'Un tranvía llamado deseo', la sensualidad de una camiseta abanderado
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Carlos Valades | @carlosvalades
Hay escritores que se ocultan, se parapetan detrás de sus párrafos, haciendo imposible dilucidar algo mínimamente personal en sus creaciones. Y luego hay otros que se exponen, se muestran dejando que sus líneas nos dejen imaginar sus traumas, sus obsesiones y la manera en que fueron criados. No hay duda de que Tennessee Williams pertenece a este segundo grupo. Murió de forma trágica, excesiva, como muchas de sus obras, asfixiado por el tapón de un colirio que intentaba abrir con los dientes. Nació en una buena familia sureña. Su hermana Rose, a la que se sentía muy apegado, pasó gran parte de su vida en hospitales psiquiátricos y le practicaron una lobotomía que la dejó incapacitada para el resto de su vida. Tennessee nunca se lo perdonó a sus padres.
Un clásico atemporal del teatro del siglo XX, una obra maestra que nos habla de los inadaptados y la facilidad con la que el sistema tritura vidas al límite
Esta versión que dirige David Serrano se separa de la versión cinematográfica que dirigió Elia Kazan y se pega más al texto original. La película del año 1951 está protagonizada por el macho alfa Marlon Brando y por Vivien Leigh, que obtuvo el Oscar por su interpretación.
Blanche Dubois llega a casa de su hermana Stella porque se ha quedado sin trabajo y sin ningún otro lugar donde caerse muerta. Stella vive con su marido Stanley Kowalski en una casa del sur de Estados Unidos.
Pablo Derqui, en el papel de Stanley Kowalski, es el hombre rudo, áspero y violento que no duda en zurrar a su mujer a la mínima ocasión. Stanley, un ex militar más bien corto de entendederas, es el polo opuesto de Blanche, profesora de literatura y un alma sensible. El actor encarna al machirulo maltratador muy convincentemente. Lanza exabruptos, bebe a morro, escupe. Un gorila de manual. Nathalie Poza es Blanche Dubois, una persona que ha llevado una vida de apariencias, venida a menos, acomplejada por el paso del tiempo y que sufre el edadismo de las mujeres que no se han casado y aún siguen solteras en la América de los años cincuenta. Poza oscila entre la mujer maquiavélica y seductora, y la fragilidad de alguien aquejado de una enfermedad mental. Un delicado equilibrio que la actriz transita con sutileza. Blanche es una mujer en decadencia que ha optado por refugiarse en el alcohol y en sus delirios de grandeza. Quizás la Blanche de Un tranvía llamado deseo es el trasunto de Rose, la hermana de Tennessee. Las escenas se suceden como combates entre estos dos personajes antagónicos bajo un ambiente que se va haciendo cada vez más denso y opresivo. Blanche busca un asidero vital en la figura de Mitch, un hombre bonachón que vive con su madre, encarnado por un Jorge Usón que es la viva imagen de la ternura. María Vazquéz es Stella, una mujer que vive cegada por el amor y la sexualidad y que es capaz de aguantar la violencia que sobre ella ejerce Stanley. La actriz sufre por su hermana y disfruta de la carnalidad de manera muy convincente. Completan el reparto un siempre creíble Mario Alonso (inolvidable en Esta noche gran velada) y Carmen Barrantes como la vecina y amiga que siempre está ahí.
En resumen, un clásico atemporal del teatro del siglo XX, una obra maestra que nos habla de los inadaptados y la facilidad con la que el sistema tritura vidas al límite, un montaje ortodoxo y consistente con un plantel muy curtido donde se ponen de manifiesto conductas execrables que se normalizaban hasta antes de ayer. ¡Ah! Y con aire acondicionado…