martes. 23.04.2024
eclesiástico

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El demonio Gilberto junto con don Meffisto, hicieron un viaje a los avernos de Yucatán, de donde es originario el plato de la cochinita, para aprender a cocinarlo. Allí supieron que la palabra pibil significa enterrado, como estaban ellos, en el infierno, y que era una forma de cocinar los alimentos. Se enterraban las viandas en un hueco en la tierra con piedras y carbón encendidos, que le conferían un sabor muy especial. Además, en el caso de la cochinita pibil, se evisceraba un puerco, y se dejaba su carne a marinar en una mezcla de achiote, jugo de naranja y otras especias.

Ya en la tierra, el maléfico, se dedicó a observar el comportamiento del consejero espiritual del virrey, el obispo Ambrosio de Osuna y de Mendoza, y se dio cuenta de que en la sacristía bebía vino en demasía, por lo que decidió seguirlo y comprobó que acudía con asiduidad a visitar a una marquesa, de nombre Moderación, quien le hacía llegar sus invitaciones a través de un fraile lego a las órdenes del deán. También averiguó que en las frecuentes reuniones que tenía con la marquesa de Plantafen, se hablaba de los chismes de la nobleza española y mexicana, y que ésta utilizaba el brandy español, que recibía con frecuencia, para soltarle la lengua al pastor, y conocer las andanzas de sus paisanos.

El deán Ambrosio, de origen humilde, presumía entre los suyos, de sus relaciones con la aristocracia y comentaba entre risas cuando le decían que bebía demasiado, “que él solo bebía con moderación.”

También supo que el asesor espiritual era un hombre muy meticuloso en el control de todo lo qué hacía el virrey, y que vivía obsesionado por conocer cuánto sucedía en el Valle de México y pudiera ser de relevancia para la salvaguardia de los derechos de la Iglesia en ese país. Se tenía por un hombre sabio e inteligente y con aspiraciones muy altas puestas en la Iglesia española, e incluso en la romana, y que estaba en el nuevo mundo para hacer méritos y subir en el escalafón de los descendientes de san Pedro.

Después de todas estas averiguaciones y andanzas, que le llevaron algún tiempo, el maléfico Gilberto se hizo pasar por el pobre del obispo Ambrosio, para ser así recibido por este. Se vistió con andrajos, y doblando totalmente su pierna derecha, de forma que pareciera que le faltaba el pie, se hizo con una muleta para caminar. Además, dejó crecer su barba, y ayunó durante unas semanas para parecer famélico y depauperado.

Con un caminar lento y fatigoso, Gilberto se dirigió al palacio episcopal, pero antes decidió pasar por la catedral, pues necesitaba unas monedas para enseñarlas mientras mendigaba, y que como de costumbre, conseguía vaciando alguno de los cepillos de la catedral.

Moviéndose con grandes dificultades, pedía limosna a todo el que pasaba para no despertar sospechas. Sin embargo, un gato negro, con grandes y luminosos ojos amarillos, en cuanto lo vio, emprendió una veloz huida. Las seis mulas de un arriero que transportaba cargas de leña, rebuznaron aterrorizadas, se encabritaron y derribaron su carga, iniciando una loca carrera, produciendo el efecto de algo parecido a una pequeña estampida de equinos. Dos perros famélicos que se acercaron a su encuentro, y que en un momento inicial le ladraron, rápidamente y con el rabo entre las piernas gimieron apagando sus ladridos, y huyeron como si llevaran el diablo en el cuerpo. Al pasar por las cercanías de un gallinero, las gallinas enloquecidas emprendieron el vuelo chocando unas contra otras, y hasta unos zopilotes que estaban comiendo la carroña de un burro muerto, emprendieron el vuelo agitando con violencia sus alas, hasta llegar muy alto.

Unos pícaros mexicanos que observaban la escena, quedaron estupefactos y sorprendidos, y decidieron seguirlo en su camino hasta la puerta de la catedral.

Al llegar a la iglesia, los brijanes se ocultaron detrás de unas columnas para ver qué pillería iba a hacer ese cojo a quien no conocían, y que sospechaban deberían de aprender de él para subsistir. Observaron como éste, se acercaba hasta uno de los cepillos de la catedral, con gran facilidad lo vaciaba, y conseguía algunas monedas, para después iniciar con grandes dificultades el camino de salida, y dirigirse hacia el palacio episcopal. Pero su asombro fue mayor aun, cuando vieron que el susodicho, subía los peldaños de piedra de la escalinata con gran esfuerzo, y se dirigía a la puerta del mismo, tocaba tres veces la pesada aldaba de la puerta principal, y esperaba, hasta que un lego le abrió la puerta.

El secretario, viéndolo en tan lamentable estado, le preguntó que quería.

—Soy el mendigo don Rodrigo de Santamaría, le dijo el maléfico Gilberto, venido a menos por circunstancias de la vida, y soy el pobre del obispo don Ambrosio de Osuna y de Mendoza, que es mi benefactor oficial.

—¿Y qué quiere usted?, le preguntó sin dar crédito a lo que veía y oía.

—Vengo una vez al año desde Yucatán, a pedirle limosna, y a que me reciba y me dé su bendición.

—El obispo no está, así que márchese.

—No me iré hasta que se me reciba, pues soy su pobre oficial.

El secretario cerró la puerta, y el maléfico se quedó esperando todo el día a las puertas de la residencia. Volvió al día siguiente, obteniendo la misma respuesta.

Pero el tercer día, el pobre, se presentó en el palacio con un obsequio para el pastor.

—Llamó nuevamente a la puerta golpeando con fuerza la pesada aldaba y le dijo al secretario que le abrió que era el pobre don Rodrigo de Santamaría y que traía un obsequio para don Ambrosio.

—¿Qué obsequio es ese?, preguntó el secretario.

—Es un secreto entre él y yo, y nadie más debe de saberlo, le contestó el maligno.

El secretario insistió para que se lo diese, a lo que se negó Gilberto.

Poco después, salió Ambrosio, y el maligno se presentó, diciéndole que era el mendigo don Rodrigo de Santamaría, venido a menos por circunstancias de la vida, originario de Yucatán, y que le traía un obsequio muy apreciado en tierras españolas.

—¿Y qué regalo es ese?, quiso saber el deán, con extrañeza.

—Tengo que dároslo en ausencia de cualquier otra persona, dijo el maléfico.

Intrigado, le dijo que pasara, y lo condujo a una sala privada, mientras le decía al secretario que lo esperase fuera.

Allí, el maligno abrió el paquete, que contenía una botella de brandy de una gran bodega gaditana, y se la entregó al pastor.

—¿Dónde la has conseguido?, le preguntó don Ambrosio de Osuna y Mendoza asombrado.

Gilberto le dijo que la había comprado con el dinero mendigado en todo un año, y que solo por eso debería de abrirlo y probarlo.

Ambrosio mandó llamar a un sirviente, para que le trajera dos copas.

Y bebieron, y se sirvieron una copa, y después otra, mientras hablaban y conversaban y entablaban amistad.

Después Gilberto le dijo que tenía más botellas enterradas, en las cercanías del cerro de Iztataplan, al lado de una pequeña casa, y que lo invitaba a comer, pues había preparado un plato exquisito que se cocinaba enterrado, y que era originario de su tierra natal, Yucatán, razón por la que sabía prepararlo muy bien.

—¿Que plato es ése?, le preguntó el deán.

—Es un asado de cerdo. Un puerco entero, sin las vísceras, se adoba en achiote y jugo de naranja, se envuelve en hojas de plátano, se deja marinar, y se cuece en el interior de un horno de tierra y de piedras. Se acompaña con cebolla morada en naranja agria, y se come en tortas y tacos, con un encurtido de chile habanero.

Además, podemos degustar más botellas de brandy mientras comemos.

Después de haber acabado con la botella, el pastor, amante de la buena mesa, le dijo que al día siguiente iría a probar su plato, y a catar alguno de esos brandis que decía ocultar en el cerro de Iztapaplant.

Al día siguiente, Ambrosio y Gilberto, después de caminar y subir al cerro muy lentamente, encontraron una pequeña casa de campesinos, y al lado Gilberto le enseñó al deán el horno de tierra, donde se había hecho el guiso. El maléfico preparó todo lo necesario para cortar la carne, las tortillas de maíz para envolver los tacos, los vasos para el aguardiente, etc.

Después de haber consumido el exquisito cerdo, comido con tortillas, y después de haber bebido una botella de brandy, doce rijolutinas salieron del horno de tierra y piedras donde se había cocido el puerco, y se acercaron moviéndose como un reptil, con su cola ajedrezada en colores negros y rojos, y apoyándose en sus dos patas parecidas a las de un pato.

En su camino se organizaron en tres columnas. Las tres primeras, se acercaron, inclinaron sus cabezas hacia adelante en varias ocasiones, y en silencio y en señal de sumisión, subieron reptando cada una a un árbol, desde donde empezaron a silbar una música melódica. Otros tres monstruos después de realizar igualmente un ejercicio de sumisión, inclinando su cabeza, reptaron a unos árboles, e iniciaron desde allí unos suaves cánticos de alegría, al acorde con la música de los silbidos.

Dos rijolutinas, se posaron cada una a un lado de la cabeza de don Ambrosio, y le hablaron cariñosamente en latín, y rozando suavemente con su pico sus pabellones auditivos, le decían que dictara sentencias eclesiales, mientras otra abría un atril donde colocó los papeles de un discurso, y las cuatro últimas, simulando aplausos con sus alas irisadas y manteniéndose en el aire, lo invitaban a levantarse para dirigir unas palabras a su público.

Don Ambrosio, miró con cierta incredulidad a don Rodrigo de Santamaría, su pobre oficial, como si quisiese recabar su opinión, y este le corroboró que debería hacerlo para que le sirviese como preparación, pues era evidente que pronto su vida iba a cambiar por completo, y que sus ideas transformarían al mundo.

—Pero antes, come unos tacos de cochinita pibil, que además de manjar exquisito, te proporcionarán fuerza, energía, y vigor para acometer la gran tarea que te ha sido asignada y que tienes que llevar a cabo. Le dijo.

Después, volvía a su sitio a sentarse, momento en que las rijolutinas que estaban en los árboles, empezaban a cantar una marcha triunfal de ópera y a silbar muy bonito.

Pasados solo unos minutos, don Ambrosio, y sin que nadie le dijera nada, se acercó de nuevo al puerco, cogió el mismo unas tortillas y se hizo unos tacos, y dirigiéndose a don Rodrigo, le dijo a modo de explicación: «para coger fuerzas». Después se dirigió al atril e inició una segunda cita con la que quería dejar constancia de futuras sentencias eclesiales.

Los monstruos que estaban en los árboles, siguieron tocando una suave música de ópera, mientras las que estaban en el suelo, se acercaron a su oído y le alabaron al mismo tiempo, una en latín, y la otra en una lengua ya muerta que Ambrosio conocía solo de forma superficial, su inteligencia y su sabiduría, a la vez que le instaban a dar una fecha para una próxima conferencia, en la que explicara sus planes para la Iglesia de México, cuando próximamente se le nombrase cardenal primado.

Al oír esto, de nuevo, el eclesiástico se levantó, y el mismo, sin mediar palabra, volvió a preparase otros tacos de cochinita, bebió algo de brandy, y se sentó a escuchar cuales eran los planes del futuro para con él. Los aplausos de los monstruos, la música de ópera, y los comentarios y aplausos enfervorecidos de don Rodrigo, lo llevaron a levantarse otra vez para prepararse más tacos del manjar que degustaba.

En estas circunstancias, don Rodrigo, le dijo que ya era hora de que el futuro de don Ambrosio y su gran valía, y la importancia de las futuras leyes y sentencias que pensaba dictar, se supieran en México y en España, y le propuso que sobre la marcha y en caliente, bajasen todos al Zócalo de la ciudad de México, para que fuese oído lo que tenía que decir. Qué probablemente estaría ya esperándolo mucha gente, incluida la marquesa Moderación de Plantafen, su secretario, así como otras personalidades.

A esta propuesta, respondió que sí, pero que se lleva la cochinita pibil, pues su sabor era como un elixir que lo inspiraba y que le daba fuerza para acometer el ingente trabajo que le esperaba.

En estas circunstancias, bajaron hasta el Zócalo, donde empezó a hablar y a dictar sentencia ante las numerosas personas que se habían congregado. De vez en cuando bajaba del púlpito, cortaba carne de la cochinita, se hacía unos tacos, comía y volvía a subir para seguir con sus disertaciones eclesiales. El público congregado lo seguía enfervorizado.

De esta forma, la cochinita pibil se hizo conocida en todo el territorio mexicano, y don Rodrigo de Santamaría, se ganó la amistad y se hizo asesor de uno de los principales deanes y gran exorcista, don Ambrosio de Osuna y de Mendoza, asesor del virrey Francisco de Pimentelio.

Los brijanes mexicanos que habían estado observando todo lo que había pasado desde el día anterior en la catedral, no daban crédito a lo que habían visto; cómo un mendigo espantaba a los animales, hasta los asnos, con su sola presencia, y cómo vaciaba los cepillos de la catedral. Además, cómo conseguía entrevistarse con el mismísimo obispo, y asar un puerco enterrado en tierra, comer y beber con él, y convertirse en amigo, confidente y en su asesor personal.

El maléfico y el eclesiástico don Ambrosio