miércoles 8/12/21
freddie mercury

Este 24 de noviembre se cumplen 30 años de la muerte de Freddie Mercury...

La diferencia entre la mediocridad y la excentricidad la marca la genialidad. Con la aplicación de los parámetros de hoy con propaganda y un buen marketing sobra el talento. Por eso, en nuestros días abundan y campan a sus anchas mediocres y excéntricos en la sabana del artisteo.

Hay anécdotas grandiosas que vuelan hacia el reino de la categoría para perpetuarse allí como un monumento, como una profecía. 13 de julio de 1985. Siete menos veinte de la tarde. El Estadio de Wembley abarrotado hasta el infinito. Se cantaba y se vibraba contra el hambre en África en hermosa y rítmica contradicción humana de un macroconcierto benéfico -el género humano no tiene remedio ni perspectiva-. Está claro que la percepción folclorizada de la desgracia es otro triunfo de la sociedad de masas. No obstante, iban a caer veinte minutos maduros del árbol de la vida con la luz de la eternidad. Probablemente la mejor actuación de Queen en toda su carrera.

El barítono del rock salió al escenario con el entusiasmo de un principiante, expiado, redimido, espiritualizado, la corporeidad y la terrenidad empezaban a ser un obstáculo. El sida era todavía un maldito fantasma y su ninfa vocal estaba viva y era hermosa por siempre en el bosque encantado de los mitos. Vestido con una camiseta blanca de tirantes, vaqueros claros (listos para ser comercializados), y el brazalete de tachuelas sujeto a su brazo derecho, casi traslúcido, ligero de equipaje, y el micrófono bien agarrado, preparado para entrar en el Infierno o en el Cielo. Eso era irrelevante porque la música era poder y cetro.

La música popular de la segunda mitad del siglo XX y de lo que llevamos de XXI ha cargado con las cruces de los escándalos, de las drogas, del alcohol y de la insatisfacción vital. Y en esa trastienda tenebrosa se ha forjado indistintamente su tragedia y su leyenda. Freddie Mercury tuvo la heroicidad una tarde londinense de verano de sacarla de esa trastienda y santificarla en un escenario al mostrarla desnuda y seductora frente a nobles y plebeyos mientras en Sudán y en Etiopía se morían literalmente de hambre. Más allá de la filantropía y de la recaudación compasiva de fondos, Freddie Mercury le dio un sentido reivindicativo y estético al contrasentido combinatorio de hambruna descorazonadora y espectáculo musical.

Pasaron seis años de aquello y después de una vida desenfrenada de divo, la iconicidad homosexual buscó la quietud de un sueño profundo. Le tocó morir en su hogar aislado como un ermitaño y alejado de la bacanal y del mundanal ruido de la fama mientras la desesperanza le ladraba al oído y su cuidador personal le agarraba la mano, que es el último trozo de carne que nos sirve para aferrarnos a lo que está vivo.  Un hombre moribundo está solo, un hombre solo está moribundo. La muerte es el acto supremo de la soledad humana, cierra una biografía y abre la memoria. Es el canto silencioso que va a resonar por primera y última vez en tu cuerpo dedicado exclusivamente para ti. Es un himno sin letra al que no le cabría ni siquiera como contenido la fuerza de los excesos, de la extravagancia y del talento de Freddie Mercury.

El mundo se rige por normas escritas que parecen que lo hacen ligero y volante. Pero está sometido a escondidas a leyes no escritas que lo mueven como una pesada piedra rodante por la rampa del tiempo. Hay una ley infalible no escrita pero que está cantada: el show debe continuar.

El show debe continuar