'El desconocido'. ¿Hogar, dulce hogar?
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Carlos Valades | @carlosvalades
El montaje de El desconocido en la Sala Margarita Xirgu del Teatro Español es una apuesta de Eduardo Vasco por rescatar una voz literaria que, a pesar de su prestigio en los años cincuenta, ha quedado demasiado tiempo en silencio: Carmen Kurtz. La adaptación de Yolanda Pallín, bajo la dirección de Laura Garmo, convierte la novela ganadora del Premio Planeta 1956 en una pieza teatral íntima, capaz de dramatizar la herida profunda de los reencuentros imposibles.
La novela original de Kurtz parte de un momento histórico concreto: la llegada al puerto de Barcelona del buque Semíramis en 1954, con soldados de la División Azul que han sobrevivido al cautiverio soviético. En la adaptación no se trata de glorificar un episodio militar, sino de explorar las consecuencias humanas, especialmente el choque entre el pasado idealizado y el presente transformado. Antonio, un abogado de éxito al que no le falta nada en lo material y en lo sentimental, decide dar un salto al vacío e irse a vivir lo que él considera aventuras extremas, pero que en la realidad es ir a una guerra. Dominica, su mujer, se queda a los diecinueve años esperando su regreso en casa de los padres de Antonio, desempeñando la figura de sufrida esposa y una especie de hija adoptiva/nuera.
Pallín traduce el lenguaje de la novela en escenas teatrales que incluyen tanto lo que los personajes dicen, diálogos cargados de reproches o ternura, como lo que piensan, esas reflexiones internas que Kurtz narraba en prosa.
La estructura temporal de la obra es flexible: no se limita a un flashback lineal, sino que hay saltos, evocaciones, momentos que sugieren más que explican, reforzando que la memoria no es exacta, el pasado no es un lugar al que volver con determinadas certezas.
La directora juega con el paralelismo homérico. Dominica es una Penélope que espera en casa de sus suegros el regreso de Ulises que está pasándolas canutas en un gulag ruso. El héroe que regresa es una persona diferente a la que se fue, sufriendo el síndrome de estrés post traumático, lleno de miedos e inseguridades. En cambio, Dominica es una mujer que ha evolucionado, que ha resistido la ausencia construyendo su propia identidad.
El elenco es reducido, centrado en Antonio (Toni Agustí) y Dominica (Ángela Boix), con personajes secundarios bien medidos: la madre (Elena González), el padre (Mariano Llorente), el compañero de desgracias Germán (Víctor Antona) y el hermano de Antonio (Paco Flores).
Agustí y Boix forman un tándem creíble. Él, en su retorno, no es el hombre que se fue: su mirada es oscilante, su voz a veces distante, sus gestos densos de culpa y confusión. Ángela Boix, por su parte, no es simplemente una esposa sufrida. A veces confundida, otras anhelante de la persona con la que se casó, también coqueta y seductora, maneja una gran variedad de registros.
La escenografía de Blanca Añón apuesta por la sobriedad, lo suficiente para evocar la vivienda de Dominica y Antonio sin recurrir a decorados excesivamente recargados. La línea azul del mar divide espacialmente todo el escenario. Hay un uso muy inteligente del espacio escénico y de los paneles móviles que representan la cantidad de lugares en los que transcurre la obra.
El vestuario de Mónica Teijeiro contribuye a situar la acción en la España de los años 50, con austeridad y realismo: ropa modesta, colores apagados, cortes discretos que reflejan el momento histórico.
La iluminación (Pilar Valdelvira) y la música/sonido original (Benigno Moreno) juegan un papel clave en la conducción emocional de la obra. La luz muchas veces es tenue y el sonido actúa de contrapunto: melodías contenidas, efectos discretos, y un uso eficiente del silencio sonoro.
A veces la puesta en escena peca de cierta lentitud. Todo procede de la dificultad añadida de adaptar textos que fueron concebidos como narrativos y que sufren en su paso a las tablas y en los que, si se quiere mantener la profundidad de la novela, hay que sacrificar cierta rapidez narrativa.
El espectáculo es un acto de recuperación literaria: rescatar a Carmen Kurtz significa reivindicar voces femeninas y memoria histórica. Cuando todos recordamos el regreso a Ítaca de Ulises después de tantas dificultades, cabe preguntarse por las cicatrices que quedan en la pareja separada, donde no solamente hay que celebrar la vuelta del héroe traumatizado, sino el papel de una mujer cuya vida se pone en una eterna pausa y cuya espera nunca se valora lo suficiente.