‘Utopía en llamas’, radiografía del putero
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Carlos Valades | @carlosvalades
El Utopía es un bar de alterne, un puticlub en el kilómetro 5 en dirección al polígono industrial. Podría pertenecer a cualquier ciudad o pueblo medianamente grande de España. A él acuden hombres dispuestos a pagar por tener sexo. También hombres que van a ser escuchados, a hablar con mujeres que no replican ni dialogan, tan solo asienten y sonríen. O chavales pasadísimos de vueltas a poner en práctica cualquier aberración que hayan visto en el móvil. Tal vez abuelos que van a follarse menores de edad, a sabiendas de que lo son. Quizás algún comercial que llevó a un pez gordo a cerrar la operación de su vida. Toda esta galería de personajes abyectos, componen el collage del puterío de la función.
Los monólogos se suceden intercalados con la presencia de Alda Lozano, cuyas zonas erógenas se van iluminando en función de la prostituta a la que esté dando vida
Alda Lozano, autora del texto y única interprete femenina, se encarga de dar voz a las mujeres silenciadas por la tragedia de estar siendo explotadas sexualmente, víctimas de la trata de personas, forzadas a prostituirse, engañadas desde sus países de origen con los cantos de sirena en forma de retribución en euros y una casa propia. Vestida con un traje ceñido y marcando las zonas erógenas cual zonas de despiece, la actriz narra las desventuras de todas las meretrices del Utopía. Niara, la prostituta que toma mayor protagonismo, es una niña africana vendida por su madre a los traficantes de personas con la esperanza de que la libren de los espíritus. Niara podría ser cualquier mujer que cruza el desierto en una camioneta, espera en Libia, posiblemente sea violada, cruza el Mediterráneo en cayuco y llega a las costas italianas. De ahí al puticlub español, con el pasaporte a buen recaudo del chulo y un préstamo que nunca terminará de amortizarse para recuperar la libertad.
Las habituales butacas de la sala son sustituidas por sillas o sillones, incluso algún chester, para que el público viva la experiencia inmersiva de estar junto a los puteros en el Utopía. La música latina, el humo y las luces tenues hacen el resto.
Los puteros van explicando uno a uno las razones por las que están allí. Los monólogos se suceden intercalados con la presencia de Alda Lozano, cuyas zonas erógenas se van iluminando en función de la prostituta a la que esté dando vida.
Roberto Hoyo, un poligonero puestísimo, sale y entra en escena moviendo mandíbula. Es el fiestero que termina la noche yéndose de putas con los colegas. Suya será la escena con más violencia soterrada.
Rafa Núñez, el proxeneta del club, interpreta también al padre de familia ejemplar que lleva toda la vida casado, pero que no duda en ir de vez en cuando al Utopía para probar carne joven.
Txabi Pérez, el putero contagiado por una ETS, le encanta contar sus problemas domésticos buscando una comprensión ficticia. Pide a la meretriz de turno cosas que su mujer ni se imagina.
Jorge Machín está estupendo como ejecutivo de medio pelo, un Richard Gere de barrio que se ilusiona con la creencia de estar viviendo una historia de amor. Maneja con mucha solvencia su monólogo salpimentándolo con pausas dramáticas y miradas desafiantes al público.
José Juan Rodríguez, el cuñado de palillo en boca, justifica sus actos con vehemencia, haciendo suyo el discurso del defensor de la existencia del lupanar.
En resumen, una obra de teatro que denuncia la prostitución como forma de sometimiento a las mujeres, especialmente a las migrantes, cuyas vidas son sometidas a todo tipo de vejaciones y violencia. Una puesta en escena que pone el foco en el cliente y del que desgraciadamente España es uno de los países con mayor número de personas que pagan por mantener relaciones sexuales. Sin ir demasiado lejos, ni buscar entre los archivos de Epstein, recordemos las palabras entre algún exministro y su asesor, recomendando a la Carlota, que se enrolla que te cagas.