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jueves. 11.08.2022
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En la sacristía, a aquella hora, estábamos nosotros solos. En la misma entrada, sentados en el suelo. Con nuestras cosas de tener quince años cumplidos, o casi. Afuera había gente, la gente mayor, haciendo una constitución, pero a nosotros nos bastaba con aprender a hacer reír y contarnos películas. También sabíamos esperar a los bailes del fin de semana en La Cuadra, al otro lado de la sacristía, ya casi fuera del borde de la iglesia. El Chispi salía de vez en cuando a hacer como que nos regañaba. A veces también nos contaba cosas de cuando la Guerra Civil que no entendíamos. Cosas que se iban quedando ahí, esperando a nuestras ganas de trauma. Y memoria. Los uachepé. Los hachepé. No sabíamos de que nos hablaba. (Ahora sí).

El Pelos, Manolo, Antonio… Jose, Juli, las chicas. Yo. Yo, mi-me-con-ellos. Nada de destruir la sociedad, nada de discotecas en ruinas ni de bailar hasta morir. Joe Crepúsculo igual ni siquiera había nacido aún.

Pero entiéndeme a lo que te voy, que diría Pepe… Pepe, que se me había olvidado. Bueno, no. También estarían Alberto y Bayo, pongamos. Y Teje.

Entra alguien y nosotros hacemos como que no estamos ahí. Luego lo vi en La vida de Brian. Lo de fingir que uno no está cuando le buscan. A nosotros no nos buscaba nadie. La señora quería hablar con Don Eusebio. Don Eusebio es el párroco. Era. Es mientras la señora nos pregunta sin esperar respuesta porque nos hemos mimetizado tan bien con el pasado que no somos nada de futuro ni tampoco un presente al que prestar atención. La cosa es que la señora entra. Yo la acabo de decir, medio muerto de risa, que pase, que Don Eusebio está dentro. Le podíamos oír.

Tardó poco en salir, la señora. Ni idea de si la había atendido alguien, pero lo que sí hizo fue despedirse de todos nosotros. Seríamos unos doce (nada de apóstoles), en una habitación, la salita de entrada a los despachos de la sacristía, a la sacristía misma, con sus hostias y sus cálices y sus vestidos y manteles. Y las cestas para recoger dinero en las misas. La señora nos dijo, gracias salaos. O algo así. Fue impactante. La habíamos causado buena impresión, allí, medio tumbados pegados a las paredes con el culo sobre el suelo de terrazo. 

Luego vendría, otra tarde como aquella, lo de las cestas a las que les faltaban pesetas. No dio para mucho. Don Eusebio hizo la vista gorda, sólo su sacristán, El Chispi, pasó varios días tratando de que le dijéramos quién se había quedado con aquellas pocas pesetas. Y duros. No dejamos de ir por allí. Mis amigos cantaban cada domingo en la misa de una. Siguieron haciéndolo. Yo me quedaba esperándolos. Creo que nunca fui a verlos en directo. Los escuchaba, más o menos, desde la entrada de la sacristía. Aquella Constitución acabó saliendo adelante. Nosotros también. El Pelos murió joven, eso sí. No en la juventud, pero joven. Nunca supe quién cogió aquellas pocas pesetas. Ni me importa.

¿Cómo se llamaban las chicas? 

Sacristía