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jueves 26/5/22
RELATOS | CARMEN BARRIOS

Tango

Es él, Fabio, su pareja de tango, su amor verdadero, ¿acaso no recuerda ella las tardes infinitas de aquél verano de 1955, cuando se prometieron amor eterno?

Es domingo y se encuentra otra vez ante el espejo. El calor de primeros de julio es sofocante en Madrid, una ciudad en la que el asfalto ha ganado tanto terreno, que hasta los bancos que se colocan en las aceras son de cemento. Por fortuna, su casa está situada en un lugar privilegiado. Vive en uno de esos pisos antiguos y de techos altos de la calle Alfonso XII, frente al parque de El Retiro. Fabio se mira al espejo de su habitación, envuelta en una tenue penumbra que evita que el calor de las seis de la tarde inunde la estancia. Su desnudez se refleja en un escorzo de claroscuros que le proporcionan el aspecto de uno de esos santos envejecidos y enjutos pintados por El Greco. Pero todavía conserva ese porte altivo y elegante de dandy, que con la ropa adecuada sigue haciendo de él un hombre atractivo a pesar de que ya pasa de los setenta años. Los domingos por la tarde, vestirse se ha convertido en un ritual. Primero los calzoncillos de hilo, suaves como la seda. A continuación la camisa de popelín azul claro y el traje de lino crudo, que tanto le favorece. Los zapatos, lo último. Cuero fino de tafilete crema, con cierto tacón para marcar bien los pasos. Está listo, esta vez no se pondrá su pañuelo anudado al cuello, ni su sombrero. No quiere parecer excéntrico, ni anticuado.

Cuando el reloj de pared del salón marca las siete de la tarde sale por la puerta de su casa. Camina sin prisas hasta la entrada del parque más cercana y se dispone a dar un agradable paseo hasta el templete de El Retiro, donde acude los domingos por la tarde, desde hace un par de meses, a bailar el tango. Un grupo de amigos argentinos ha tenido la feliz idea de juntarse allí a danzar como los malditos y, desde mediados de mayo, cada tarde de domingo crece la pasión por el tango y gana adeptos, convirtiendo el templete en un salón de baile improvisado donde no importa acudir sin pareja, porque cualquiera puede encontrar alguna persona con la que deslizarse unos pasos sin importar edad o condición.

Conforme se acerca al lugar, y las frases de los tangos de Gardel se intuyen en el aire, siente cómo surgen alitas en sus pies y prende en su cuerpo la ligereza de un Hermes dotado de habilidades imposibles para su edad. Todo vuelve a ser como antes. Sube las escaleras del templete casi sin pisar los peldaños, elevado por la música y con la idea fija de volver a sujetar la cintura de Claudia, su Claudia.

Fabio recuerda la primera vez que subió a aquel templete. Ocurrió en 1981, una lluviosa tarde de otoño cuando estaba recién llegado de Argentina. Entonces todavía era un hombre relativamente joven. Su país se había tornado rancio. La muerte campaba por las calles vestida de etiqueta, enfundada en rigurosos trajes grises de chaqueta y corbata y conduciendo un coche americano en el que se trasladaba a los “chupados” a un lugar fuera del tiempo y del espacio. Cualquiera podía ser cazado, hasta un profesional de éxito como él. Pero sobrevivió, y la oportunidad de venir a España para hacerse cargo de la herencia de su tío abuelo Justo le abrió la puerta a una nueva vida. Así llegó a aquella casa magnífica, donde se acomodó, cayendo en las dulces garras de una derrota existencial que le invitaba a ver pasar los días y a olvidar.

Su vida en España había sido fácil, rutinaria. Pero cuando se jubiló, esas rutinas que imponía el trabajo se rompieron, dando lugar a una soledad casi sofocante, y donde el pasado ha vuelto a colarse por la puerta de atrás de su consciencia. Un mundo perdido en lo más recóndito de su memoria vuelve a incordiar sin misericordia y se pasea por la almohada de su cama como si no hubieran transcurrido casi treinta años de aquello. El presente se torna oscuro y regresa a un lugar fétido, donde ruidos de desgarro cierran el futuro a cal y canto. Oye gritos perdidos, portazos y golpes en medio de una nada podrida, de la que se salva únicamente si ella aparece para rescatarlo del horror, y llevárselo prendido de su frágil talle a un lugar iluminado con farolillos de colores, donde la música mece los cuerpos de los jóvenes en medio de la plaza de un barrio porteño. Después yace tendido sin poder recuperar el dominio sobre sí mismo durante horas. El día en que lo secuestraron los milicos se rompió su vida, su equilibrio. Su reloj vital se paró en aquellos pasos de tango, en ese lugar perdido de un Buenos Aires muy lejano. Aferrarse a ese recuerdo dulce le permitió sobrevivir en los peores momentos de su cautiverio y ahora vuelve para librarle de nuevo de sus pesadillas.

Los domingos de tango le han devuelto esa silueta frágil, sujeta con una leve presión en la curva de la cintura, que se desvanece entre sus dedos con cada latido y su contacto vuelve a acariciar su paso por la vida. Bailar retorna el tacto a sus pies, fragancias a su olfato y ha puesto en fuga el ruido de su cabeza, ahora ocupada por una melodía envolvente que guía sus pasos.

Se mira las palmas de las manos con detenimiento. No puede controlar el leve temblor que las agita justo antes de saltar a la pista. Alza la vista, se clava en su pupila una figura recortada por la luz del atardecer que le hace vibrar como si tuviera 17 años. Es ella, está ahí, tan menuda, tan armoniosa como siempre, con el pelo recogido en una coleta alta, con ese perfil inconfundible. Es real, se ha escapado de sus sueños de puntillas para que nunca más dance solo. Lleva los zapatos negros de pulsera y tacón cuadrado que él le regaló “para bailar el tango fundiditos en uno”, -le susurró él al oído el día que se los entregó-. Comienza a sonar la música, la voz inconfundible de Alberto Montero convoca la melancolía con voz callosa, casi radiofónica, de otra época, mientras avanza hacia ella resuelto a volver a sujetar su talle con el tacto de algodón de los que sufren: “La lluvia de aquella tarde/ nos acercó unos momentos/ corriste, me saludaste y no te reconocí/ En el hall de un gran cinema/ te cobijaste del agua/ entonces ví con sorpresa/ tu incomparable perfil…”. A medida que se acerca, su cuerpo viejo recupera la fortaleza de los inmortales:

-“Hola, Claudia, querida, cuánto tiempo…¿bailás?…”.

-“Claro que sí, a eso vine viejo,… pero mi nombre es Elsa”.

La muchacha le mira a los ojos y se deja conducir por los brazos de Fabio, que sigue pronunciando el nombre de Claudia muy bajito, en un susurro apagado por la música.

Fabio es famoso entre las mujeres que acuden al templete. Es un bailarín excepcional, concienzudo, cadencioso, que sabe marcar cada ritmo y guiar a su pareja con un impulso leve, pero con la firmeza de los danzarines experimentados. Todas quieren bailar con él, porque tiene ese aire distinguido de los hombres que saben regalar una elegancia felina en cada movimiento y a pesar de su avanzada edad despliega una agilidad precisa que las conduce por la pista como si flotaran, acariciando la superficie del pavimento con la punta del pié. Además, la sospecha de un amor perdido le hace misterioso y tierno, encarna a la perfección el espíritu del tango.

-¿Quién es Claudia? -se preguntan todas-.

-¿Por qué insiste en negar su nombre? -se pregunta él-.

-¿Con cuántas mujeres tendrá que bailar el viejo para darse cuenta de que Claudia no es ninguna de ellas? -se preguntan algunas-.

-¿Cuántas veces tendrá que sacarla a bailar para que recuerde su nombre? -se pregunta él-.

-¿Por qué se muestra así, tan desdeñosa?-

Es él, Fabio, su pareja de tango, su amor verdadero, ¿acaso no recuerda ella las tardes infinitas de aquél verano de 1955, cuando se prometieron amor eterno?

Tango
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