘enferma más bella del mundo’, especialista en dar esquinazo a la muerte, ha terminado por dejarse atrapar, podría decirse que, una vez que te alcanza aquello que siempre has esquivado, comienza el principio de un nuevo comienzo. Y, sea cual sea la dimensión a la que haya ido a parar esta reina del cine, es seguro que allí le dispensarán un recibimiento de altura al que ella, agradecida, corresponderá cerrando un ojo en un generoso guiño, dando así tregua por un instante a su comité de bienvenida, deslumbrado por el brillo de sus inigualables ojos violeta.

Enrique Esteve  |  Blog del autor

De repente, el último guiño