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Carlos Valades | @carlosvalades
Corría el año 1988 cuando Miguel Narros dirigió su versión de La malquerida. Entonces, una joven Aitana Sánchez-Gijón interpretaba a Acacia, la joven protagonista de este drama. Hoy, casi treinta años después, Aitana interpreta a Raimunda, la madre de Acacia. Para ponernos en antecedentes, la obra fue estrenada en 1913 en el teatro de la Princesa, hoy María Guerrero. Escrita por Jacinto Benavente, ilustre premio Nobel de literatura, apela a un mundo agropecuario sumido en servidumbres atávicas, fe católica y relaciones casi feudales. Es muy posible que Lorca se inspirase en este tipo de textos para Bodas de sangre, tragedias rurales en una España llena de supercherías, timorata y pueblerina.
Lo mejor es constatar la grandeza de la gran Aitana Sánchez-Gijón al enfrentarse a un mismo texto, primero como Acacia y casi treinta años después, como Raimunda
La directora, Natalia Menéndez, con la colaboración del dramaturgo Juan Carlos Rubio, trasquilan el texto para dejarlo en lo más esencial, suprimiendo expresiones de la época y algún personaje secundario, reduciendo también la duración del espectáculo. Por esquilmarlo, le han suprimido hasta el artículo La, dejando el título en Malquerida.
El argumento es de sobra conocido: En casa de Raimunda, viuda y casada en segundas nupcias con Esteban, se celebra la pedida de mano de su hija Acacia por parte de Faustino, el hijo del tío Eusebio. Acacia, que se casa sin ilusión casi por el qué dirán, hubiera preferido una boda con su anterior novio Norberto, confesión que le hace a su madre tan pronto el novio y su familia abandonan la casa. Se escucha un disparo y se oyen gritos. Faustino ha muerto y todo el pueblo piensa que el criminal es Norberto, despechado. A partir de ahí la trama se va desenredando, dejando al descubierto una serie de pasiones ocultas y sentimientos a flor de piel.
Aitana Sánchez-Gijón es la piedra angular sobre la que gira todo. Su actuación es de enorme fuerza cuando tiene que dejarle claras las cosas a Acacia, cosas que están “metidas en repúblicas”, o cuando debe amilanarse frente al amor de su vida, su segundo marido Esteban, interpretado con demasiada contención por Juan Carlos Vellido. Quien se roba todas las escenas es una estupenda Goizalde Núñez, que interpreta a Juliana. Con una vis cómica a prueba de balas, sus expresiones y sus maneras escénicas hacen reír al patio de butacas. También Lucía Juárez como Acacia está espléndida. Su arco de personaje es el más complejo y su interpretación es quizás la más completa del plantel actoral.
El principal problema de esta función es el abrupto final, que está ejecutado de una manera demasiado rápida por lo que se deja entrever a lo largo de toda la obra, provocando en el espectador el efecto contrario al que se pretende en una tragedia. Todo se resuelve de forma poco creíble y a velocidad de vértigo. El texto es el texto, pero tal vez se deberían dejar guías en el camino que vislumbren la apoteósica anagnórisis.
Lo mejor de Malquerida es constatar la grandeza del teatro, dejando a la gran Aitana Sánchez-Gijón la oportunidad de enfrentarse a un mismo texto, primero como Acacia, hija iracunda y en lucha contra el mundo, y casi treinta años después, como una espléndida y madura Raimunda, madre torturada y doliente.



