jueves. 04.06.2026
TEXTO DE MARÍA DEL PILAR LÓPEZ ALMENA

Tiempos intermedios

Un tiempo intermedio, un espacio de transición de un año a otro, que alarga en el tiempo el hito puntual y cronométrico de la medianoche del 31 de diciembre.
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María del Pilar López Almena |

Acabamos de comenzar el año 2026, que, según nuestro actual calendario gregoriano se inicia el primer día de enero. Pero estarán de acuerdo conmigo en que la transición de un año a otro no se produce solamente en el punto exacto de las campanadas, cuando tragamos la última de las doce uvas y brindamos con champan. Tradicionalmente era el solsticio de invierno, entre el 20 y el 22 de diciembre, la fecha que principiaba una nueva etapa en la vida de las gentes y se celebraba alargando los días de festejos hasta el mes siguiente, como hoy celebramos las festividades navideñas, que oficialmente comenzamos con el encendido de las luces de Navidad en las ciudades (en Valladolid fue el 27 de noviembre) y concluimos con el fin de las vacaciones escolares el 7 de enero. Un tiempo intermedio, un espacio de transición de un año a otro, que alarga en el tiempo el hito puntual y cronométrico de la medianoche del 31 de diciembre.

Uno de los temas que más me fascinaban en mi época de estudiante de Historia era ese, el de los Tiempos Intermedios, un espacio de fechas indefinidas entre una época histórica y otra que los historiadores, por convención, han ido configurando y señalando con un acontecimiento puntual y determinante, fácil de recordar y de colocar en un imaginario calendario histórico temporal: entre la Prehistoria y la Historia media la invención de la escritura hacia el 3300 a. C; entre la Edad Antigua y la Medieval la caída del Imperio Romano en el 476 d. C.; y entre la Medieval y la Moderna el descubrimiento de América en 1492. Esta última de las edades definidas por Christoph Cellarius, nos iluminó con la Ilustración (1685-1815) y terminó ardiendo con la Revolución Francesa de 1789, acontecimiento que da inicio a la Época Contemporánea, un «largo siglo XIX», como lo definió Eric Hobsbawm, con una Revolución Industrial y dos de clases (la burguesa y la del proletariado), que en 1914 se convirtió en un «corto siglo XX» (protagonizado por dos guerras mundiales y una «Fría») y que finalizó antes de tiempo con la destrucción (que no fue caída) del muro de la vergüenza de Berlín en 1989.

Lo que no sabemos muy bien aún (la historia necesita de sus posos) es como se definirá en el futuro el tiempo siguiente, conocido popularmente como Edad Actual (en teoría, la Época Contemporánea no ha terminado), pero con unos hitos tan cortos como indeterminantes. ¿Será el tiempo del «Fin de la Historia»? ¿La Edad de la Globalización? ¿La Era del dominio Digital? ¿La del miedo al terrorismo internacional desde el año 2001? ¿El de la hipervigilancia y la alerta extrema? ¿El mundo de las polarizaciones y los extremismos, el de los populismos y/o fascismos, el del triunfo del neoliberalismo a ultranza? ¿Estamos, desde 1989, en el más largo de los Tiempos Intermedios de la historia o es que ya no existen?

Los historiadores determinaron que hacia el 3300 a. C. en Sumeria, y casi al mismo tiempo en Egipto, es cuando nace la escritura y, con ella, un cambio de paradigma y de estructuras tales (las sociedades, el sedentarismo, los avances del Neolítico…) que hacen necesaria la consignación de una nueva época, la de la Historia. Al mismo tiempo, contamos con un tiempo intermedio, la Protohistoria, que es ese espacio temporal del que tenemos noticias escritas de pueblos, no por su mano, sino por lo que de ellos dejaron constancia otras culturas coetáneas o posteriores. Ya tenemos ahí un momento de transición interesantísimo en el que conocemos mucho de la historia de civilizaciones sin escritura, pero con el hándicap de ser narrado a través de los ojos de otros, de extraños a su mundo y a su visión de la existencia. Es en este tiempo cuando nacen apelativos como extranjero y bárbaro (menos peyorativos antaño que hoy, cuando les seguimos usando mirando al otro con ojos extraños), como fueron calificados muchos pueblos de los que no sabemos ni como se llamaban a sí mismos, pero que hemos llegado a conocer gracias al nombre que les dieron griegos y romanos: ilirios, germanos, íberos…

Hay otro tiempo intermedio muy interesante surgido en un espacio indefinido entre el mito y la historia durante la Edad Antigua, que es el de la transición de una era femenina, de la diosa madre, de la fertilidad de la tierra, de la luna y la noche; a una edad del patriarcado, masculina, de la fecundidad ganadera, del sol y de los dioses poderosos. Esta transición suele acompañar al inicio de la nueva era, la de la civilización y la escritura como fórmula de consignación de la memoria. Y no se circunscribe únicamente a una frontera imaginaria marcada por el 3300 a. C., aún pasaría un largo periodo de tiempo hasta que toda memoria fue solar y patriarcal y todo acuerdo grabado en tablillas cuneiformes, piedra y papiro. A ese tiempo intermedio me refiero.

La caída del Imperio romano en el año 476 d. C. se suele tomar como el hito que marca el fin de la Edad Antigua entrando en una época diferente llamada la Edad Media, la más larga de los periodos históricos, mil años de historia que mantuvo sus luces y sus sombras, como todas. Edward Gibbon ya advertía que más que buscar las razones de la caída del Imperio romano había que ahondar en las razones de su larga permanencia. El inicio de su debacle definitivo ha venido llamándose el Bajo Imperio (siglo III, con la Anarquía Militar), una época de decadencia que se reinventará con una tetrarquía gubernativa que le permitirá subsistir hasta el fin de sus días. Más allá de la fecha mítica del 476 d.C. se extiende un tiempo de continuidad de las estructuras de la Edad Antigua que se suele alargar hasta el siglo IX o X, en lo que se ha dado en llamar Alta Edad Media o Clasicismo tardío. Siglos de indeterminación nominativa en los que Roma ofreció, como un hijo bastardo, un Imperio romano de Oriente que, para ahondar más en la finitud de la empresa, hacia el final de su tiempo tuvo que reorganizarse con dos o más coemperadores, todo en aras de alargar una permanencia que, aunque lograda (duró diez siglos, nada menos) llevaba la fecha de caducidad inscrita en su nombre. Por eso se le apellidó, académicamente, Bizantino.

Este nuevo imperio (no lo fue nunca para ellos) también sucumbió en una fecha tan concreta como 1453, pero después de lastrar una sucesión de continuas crisis que preludiaron su solución final. Se suele dar comienzo a ese tiempo en el año 1204 con la invasión de la Cuarta Cruzada, que parecía estar más orientada hacia la destrucción del imperio ortodoxo que hacia la reconquista de los santos lugares en poder del islam, pero esa sería otra historia. Se conocen muchos detalles de los acontecimientos que le llevaron a su final, entre ellos varias guerras civiles y sucesivas crisis económicas agravadas (o producidas o intervenidas o mediatizadas) por dos movimientos de masas antagónicos: las numerosas Cruzadas cristianas desde occidente y la expansión otomana islámica desde oriente. Ante esa pinza que duró dos siglos y medio, el último reducto del Imperio romano en oriente estaba ineludiblemente abocado a desaparecer. Se suele atribuir el Renacimiento italiano a un intento postrimero por alargar su estela cultural, y más de un imperio posterior (el Sacro Imperio Romano Germánico, el Imperio otomano, el Imperio moscovita), se erigieron en uno u otro momento como sucesores naturales del Imperio romano durante varios siglos más.

Los Tiempos Intermedios que más me gustaron descubrir mientras estudiaba la carrera fueron los producidos alrededor de la Época Moderna. Primero, porque me llamaba mucho la atención que, por primera vez, mis profesores mencionaran dos hitos, con sus dos fechas, para los tránsitos inicial y posterior. El fin del Medioevo se marca con la conquista de Constantinopla por el Imperio otomano en 1453 y el descubrimiento de América por Colón en 1492. Casi cuarenta años de diferencia, prácticamente toda la segunda mitad del siglo XV. El inicio de la Modernidad se suele acompañar con el humanismo que impulsó el Renacimiento y que se vio favorecido por la invención y difusión del uso de la imprenta (ese invento que cambió el mundo) entre los años 1440-1450, adelantando el hito otros diez años más como poco. En ese tránsito de la Época Medieval a la Moderna los adelantos técnicos fueron enormes (las naos, la cartografía y los instrumentos que hicieron posible la navegación atlántica, por ejemplo), los económico-políticos determinantes (la centralización y mayor poder de los estados, el capitalismo, la polarización religiosa…) y las corrientes culturales (humanismo, Renacimiento, protestantismo, Reforma…) fertilizadoras del cambio. Pero, por primera vez en la historia, fue un tránsito muy corto, casi, casi, de tan solo medio siglo. La Modernidad se instaló prácticamente de inmediato en el siglo XVI y su término vino a señalarse con otras dos fechas: la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de 1776 y la Revolución francesa de 1789. Son acontecimientos que marcan el fin del Antiguo Régimen, pero en España o Portugal, por ejemplo, aún se alargaría unos años más.

Fue con esta serie de hitos con los que yo descubrí los Tiempos Intermedios, años de tránsito entre edades en los que no se ha llegado a olvidar (ni a desterrar ni a destruir) del todo el mundo que se acabará dejando atrás, pero que tampoco se ha desarrollado aun el nuevo que vendrá a sustituirlo. Años en los que no parece acertado otorgarles ninguno de los dos nombres de las épocas entre las que se inscriben. Pueden resultar más o menos largos, más o menos fluidos o contar o no con fronteras claras, pero siempre se avista en ellos una evolución perceptible.

Los Tiempos Intermedios se suelen presentar como años de gran incertidumbre, caos y confusión y, al mismo tiempo, de proyectos, logros y esperanzada idealización. Son la mejor definición del presente, tan elástico y a la vez tan encorsetado, transcurriendo entre un pasado que parece no querer abandonarlo y un futuro huidizo y utópico que anhela su anclaje a cada paso. Esos intervalos históricos nos presentan hechos y acontecimientos de gran interés, quizá difíciles de definir por quienes los estudian y más difíciles aún de identificar por quienes los viven, que suponen todo un reto para los historiadores. Son las etapas históricas más interesantes, indefinidas y misteriosas de todas las conocidas, donde se desarrollan debates culturales riquísimos y donde realmente se mide el pulso de una civilización. La dificultad estriba en ser capaces de establecer el tiempo transcurrido entre un «¿Cuándo acabará esto?», hasta el definitivo «¡Cuéntame cómo pasó!». Su poder, en que el tránsito es lo más interesante del viaje. ¿Qué otros hitos abandonados en el camino pudieron haber supuesto un severo cambio de los resultados?

Tal vez nosotros, en este siglo XXI, estemos inmersos en uno de esos Tiempos Intermedios que estudiarán y analizarán los historiadores del futuro. Si fuese así, los historiadores de hoy tal vez no sepamos cómo definirlo, ponerle fecha o marcarle hitos, aunque sí podríamos contar como pasó. O como lo vivimos, al menos. Los Tiempos Intermedios parecen haberse ido acortando hasta llegar a ser hoy, la época de la inmediatez (he ahí un nombre para nuestra era), una sucesión de sombras más que de rastros, una continuación de paradigmas sin apenas distancia unos de otros, sucediéndose tan rápidos que casi no da tiempo a asimilarlos, estudiarlos, aceptarlos, asumirlos, digerirlos, mejorarlos… Darles nombre.

Pero los Tiempos Intermedios siguen existiendo, como en las festividades navideñas que, según el rito religioso, adelantan el inicio del nuevo año al 25 diciembre y lo posponen hasta el día de Reyes (la Epifanía del Señor) el 6 de enero. Su gran poder radica en que durante todos esos días (y aún más allá), sin temor a errar, podemos seguir deseando un ¡Feliz Año Nuevo 2026!

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