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Carlos Valades | @carlosvalades
Mario Banushi, el director greco-albanés, es la nueva promesa del teatro europeo. A pesar de su juventud, Mami, madre en albanés, es su tercer montaje. Mario fue criado por su abuela en Albania, ya que su madre tuvo que emigrar a Grecia a ganarse el pan, de manera literal, ya que montó una panadería en Atenas. Su infancia rodeado de mujeres, le ha influido enormemente en sus creaciones, donde la figura materna está siempre presente. Banushi se reunió con su madre en Atenas en la adolescencia y allí fue donde comenzó a labrarse una carrera como director.
Mami es difícilmente clasificable. Podría encuadrarse tanto dentro del teatro, como en una performance o quizás en la danza, aspectos de los que bebe. A veces se le ha comparado con Peeping Tom o con Dimitris Papaioannou. En cualquier caso, sus creaciones son siempre sin texto. La palabra está ausente. Mami es una sucesión de escenas pictóricas, donde lo onírico se abre paso como una pintura negra de Goya, o como el expresionismo de Gutiérrez Solana. Todo transcurre con calma, como en una pesadilla.
La escenografía representa el exterior de una casa a las afueras de algún sitio en medio de la nada. Tan solo una farola ilumina un camino de tierra que atraviesa el escenario. De la casa sale una mujer embarazada para depositar una bolsa de basura en la más completa negritud. Vuelve a entrar en ese cubículo y en sus alaridos reconocemos los brutales sonidos de un parto. De allí también sale una anciana a la que tiene que asistir su hijo, cambiándole los pañales y dándole de comer. Todo en crudo, sin ahorrarle nada al espectador. Las escenas se van sucediendo en lo que parece ser la vida de una mujer, desde su nacimiento a su muerte. La puesta en escena es hipnótica, se sugiere más que se muestra. Los cuerpos desnudos luchan, se abrazan, se retuercen con una estética impecable. La compañía es heterodoxa, formada por personas provenientes del mundo de la danza o la interpretación, e incluso sin experiencia alguna. Todos son extraordinarios. Asimismo, la iluminación es exquisita. Una urna de metacrilato como símbolo del paso hacia la muerte, un colchón como un gigantesco útero expulsa a Rómulo y Remo, o a Caín y Abel. Todo es susceptible de interpretación y cada espectador saldrá de allí con una idea posiblemente diferente a las del resto.
Todo eso es Mami, un patchwork surrealista que mezcla y agita unas imágenes potentísimas que perduran en la mente, manufacturando aristas escénicas cada vez más inquietantes, algunas dignas del sueño más bizarro de David Lynch.



