martes. 16.04.2024

Desde tiempos ancestrales la tendencia nacional es la loa y el panegírico con aroma fúnebre, de ahí que este artículo es muy probable que vaya a contracorriente y no le quede más remedio que asumir su heterodoxia.

España tradicionalmente ha sido considerada un país de hidalgos y de pícaros (en su más amplia gama). Estamos hablando de un temperamento genuino más que de una condición social. En este caso la esencia se antepone a la existencia. Aunque nuestro hidalgo más ilustre nunca existió, don Quijote, y el pícaro más famoso no es real, Lázaro de Tormes. La literatura es más noble y honesta que la vida, que en muchas ocasiones se desangra en silencio, sin testigos y sin Cervantes. La hidalguía quijotesca de la idealización de la realidad y la supervivencia a toda costa del Lazarillo están muy por encima -en estética y en ética- de los hidalgos y pícaros de carne y hueso que pulularon y pululan por el suelo patrio, por la sencilla razón de que en las actividades y negocios mundanos pierden la pureza y el hidalgo y el pícaro se tocan prosaicos y puede que ya no se sepa si es un hidalgo pícaro o un pícaro disfrazado de hidalgo. El ejercicio de la política, por ejemplo, debería ser a diario una vieja aristocracia (quijotesca) frente a la picaresca electoralista y no al revés. La maledicencia hispana -ese deporte tan nuestro, olímpico por soberbio-, que también está politizada, tildaría a Alonso Quijano de pobre loco y al Lazarillo de desgraciado.

Este cordobés de Lucena, yogui en Occidente y heterodoxo consagrado ha creado su propio estilo y su propio código sobre las tablas

Hay quien añade una tercera figura tradicional y representativa (un tercer temperamento): el juglar. Hidalgos, pícaros y juglares. Idealizadores, supervivientes y hombres leves y libres que se dignifican por medio del arte y el humor (esa inteligencia que pelea contra los fanatizadores). No confundir juglar con gracioso profesional subvencionado. Juglares haberlos, haylos, y muchos. Está San Francisco, juglar de Dios, según Roberto Rossellini y Dario Fo. Están los juglares del Cantar de Mio Cid, el juglar de San Esteban de Gormaz y el de Medinaceli, según Menéndez Pidal. Eso, al menos, enseñaban antes en las escuelas. Está el Arcipreste de Hita, un clérigo ajuglarado, según Juan Luis Alborg. Y está el juglar contemporáneo por antonomasia, Rafael Álvarez 'El Brujo'. Este cordobés de Lucena, yogui en Occidente y heterodoxo consagrado ha creado su propio estilo y su propio código sobre las tablas: a la tragedia humana le abre de par en par las puertas de la comedia y de la ironía cervantina e invita a la risa a que contemple en carne viva la necesidad lírica del alma y el ramalazo elegíaco y melancólico de la condición humana, porque transitamos por la pérdida y volvemos a la pérdida. Su voz dramática, por experiencia y por técnica, pasa de lo terrestre a lo aéreo. De la cueva del eremita al cielo de la estrella. Del estado sólido al estado gaseoso, sublimación teatral empapada por la vida. Voz caminante que gira incansablemente por toda España. Voz de aire que va del humor a la poesía, que son lo mismo en sustancia, atributos divinos que sirven para liberar. Voz juglaresca que declara ante sus señorías que frente al dolor tenemos dos caminos, la queja o el arte.

Don Quijote, Lázaro de Tormes y 'El Brujo', la tríada de la españolidad que no admite sucedáneos. Un hidalgo soñador (un soñador noble), un subsistente resistente y un juglar solitario (por convencimiento), unidos por el hambre, el hambre física y el hambre espiritual y de ideales que está dejando enclenque a la sociedad posmoderna del relativismo y la distorsión interesada.

Miguel Narros, uno de los grandes directores de la escena española, afirmaba que la vida le había enseñado a hacer teatro y el teatro le había enseñado a vivir. Rafael Álvarez 'El Brujo' no para de vivir encima de los escenarios.

Rafael Álvarez 'El Brujo'