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Aleix Sales | @Aleix_Sales
La prolífica filmografía de François Ozon, que avanza al ritmo de un título por año, deja en evidencia una valentía y versatilidad como cineasta, al que no se le resiste ningún género, aproximándose a ellos desde un prisma particular donde erigir sus valores como autor. Ya sea desde una comedia satírica o el drama grave, las turbulencias en las relaciones humanas, la moralidad dudosa, la ambición, el cuidado a los otros o la carnalidad son nociones que acaban confluyendo en sus propuestas, cohesionando un corpus que puede parecer dispar, dado su atrevimiento para saltar siempre a la piscina por muy arriesgado que sea el concepto. Ozon ha tocado muchos palos y ahora vuelve a ponerse el traje de cine de época refinado y solemne en la línea de aquella pequeña joya que fue Frantz (2016), para la no menos intrépida decisión de adaptar uno de los textos mayúsculos de la literatura francesa del siglo XX, El extranjero, de Albert Camus.
Si Frantz se ubicaba al término de la I Guerra Mundial para explorar las secuelas emocionales y las pérdidas fruto del conflicto bélico, mediante los cuales se adentraba en los claroscuros de la ética humana, El extranjero hace lo propio en plena II Guerra Mundial en el Argel colonizado, abordando una trama más oscura y escéptica con la que capturar el estado alienado de un mundo cada vez más deshumanizado e insensible al dolor. Tomando la historia de Meursault, francés en Argelia quien, tras enterrar a su madre, asesina a un árabe sin un motivo aparente. Siguiendo el mismo patrón, Ozon es coherente con la frialdad de su protagonista filmando una película sobria, contenida y distante, con fogonazos de mucha intimidad y cercanía en la exploración del cuerpo. Ejemplo de ello es ese encuentro en la playa en la que cada gota de sudor en los brazos de un hombre traspasa la pantalla, en una prueba más la fuerza de Ozon a la hora de resultar un director muy sensorial cuando se requiere.
La versión de El extranjero del cineasta francés François Ozon se aleja de recursos muy característicos de la novela.
La versión de El extranjero del cineasta francés se aleja de recursos muy característicos de la novela, así como de la adaptación de Luchino Visconti de 1967, como en rechazar la voz en off del relato original para confiar más en la construcción de un estado apático y aislado con el poder de las imágenes, entregando una cinta con mucho halo poético que a veces acaba deglutiendo la propuesta y haciéndose un poco bola, al faltarle ese punto cautivador dentro del misterio que sí que logró en títulos como Frantz, llegando a unas dos horas que podrían haberse sintetizado. La peripecia es depurada para enfilarse al lado del concepto del errático flâneur, más que potenciar la urgencia narrativa de la trama de misterio y judicial, que se refleja en los mecanismos y tonos de Franz Kafka.
Defendida por un reparto adecuado, con un acertadísimo Benjamin Voisin –a quien Ozon descubrió en Verano del 85 (2020)-, esta particular lectura de El extranjero resuena mucho en este mundo de hoy en día desesperanzado y gris, donde el cinismo, el individualismo y la indiferencia ante la brutalidad, violencia y abusos tremendamente normalizados ganan la partida a un sentimiento de colectividad debilitado por la impotencia de revertir la situación. En un ambiente cada vez más desolado donde el bienestar se ve amenazado por ambiciones y egoísmos, la llegada de esta irregular El extranjero resulta desgraciadamente oportuna, siendo esta la mejor virtud de la aportación anual de un cineasta tan solvente y atractivo de ver como el galo.



