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Carlos Valades | @carlosvalades
Después del éxito de la temporada pasada, vuelve al Teatro Español Luces de bohemia, el clásico de Valle Inclán, hipervitaminado y mineralizado con un mega plantel de veinticinco actores y actrices. Eduardo Vasco dirige una versión a todo trapo, con una cuidada puesta en escena y una escenografía de lujo.
Max Estrella y don Latino de Hispalis, Quijote y Sancho de la noche madrileña, salen de tabernas por una ciudad oscura y peligrosa, recorriendo los bajos fondos de la capital, visitando tugurios llenos de personajes indeseables. La puesta en escena es un descenso al fin de la noche, un vía crucis laico y alcohólico. La obra se mueve en una penumbra constante, como si Madrid entero estuviera a medio apagar, y los personajes transitaran no tanto por calles reales como por estados del alma. Aquí hay desgaste, hambre y sarcasmo, los ingredientes del perfecto esperpento.
Acierto del director en la utilización de la música en directo. Un contrabajo, una guitarra y un piano contribuyen a realzar el ambiente chusco y tabernario de la noche madrileña.
En ese territorio inhóspito se alza la interpretación de Ginés García Millán como Max Estrella, eje gravitacional del montaje. Su Max no es un poeta ciego caricaturesco. Es un hombre agotado, pero no vencido, cuya lucidez aumenta con cada gota de alcohol, un Homero castizo y borrachín. García Millán construye al personaje desde lo humano. Todo en él parece surgir de una inteligencia herida, de alguien que ya no espera nada. No tuvo reconocimiento a su lírica y ahoga sus penas en el fondo de un vaso que refleja al esperpento. Hay en su interpretación una tristeza seca, sin melodrama, que vuelve aún más afiladas las sentencias valleinclanescas, apuntando con la punta de su bastón y disparando contra todo y contra todos en la podrida sociedad española de la época. El actor consigue meterse en la piel de un ciego de manera veraz, alcanzando momentos muy bellos, como el encuentro y posterior despedida de Mateo, el preso catalán condenado a muerte.
Frente a él, el Don Latino de Antonio Molero funciona como un contrapunto magistral. Su personaje es un superviviente, un parásito entrañable y repulsivo a partes iguales, un buscavidas que ejerce de lazarillo del maestro poeta. Una mezcla irresistible de Sancho Panza y de pícaro sabelotodo. En la relación con Max se establece una tensión constante entre la camaradería y la traición latente. Esa química entre García Millán y Molero es uno de los grandes aciertos del montaje. Hay tanta dependencia como desprecio. Don Latino orbita alrededor de Max como un satélite oportunista y cabroncete.
García Millán construye al personaje desde lo humano. Todo en él parece surgir de una inteligencia herida, de alguien que ya no espera nada
El resto del elenco acompaña con maestría este viaje nocturno. Los personajes secundarios aparecen como estrellas fugaces, brillando y dando empaque a la obra. Cada intervención, forma parte de un retablo mayor, de una España deformada donde nadie sale bien parado.
Destaco el acierto del director en la utilización de la música en directo. Un contrabajo, una guitarra y un piano contribuyen a realzar el ambiente chusco y tabernario de la noche madrileña.
Este reestreno en el Teatro Español confirma que Valle-Inclán sigue siendo un autor vigente que supo reflejar, en esos espejos cóncavos y convexos del Callejón del gato, la deforme realidad de tiempos pretéritos y actuales. Para botón la conversación en la que un sepulturero le espeta a su compañero: “En España el mérito no se premia. Se premia el robar y el ser sinvergüenza. Se premia todo lo malo”. Amén.


