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Carlos Valades | @carlosvalades
Las teorías de la conspiración han formado parte de determinados sectores de la población, llegando a su culmen el 2020 cuando el coronavirus campaba a sus anchas en todo el mundo y las personas nos atrincherábamos en casita por orden gubernamental. Las había de lo más variopintas, siendo la de los chemtrails mi favorita. En esa línea, el dramaturgo Ignacio García May incluye Esencia dentro de otras seis obras más, en lo que él ha llamado “El teatro de la conspiración”.
Un diálogo que revela hilos ocultos de memoria, poder, lenguaje y manipulación
La obra parte del encuentro casual entre dos amigos que hace más de diez años que no se ven. La casualidad hace que coincidan en el mismo restaurante y lo celebren con una buena conversación en la que se ponen al corriente. Juan Echanove es Pierre, profesor universitario y Joaquín Climent es Cecil, un escritor de best sellers sin pena ni gloria. Cecil confiesa a Pierre que está en ese restaurante porque ha quedado con Baltasar Cron, un escritor de culto al que nadie ha visto, en la línea de Pynchon o Salinger, para hacerle la primera entrevista que concederá en su vida. La única obra de ese misterioso autor es “Náufrago” y ha servido para encumbrarle como una estrella en el firmamento literario. A partir de ahí la conversación entre ambos personajes se torna en una muñeca rusa, un juego de espejos en lo que nada es lo que parece, un duelo interpretativo al estilo de “La huella”. Un diálogo que revela hilos ocultos de memoria, poder, lenguaje y manipulación.
Juan Echanove ofrece uno de sus trabajos más sólidos en los últimos tiempos. Exhibe una gama de gestos en los que siempre gana la sutileza a lo físico. Firme y autoritario, loco y desquiciado, muestra una gama de registros en un equilibrio notable. Por su parte, Joaquín Climent, como Cecil, el escritor de best sellers, ofrece un contrapunto creíble y complementario. Su personaje tiene el carisma del autor exitoso que parece dominar el relato, pero también la vulnerabilidad de quien empieza a darse cuenta de que quizá no entiende del todo el juego en el que está involucrado.
La dirección de Eduardo Vasco potencia todo ello sin distracciones innecesarias: el ritmo está medido, la iluminación acompaña más que dirige, y el montaje evita el subrayado fácil.
El texto de García May exige ese grado de responsabilidad interpretativa: no se trata solo de recitar bonitos pasajes, sino de sostener una atmósfera con lo mínimo: una mesa y dos sillas. También es exigente con el espectador, pero no es denso. Las frases van zurciendo la trama, los giros se suceden y a veces no sabemos quién es quién. El dramaturgo juega con nosotros al escondite, en un juego inteligente y gozoso. En resumen, un montaje que nos hará reflexionar sobre qué es la realidad en la era en la que más información tenemos, pero en la que paradójicamente desconocemos la verdad.



