OBITUARIO

¿Te acordás hermano? ¡Que tiempos aquéllos!

Carta a Héctor Alterio, mi amigo, mi hermano. 

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El fin de semana previo a la Navidad del 2025 le escribo esta carta personal a Héctor Alterio, mi Hermano Mayor en el Teatro, y en la vida, que hace una semana, el sábado 13 de diciembre, decidió no despertarse de su sueño, y entrar definitivamente en el escenario de la inmortalidad de la memoria. Esa que en la mayoría de sus admiradores primará con alguna de sus grandes interpretaciones en el cine, tal vez, y en la mía permanecerá en su imagen viva en el teatro, pasión que compartimos, y que lo mantuvo vivo y vibrante hasta los 96 años. Al final, ese teatro también le cobró el esfuerzo tremendo de seguir subiéndose a un escenario a esa edad ante un público que aprendió a adorarlo y aclamarlo, a ambos lados del Atlántico. Como si en un ensueño escénico la mismísima Talía, musa del teatro, le susurrara al oído: "Descansa en paz ya, Héctor"

Te acordás, hermano, ¡qué tiempos aquéllos! Estabas en Nuevo Teatro desde hacía una docena de años, que ya brillaba con destellos alterianos emergiendo entre tus dos grandes maestros, Pedro Asquini y Alejandra Boero, Pero ese Buenos Aires en la década de los 60, del teatro Independiente, que empezabas a conquistar, ya estaba sembrado desde 1930 con el eterno Teatro del Pueblo, y también con La Máscara, desde fines de esa década. Mientras que entonces, a la vez que florecía tu Nuevo Teatro, también lo hacían, Fray Mocho, Los Independientes, el IFT, y sin menospreciar otros, que se escapen en el vacío de mi memoria, el Florencio Sánchez, en Loria y Humberto Primero, a escasas tres manzanas del centro tanguero de la clásica esquina de San Juan y Boedo, antiguo… Uniendo para mí, sin saberlo aún, tus dos grandes amores, el teatro y el tango.

Si, Hermano, hablo de los albores de la década del 60, cuando el gran movimiento del teatro independiente argentino que venía gestándose desde los 40 y los 50, estaba en su apogeo y podía competir y aún ganar por varios cuerpos al teatro llamado comercial tradicional de la capital porteña.

Te acordás, Héctor, que entonces ya habías entrado en los 30 abriles, y yo empezaba a poner pie en los 20 años, ¡Volver a tenerlos! Eras ya estandarte en el buque insignia de Nuevo Teatro en la hermosa nueva sala, porque tu andadura de caballero de la escena llevaba, todos esos 12 años de pisar escena cada vez con más solvencia. Me vienen a la memoria las palabras de un viejo actor de ese movimiento independiente, que solía decirme cuando yo comenzaba, “Cuando gastes las primeras suelas de un par de zapatos, sobre un escenario, será cuando ya quedarás atrapado entre cajas. Y no podrás dejarlo nunca más, hasta el final” Cuanta verdad en esa frase que se ha visto refrendada en tu vida…

No sé si te acordás, Mi querido Flaco, que entonces yo llevaba apenas dos temporadas en el Florencio Sánchez, después de estudiar en la Escuela Teatral de la Alianza Francesa, y de haber debutado en el teatro comercial en el verano del 59, con 18 añitos. De ahí me rescató el empeño de mi maestro Rubén Pesce, para que integrara el elenco independiente del Teatro Libre Florencio Sánchez, que estaba en una casona clásica de Boedo, donde tenía su sede el Partido Socialista. Fue ahí que maestros y colegas me empujaron a ver a los mejores, para aprender. y así te descubrí en 1962, en “El averno”, de Roberto “Tito” Cossa que venías representando con éxito desde 1961. ¡Cómo iba a imaginar entonces, que terminaría siendo amigo tuyo, y representando años después, en España, dos versiones distintas de la obra más emblemática a nivel mundial de Tito Cossa, “La Nona”…!

Pero, no quiero, Hermano, perderme en mis propios devaneos, pero te siento tan ligado a mis comienzos, que todo se entremezcla, cuando venciendo timideces de fuera del escenario, me presenté para decirte lo que significaba para mi tu trabajo. Es que el impacto de verte actuando fue tan grande, que ya ansiaba ese mismo año volver a verte en otro trabajo. Y ese año de 1962 fue en “La Celestina”, el clásico del teatro español, dirigido por un entonces joven Augusto Fernández, que también ha estado dando cátedra, formando actores y dirigiendo por el mundo, hasta su muerte, hace unos 8 años. Una vez más, estabas deslumbrante en tu interpretación y empezabas a recibir merecidos premios y menciones. Era eso que llamábamos teatro de repertorio en que cada compañía independiente, con su propio esfuerzo, estrenaba tres o cuatro obras por temporada. Y eso pasaba también en el más modesto Teatro Libre Florencio Sánchez, donde en 1963, me llegó la ocasión de un buen protagonista, en “La Viudita del Conde Laurel” obra de Eliseo Montaine, seudónimo de un autor. teatrólogo argentino, estudioso de la lengua española, que había sido asistente nada menos que de Jorge Luis Borges, cuando dirigía la Biblioteca Nacional. 

En el 85 cumpleaños de la madre del actor Jorge Bosso, entre Hector Alterio y Pepe Soriano

Sé que no estaba mal en esa comedia de género romántico aventurero, escrita en un cuidadoso lenguaje español, propio de nuestra época colonial, y en ese EGO que suele invadir en el escenario, sabía que podía hacerlo mejor con más experiencia, hasta que ese año de 1963 te vi el Lady Godiva. Ahí me di cuenta que eras de otra galaxia, tu composición del rey era nunca mejor dicho que “soberana”. No podía ni siquiera compararse lo que era una extraordinaria interpretación como la tuya. Te premiaron como Mejor Actor protagonista del año, y todo el mundo aficionado al teatro independiente hablaba de tu trabajo multi expresivo, a la vez que medido, y malignamente cómico. Fue entonces que empezamos a frecuentar. 

¿Te acordás? Vos ibas a cumplir 34 años y yo 22, con un día de diferencia en septiembre, mes de la primavera en Buenos Aires. Mi premio llegó así con tu amistad, sincera, donde conocí tu humildad, tu sinceridad, tu hombría de bien, trabajando de día como vendedor al por mayor de unas galletas famosas, para entregarte a tu teatro, a tu vida en el teatro, por la noche. A partir de nuestras primeras conversaciones, decidí terminar con ese auto engaño de que también podía seguir con mis estudios en la Facultad de Derecho en Buenos Aires. Busqué trabajo diario, liberándome de la dependencia familiar en lo económico para comenzar a trabajar en unas oficinas de una de las líneas de ferrocarril estatal. Es decir, a ser funcionario de día, y artista teatrero, en más modesta medida, de noche. 

El regalo extra de ese año 1963 me vino a finales de diciembre, hace ahora 62 años, en el suplemento dominical de un prestigioso periódico conservador argentino, La Prensa, que dedicaba gran atención al teatro. En una edición especial en la que reseñaba la mejor actividad teatral del año, en la página dedicada al teatro independiente señalaba como las dos mejores parejas teatrales del teatro independiente esa temporada a Alejandra Boero y Héctor Alterio, en Lady Godiva, y a Marita Battaglia y Jorge Bosso, en La viudita del Conde Laurel, publicando las fotografías una al lado de la otra. No lo podía creer.

El año de 1964 fue el de un éxito impresionante con tu trabajo en la obra “Raíces” de Arnold Wesker, que se mantuvo nada menos que tres años en cartel, a sala llena. En realidad, toda la compañía de Nuevo Teatro estaba muy bien, pero como siempre tu actuación era más entrañablemente destacada. Como diría Ricardo Darín, recientemente, con respecto a tu trabajo en El Hijo de la novia: De una VERACIDAD emocionante, arrebatadora. 

Yo continuaba mi carrera, aprendiendo e incursionando en autores clásicos, como el alemán Von Kleist, y una deliciosa comedia shakespereana celebrando el Cuarto centenario de su nacimiento, Mucho Ruido y Pocas Nueces. Lo destaco porque esa interpretación me iba a significar la referencia para que en el año 1965 pudiera solicitar una subvención al Fondo Nacional de las Artes para profundizar estudios teatrales en Inglaterra. 

En esos esos tres años de tu gran éxito, en Raíces, entre 1964 y 1966 nos encontramos a menudo, intimamos, en diversos lugares, cafés, y en cenas en tu restaurante favorito Pipo, de la calle Montevideo. Si no estabas acompañado de otra gente te gustaba sentarte solo con una mesa contra la pared del local. Varias veces te sorprendí así, para contarte cosas que vivía en el teatro, y fuera de él. Me escuchabas, en mis primeras menciones de que quería aventurarme fuera de Argentina, pero para vos Buenos Aires era tu vida, te sentías parte de esa ciudad, no veías otro futuro. Yo decía que me gustaría ir a trabajar, primero en Italia. Nuestras familias venían las dos de la provincia de Campobasso, sobre la costa adriática de la “Bota” italiana. Y por eso, además de admirar genuinamente a grandes actores del mundo, teníamos especial preferencia por lo italianos, en particular por Vittorio Gassmann, que venía con frecuencia con diversos espectáculos teatrales y tenía un éxito descomunal. Lo habías visto antes que yo comenzara a interesarme por el teatro, por esa diferencia de edad, en obras como Un tranvía llamado deseo, que también habíamos visto en el cine con Marlon Brando. Y según contabas era un trabajo impresionante. Que lo dijera mi hermano genial, era como algo difícil de imaginar. 

Pero, te acordás, Hermano, que Gassmann muy famoso también por el cine, en aquellos años 60, se presentó por entonces con un espectáculo con fragmentos y monólogos de grandes obras de la literatura universal, que llamaba Il Gioco degli Eroi, Juego de héroes, en el Cine Teatro Ópera de la calle Corrientes, y llenó varias funciones con sus cerca de 2.000 localidades. Entonces, me llegó la hora de comprobar por mi mismo, en el teatro, su estatura como actor, cuando Gassmann decidió una noche, después de medianoche ofrecer una función gratuita para los actores. Se formó una cola extraordinaria desde hora temprana, y allí nos encontramos, más tarde, ¡y comentábamos como podía haber tantos actores y actrices en Buenos Aires! Llenaron el teatro, pero no sólo las localidades, los pasillos del patio de butacas los escalones de las plantas superiores, todos los espacios, ¡qué experiencia! Qué riesgos si llegaba a pasar algo… ¡Qué tiempos aquellos de Buenos Aires donde podías ver teatro de todo el mundo! En italiano, en francés, en inglés, en alemán…

Jorge Bosso y Héctor Alterio

Seguíamos nuestras carreras y yo comencé a hacer bastante televisión, además de teatro, y un trabajo de oficina de día, especialmente lo que llamaban tiras de telenovelas diarias, que se grababan de noche hasta la madrugada. Además de mi tipo y ciertas condiciones como actor reconozco, que también me contrataban porque tenía una muy buena memoria visual para aprender los textos que te entregaban antes de entrar al plateau, prácticamente. En cambio, vos, ni considerabas esa posibilidad, y decías que jamás podrías hacerlo. Tu trabajo de estudio era profundo, serio, y eso de aprenderse un texto corriente, ¡Nunca en la vida!

Creo que en 1965 debutaste en una película, con Federico Luppi, Lautaro Murúa… Pero, yo ya me concentraba en buscar fórmulas para viajar a Europa. Hasta que gracias a ese trabajo shakespereano, que había tenido buenas críticas el año anterior, conseguí la bendita subvención para viajar a profundizar estudios de arte dramático, en Inglaterra. Te lo conté y otra vez me aconsejaste muy personalmente, y me impulsaste a que pidiera tener una entrevista con tu director Pedro Asquini. Resulta que él había estado ese año de 1965, gracias a una beca del mismo Fondo Nacional de las Artes, viajando por Europa, y había estado en Londres con Arnold Wesker. Era una rara época de paz política en Argentina bajo la presidencia democrática de un médico, el Dr. Arturo Illia, y se favorecía mucho el arte en general. Asi fue que me entrevisté con Pedro Asquini, que me dio una carta de presentación para el dramaturgo y hombre de teatro Arnold Wesker, a quien llegué a conocer personalmente y me invitase a ver su interesante proyecto de teatro social en la llamada Round House del norte de Londres.

Pero, aún en Buenos Aires, en 1966, llegué a verte en otro trabajo teatral de gran éxito, que iba a durar también varios años en cartel, en tu Nuevo teatro, Sopa de pollo, también de Arnold Wesker. Antes de mi partida para Londres, programada en barco para que fuera más barata para el mes de mayo de 1966, nos encontramos, ya para despedirme. Habías comenzado a trabajar en un programa que emitía obras completas en el Canal de la Televisión oficial de Argentina, entonces llamado Canal 7. Estabas realmente angustiado porque en 48 hora ibas a interpretar el protagonista de la conocida obra. “Doce Hombres en Pugna”, que había hecho Henry Fonda en el cine, pero que tenía mucho texto. Me dijiste yo no sé si sirvo para esto,” Mirá lo que tengo que estudiar”, y me mostrabas las páginas del libreto, siempre modesto, sincero, cuando se te abría una puerta en el audiovisual, que iba a trascender los límites propios del escenario de nuestra Argentina. Y vaya si has servido a través de los años. 

A partir de 1966 yo vivo en Inglaterra, y me va muy bien cuando me contrata la BBC de Londres. Trabajaba como actor, locutor, productor de programas de radio, en castellano, y empecé a trabajar como actor en inglés, en televisión y cine. Hasta que casi fortuitamente también cobro nombre como comentarista deportivo no sólo para la BBC, también para importantes emisoras y publicaciones argentinas y de otros países latinoamericanos. Contraigo matrimonio en la década del 70 y tengo hijos. A ti te había ido incluso mejor en Argentina, haciendo grandes trabajos para el cine, y también te casas más o menos para la misma época, hasta que en 1974 llegaste a tocar el firmamento de la actuación cinematográfica en Argentina, en La Tregua, más o menos al tiempo que tienes el regalo de tu segundo hijo, una niña. La película bate récords, te consagras aún para la gente que no sabía de tu vida en el teatro, sobrepasa fronteras, y se convierte en la primera película argentina nominada a los Oscar. Solíamos tener noticias esporádicas, el uno del otro, a veces a través de amigos comunes, hasta que llegas a España para el Festival de San Sebastián de ese año 1974, y te llega la tremenda amenaza de muerte de las Triple A, que hace que “se te acabaran los aviones para Argentina”, como decías en tu último unipersonal sobre tu vida. Y te ves obligado a quedarte, con la prioridad de traer a tu familia a España. Volvemos a conectar primero telefónicamente y luego viajo a España a menudo, desde Londres, donde me iba muy bien. En España todavía vivía Franco, y lo mejor que se me ocurría era seguir viviendo en Inglaterra, y producir y tal vez dirigir una obra teatral contigo en España. Lo intenté, pero se complicaba, y tú, con dificultades iniciales, ya tenías la posibilidad de mostrar tu talento además del teatro en el cine y llegaste a ganar premios en España.

 En cuanto a tu carrera se ha contado tanto estos días de tu partida, en periódicos de ambos lados del Atántico, y de todas las tendencias, donde por mérito propio te concedieron con unanimidad la noticia de tu muerte en primera plana, que poco puedo añadir yo que valga una lectura. Sí, que, en 1978, tras la cúspide de mi carrera paralela de comentarista deportivo, retransmitiendo el Mundial de fútbol para la onda corta de la BBC, pude comprobar que tampoco era para mí la Argentina de los Desparecidos. A mi regreso a Londres decidimos con mi familia trasladarnos a España, que, tras la muerte de Franco, vivía entonces el período de la transición. Y que me iba a permitir a mí también volver al teatro en mi idioma materno, en el que me formé profesionalmente. 

Y acá comienza otra historia que quedará para otra oportunidad. La de intensificar nuestra amistad con la vida en la intimidad de nuestras familias, que nuestros hijos comenzaran juntos en el mismo colegio. Que compartiéramos fiestas familiares, festejos de fin de año, momentos de gran felicidad y tristes duelos. Que tanto nos reuníamos en casa de uno como de otro, y que el barrio de Arturo Soria, en el noreste donde he vivido desde que llegamos a Madrid, comenzó a teñirse con colores de la nostalgia de nuestros barrios de Buenos Aires. Tanto, que cuando tu carrera estaba consolidada y habías vivido en varias partes de Madrid, terminaste tu vida a escasos 400 metros de donde yo sigo viviendo. Es decir que además de amigos, éramos vecinos. Que me han regalado las presencia en tantos cumpleaños de mi familia en Madrid, y que, con el cariño de Tita, tu mujer, llegaste a brindarme tu hermosa casa para celebrar los 90 años de mi madre. Que nuestros hijos han crecido como si fueran de la familia, que todos han abrazado la carrera artística, los tuyos con gran notoriedad. Pero que íntimamente estamos orgullosos sobre todo de que sean seres humanos, de gran sensibilidad, buenas personas comprometidas con la sociedad. Que fue especialmente lo que nos hizo sentir atraídos además del amor al teatro, allá en el Buenos Aires de los años sesenta que era lo que quería hacerte recordar, querido hermano, en esta carta.

Cuando en 1966 dejé Buenos Aires para viajar a Europa, al salir del puerto sentía una intensa emoción por mi familia, por lo que dejaba. Y porque a la vez que se alejaban desde el barco en que viajaba los perfiles de la ciudad de Buenos Aires me invadía la sensación de que ese teatro por amor al arte que compartimos, y esa juventud que dejaba atrás no iba a volver repetirse igual. Pero, ya habituados con la declinación del tú, en lugar del “vos” de mis comienzos en el teatro, me has llegado a demostrar en España, que en cualquier escenario del teatro también llamado comercial, podías tener la misma dignidad, la misma entrega, la misma veracidad. Como decías, siempre por el respeto a ese espectador que había pagado para verte. Así te he visto y te recuerdo, ahora, en las últimas imágenes teatrales, en El Padre, en el unipersonal con textos de León Felipe, o en el unipersonal sobre tu vida que has representado hasta el final. Como cuando se me abrían nuevos horizontes cuando dejaba atrás Buenos Aires, así, me repliego, reflexiono, y te digo muy quedo, las últimas palabras de Horacio, el amigo de Hamlet: El resto es Silencio.