lunes. 04.03.2024
poserotica

Cristina Rosales | @cristinagaros_

Tres años después de la publicación de su primer poemario, Excepción (2020), la escritora y divulgadora Elizabeth Duval regresa con Poserótica, un extenso poemario sobre la gramática del deseo y la gramática del lenguaje. Como no podía ser de otra forma, la editorial malagueña Letraversal, dirigida por la también poeta Ángelo Néstore, ha sido la encargada de hacer realidad las 240 páginas que lo conforman. La hija pródiga regresa a la que fue su primera casa tras haber publicado dos novelas (Reina y Madrid será la tumba) y otros tantos ensayos (Después de lo trans y Melancolía), que le han granjeado un hueco, más que merecido, en el entramado literario nacional.

El poemario se abre con un breve prólogo de Eduardo Fraile, al que le siguen tres bloques —llamados aquí libros— y una clausura, además de la “firma” a modo de epílogo por parte de la propia autora, donde explica detalladamente el largo y complicado proceso de creación del libro, así como el de su publicación. Antes de que Poserótica fuese una realidad, tanto los textos que lo conforman como la idea inicial del proyecto, que surgió en 2018 bajo el título Erótica de la sangre, han sido modificados en numerosas versiones —en la página final se pueden contar hasta seis—. Por otro lado, Duval aprovecha este espacio para sincerarse al expresar su oposición a publicar este poemario dividido en dos, Poserótica y Monumento, como en un principio pensaba hacer, pues ambas obras versan sobre el deseo y nacen de la misma raíz.

El primer libro de este tríptico, el más extenso de todos, se titula “Poserótica” y está dividido, a su vez, en cuatro partes: “Yo es otra sentimentalidad”, “Soledades en el deseo del otro”, “Adiós la significante” y “Clausura (Symploké)”. A lo largo de estos poemas que conforman el primer bloque, el sujeto poético se reconoce en el deseo —en su estado más puro, en el deseo de amor, en el deseo de la reciprocidad del sujeto deseado—, y lo explora desde un estado fisiológico y mental. El deseo opera como elemento articulador del lenguaje lírico, también el anhelo por lo vivido durante la experiencia amorosa. Los recuerdos de episodios acaecidos en la intimidad se van sucediendo, casi de forma atropellada, en la memoria del yo, que rememora la sensación de un sentimiento que ya no lo habita.

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“Labio, pliegue y anillo”, como se titula el segundo libro, es el más breve de todos. En él la gramática y el lenguaje adquieren una nueva dimensión, siempre relacionados con el sujeto deseado, con el sujeto amado. Es por eso por lo que la poeta afirma: “Yo no podría hablar todas las lenguas del mundo / (Derrida), ni de los hombres ni de los ángeles; pero, si ni / amor tuviera, no podría hablar ninguna” (2023, p. 107). Asimismo, la imagen cobra relevancia en el imaginario de los poemas, especialmente la de la muerte —del lenguaje, del deseo y del amor, del cuerpo, de la infancia, de la propia imagen—, a la que solo la existencia la sobrevive.

Finalmente, en “Monumento”, el tercer y último libro, y “Clausura (Triptukhos)”, la escritura de Duval se transforma y recuerda a su primer poemario, a Excepción. En los poemas que conforman ambos bloques se advierten versos desenfrenados, ideas que se superponen unas encima de otras. Sin embargo, no es la lengua la única que atraviesa un proceso de transformación, pues el yo poético señala: “y me entristezco de que las cosas / pierdan modifiquen lentamente su sentido / la nostalgia de la intimidad es infinitamente más cruel / que la nostalgia del deseo” (2023, p. 193). La naturaleza de las relaciones también cambia, y, en este caso, se desvanece en el tiempo. Resulta interesante cómo Duval contrapone dos términos que, a priori, parecieran ir ligados, como son la intimidad y el deseo; lo que nos lleva a reflexionar sobre la abstracción de la semántica de los afectos.

'Poserótica', de Elizabeth Duval