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Vicente I. Sánchez | @Snchez1Godotx
Tras haber sido cancelada en 2020 por la pandemia de COVID, por fin se ha estrenado en el Teatro Real la esperadísima La traviata, con dirección escénica de Willy Decker y dirección musical de Henrik Nánási y Francesc Prat. Esta versión, recordemos, debutó con gran éxito en el Festival de Salzburgo en 2005, con Anna Netrebko y Rolando Villazón como protagonistas.
Como explicó Juan Matabosch durante la presentación, esta Traviata era una deuda pendiente del Teatro Real, y basta verla para entender su importancia. Se trata de una producción que reúne todos los elementos que hacen grande a la ópera y, además, potencia la genial partitura que Verdi compuso en 1853. La obra ofrecerá 18 funciones en Madrid, entre el 24 de junio y el 23 de julio.
No exagero al decir que se trata de una experiencia imprescindible para cualquier amante de la ópera. Poder verla en Madrid es, verdaderamente, un privilegio
Willy Decker sitúa la acción en un escenario despojado, de paredes blancas, dominado por un gran reloj que se convierte en metáfora constante del paso del tiempo y de la muerte inminente. Violetta, consciente de que la tuberculosis terminará por arrebatarle la vida, intenta exprimir cada instante entre fiestas y placeres, aunque su tiempo se agota. Especialmente revelador es el momento en el primer acto en que intenta detener el imponente reloj, en un guiño directo al memento mori que impregna toda la puesta en escena.
La traviata —que en español podría traducirse como “la extraviada”— narra la historia de Violetta, una cortesana que vive sin ataduras hasta que se enamora de Alfredo. Por amor, abandona su vida mundana, pero se ve obligada a dejarlo debido a las presiones sociales de su suegro. Enferma de tuberculosis, muere en brazos de su amado tras una breve y trágica reconciliación. La ópera se basa en la novela La dama de las camelias (1848) de Alejandro Dumas hijo y, sin exagerar, puede considerarse la gran obra maestra de Verdi, con arias y melodías que han trascendido generaciones y fronteras.
La puesta en escena de Decker es ágil y eficaz, y potencia con acierto los grandes momentos dramáticos y visuales. El único espacio escénico se transforma en el segundo acto: un telón de flores cubre el fondo, y tanto los sillones como el gran reloj aparecen tapizados con coloridas flores, sugiriendo así el breve oasis de paz y felicidad en el que vive Violetta tras su retiro. Es especialmente acertado que el segundo y tercer acto se presenten sin interrupción, reforzando así el vínculo directo entre la humillación de Alfredo y la decadencia final de Violetta. Sin duda, uno de los grandes aciertos de esta producción.
En el exigente papel de Violetta alternan las sopranos Nadine Sierra y Adela Zaharia, mientras que Alfredo será interpretado por Xabier Anduaga, Iván Ayón Rivas y Juan Diego Flórez. El personaje de Giorgio Germont estará a cargo de Luca Salsi, Artur Ruciński y Gëzim Myshketa. Un reparto de auténtico lujo para una ópera que sigue siendo una de las más influyentes y emocionantes del repertorio lírico. La dirección musical de Henrik Nánási logra exprimir al máximo la riqueza de la partitura, acompañando con sensibilidad cada momento de la historia.
No hace falta explicar la belleza de momentos como el brindis “Libiamo ne’ lieti calici”, el aria de Violetta “È strano!... Ah, fors’è lui... Sempre libera”, donde reflexiona sobre su incipiente amor por Alfredo, o “Di Provenza il mar, il suol”, que canta el padre de Alfredo con una intensidad conmovedora. Personalmente, siempre he pensado que los momentos de Giorgio Germont son los más poderosos de toda la obra; todo lo demás es un brillante decorado emocional. Y eso sin mencionar la fuerza del coro verdinas o el bellísimo preludio con que se abre la ópera. Es, sin duda, una obra maestra capaz de emocionar a cualquier amante de la música.
Esta Traviata firmada por Willy Decker es un acontecimiento artístico de primer nivel. No exagero al decir que se trata de una experiencia imprescindible para cualquier amante de la ópera. Poder verla en Madrid es, verdaderamente, un privilegio.




