jueves. 04.06.2026
TEATRO

‘Euforia y desazón’, postales desde el margen

En el teatro convencional los personajes se explican por lo que dicen. Aquí la palabra es para disimular, para esquivar.

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Carlos Valades | @carlosvalades

Todo en este montaje desobedece lo normativo. Para empezar, el creador y director, el argentino Sergio Boris, ha tardado más de dos años en el proceso creativo de Euforia y desazón, lo que socava toda lógica económica de cualquier productor teatral. Los primeros siete meses los dedicaron a la improvisación, sin un texto previo. El entramado se consigue por la atmósfera que se va creando entre los cuerpos. El conjunto procede de la investigación, de los ensayos, de la interacción entre los actores. En el teatro convencional los personajes se explican por lo que dicen. Aquí la palabra es para disimular, para esquivar. Lo que nos encontramos es puro azar. En los primeros ensayos partieron del libro Jakob Von Gunten, de Robert Walser, que fue la simiente de esta investigación teatral devenida en montaje.

Reivindico la valentía de un proyecto a contracorriente de toda lógica comercial, una obra teatral que apuesta por lo no convencional

En Euforia y desazón, la acción se sitúa en una academia para adultos que sirve también de taller de reparación de ruedas de automóvil. Laura, la directora del centro acaba de ser hospitalizada por consumir pegamento para neumáticos. Su marido Aguiles (Sebastián Mogordoy) maneja como puede el centro. Amanda (María Hernández Giralt), la hija adoptiva de Laura llega para poner un poco de orden en la escuela. Selva (Cristina Mariño) y Carlos (Eric Balbás) son hermanos de Aguiles. Tenemos a un quinto personaje, Elián (David Teixidó), el eterno repetidor, estudiante de administración y ayudante ocasional de Aguiles.

Todos ellos son perdedores, gente que vive en la cara B de una sociedad que les desprecia y arrincona, seres marginales que viven en los arrabales de las afueras de una ciudad: el lumpen. Los personajes son gente necesitada de amor, de atención, de importarle a alguien, de sentir que no están solos en este mundo que le ha arrojado a la esquina, anhelan un abrazo, una caricia, o que alguien les rasque ese lugar inaccesible de la espalda.

Todo ese coctel tiene lugar en la asombrosa escenografía de Gabriela Aurora Fernández, que tiene tanta importancia como uno de los personajes en escena. Todo es abigarrado, muy prolijo, pero a la vez necesario, nada es casual. Un calentador que no funciona, una bañera cochambrosa, un tocadiscos que va a menos revoluciones, un compresor, los neumáticos por aquí y por allá…

Las interpretaciones son soberbias. Las de todos los personajes. Te hacen sentir lástima, repugnancia, empatía, amor, todo en el reducido espacio de noventa minutos. En ese arco temporal todos los personajes atraviesan emociones y estados anímicos muy extremos. Ninguno termina como empezó y eso es de un valor escénico incalculable.

Desde aquí, reivindico la valentía de un proyecto a contracorriente de toda lógica comercial, una obra teatral que apuesta por lo no convencional. Un montaje que no se apoya en el texto, y en el que a veces, no hay que pedirle la comprensión de la totalidad, sino que simplemente hay que sentarse y dejarse llevar de la mano por los oscuros lugares de unos personajes a los que la sociedad detesta, pero que muestran una humanidad más pura que muchos de nosotros. 

‘Euforia y desazón’, postales desde el margen