martes. 18.06.2024
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A partir de la obra de Federico García Lorca
Dirección: Carlos Marquerie
Dramaturgia: Pedro G. Romero y Carlos Marquerie
Dirección musical, arreglos y composición música original: Niño de Elche
Coreografía: Elena Córdoba
Con: Niño de Elche, Elena Córdoba, Manuel Egozkue, Clara Pampyn, Jesús Rubio Gamo y Enrique del Castillo

Marta Olivas | 

Decía Lorca que “El teatro es la poesía que se levanta del libro y se hace humana” y que, “al hacerse, habla y grita, llora y se desespera”. La visión que Carlos Marquerie ofrece de Poeta en Nueva York intenta precisamente eso: encarnar escénicamente la indignación, el desgarro, la frustración, el desarraigo o la pasión que emanan del celebérrimo poemario surrealista. Sin embargo, algo se rompe entre el escenario y el patio de butacas… La emoción –y la conmoción– que despiertan en el lector las imágenes y metáforas lorquianas no parecen aflorar en las composiciones del montaje –algunas de ellas indudablemente alineadas con la estética del granadino–, tampoco en la voz –indudablemente bien controlada– del Niño de Elche o por el diseño de iluminación –indudablemente brillante, como acostumbra– del propio Carlos Marquerie.

El espectáculo, dividido en seis cuadros a partir de seis poemas, resulta arduo y propone una lectura que añade complejidad a unos textos que son complejos per se. Esta apuesta por el surrealismo al cuadrado amplifica la distancia con el público y llega, en ocasiones, a abrumarlo hasta el punto de dejarlo sin asideros para el disfrute. La incomprensión –y la confusión– de determinadas ideas o su encaje con los textos que las alumbran genera una peligrosa frialdad.

Sin embargo, es de justicia señalar que Lorca aparece en muchos momentos: está en las marionetas creadas a partir de sus ilustraciones para el poemario (desarrolladas por Carlos Marquerie, David Benito y Raquel Cervilla), está en determinadas músicas, pero, sobre todo, está en la palabra. Uno de los momentos más memorables del montaje fue la declamación de la “Oda a Walt Whitman” por parte de Jesús Rubio Gamo. Un escenario vacío, un actor… y mucha luz y oscuridad. Quizá no hacía falta más. Las propuestas a partir de otros poemas no fueron tan convincentes para quien escribe, tal ocurrió con el “Paisaje de la multitud que orina”; la báquica y estridente “Danza de la muerte”; la superposición del “El rey de Harlem” con la versión de “Strange fruit”  de Billie Holiday o la interpretación “cachiporresca” de “Asesinato (Dos voces de madrugada en Riverside Drive)” que, más que recuperar la pulsión trágica del “Diálogo del Amargo” apuesta por una comicidad y el final a palos propias de las farsas para guiñoles.

El montaje rebosa creatividad, talento y, desde luego, un profundo respeto e indagación en el autor y su mundo

El montaje rebosa creatividad, talento y, desde luego, un profundo respeto e indagación en el autor y su mundo. Sin embargo, por algún motivo –que tiene que más que ver con la interpretación subjetiva que alguien hace de un texto y su distancia con respecto a la que recibe de un tercero– no termina de arrancar y resulta, en algunos momentos, abigarrado, confuso y, más que sugerente –que también–, hermético e inaccesible.

Con todo, Poeta en Nueva York bien vale una misa: la valentía a la hora de realizar la dramaturgia o el diseño del espacio escénico de Max Glaenzel ameritan una visita a las Naves del Español para retarnos a nosotros mismos e intentar convertirnos en ese público que Lorca reclamaba tanto: un público que abrazase el “teatro bajo la arena”. Sin duda, Marquerie y su equipo forman parte de ese tipo de espectadores audaces y creo que decir esto no es decir poco.

Un intento de “teatro bajo la arena”: 'Poeta en Nueva York', de Carlos Marquerie en...